La canciller alemana, Angela Merkel (izda) junto al presidente de Chine Xi Jinping
La canciller alemana, Angela Merkel (izda) junto al presidente de Chine Xi Jinping - EFE

China se compra el «made in Germany»

«El aumento de las adquisiciones de empresas alemanas en industrias claves podría ser peligroso», advierte el director gerente del sindicato IG Metall, Wolfgang Lemb

Corresponsal en BerlinActualizado:

Cuando Merkel viaja a Washington es recibida por Donald Trump con frialdad e incluso algún desaire, pero cuando viaja a China es acogida con lisonjas y grandes gestos. Alfombra roja, muestras de unidad ante la prensa y de antemano un regalo tangible: China reducirá los aranceles de importación de automóviles. Tanto Alemania como su principal mercado parecen satisfechos, pero los sindicatos alemanes advierten que detrás de esta calidez oriental se ocultan las garras del dragón. El director gerente del sindicato IG Metall, Wolfgang Lemb, ha denunciado que el nivel alcanzado por las adquisiciones por parte de inversores chinos de empresas de alta tecnología alemanas requieren una estrategia defensiva efectiva y rápida por parte del gobierno. «El aumento de las adquisiciones de empresas alemanas en industrias claves podría ser peligroso. Detrás de esto se encuentra un posicionamiento estratégico de China, que no debe infravalorarse», dice.

Tan solo en 2016 se transfirieron más de 10.000 millones de euros desde China a Alemania por adquisición o participaciones en empresas alemanas. El interés de los inversores asiáticos está focalizado sobre todo en el acceso al mercado alemán y en la tecnología alemana. Fondos chinos compran pequeñas y medianas empresas, a menudo familiares pero tecnológicamente punteras en su sector y adquieren en la operación las patentes y el I+D desarrollado por esa empresa.

Un ejemplo reciente es la la compra de Romaco, un servicio de tecnología de empaquetado para la industria farmacéutica, por parte del grupo chino Truking. «Confiamos en alcanzar y algún día superar a nuestros grandes competidores», anunció un representante de los nuevos propietarios, visiblemente orgulloso, a la plantilla de Karlsruhe. IG Metall denuncia la coherencia y disciplina con la que se implementa la ofensiva inversora asiática y el papel que juega el plan «Made in China 2025» en este proceso. Mientras muchas empresas alemanas ven con buenos ojos la fiebre compradora china, porque inyecta capital y aporta perspectivas, Jost Wübbeke, del Instituto Mercator de Estudios de China, advierte que «cada vez son más las inversiones impulsadas por el Estado y detrás de ello se esconden poderosas estrategias político-industriales, cuyo objetivo apunta a sustituir los productos extranjeros por los chinos».

Los primeros pasos hacia la adquisición suelen ser dados con cautela, como el caso de Geely, que en febrero pasado anunció su participación del 9.7% en Daimler, sorprendiendo al mercado porque no había revelado con anterioridad que ya había superado los obstáculos regulatorios establecidos en los umbrales del 3% y 5% de inversión. Zhejian Geely Holding también es dueño de otras automotrices como la suiza Volvo Cars, la fabricante de los taxis londineses LEVC y de Geely Automobile Holdings. En diciembre del año pasado, el grupo acordó comprar una participación de 3.300 millones de dólares en Volvo Trucks y su presidente, Li Shufu, fue quien anunció con satisfacción que había acumulado la participación de 9.000 millones de dólares en Daimler, lo que le entrega mayor capacidad de maniobra para convencer a la empresa alemana de cooperar en materia tecnológica. El volumen de papeles que adquirió convierte a Li en el principal accionista de Daimler.

El gobierno alemán se atiene al respeto al libre mercado y viene absteniéndose de opinar sobre operaciones como esta, pero la anterior ministra de Economía, Brigitte Zypries, ya tenía la mosca detrás de la oreja y dijo entonces que «Alemania debe asegurarse de no quedar sujeta a la explotación de otros países» y señaló que la apertura de Alemania «no debería ser usada como puerta de ingreso para los intereses político-industriales de otros países».

«Los políticos deben mirar con mucho más detenimiento estas compras», ha sugerido Mikko Huotari, director del programa de relaciones internacionales con China del instituto de investigación Merics, en Berlín. «China nos puede arrollar. Ya lo hemos visto en la energía solar y es un modelo que puede repetirse en otros sectores, como el de la robótica» . Este think tank advierte desde hace meses sobre la necesidad de que Europa y Alemania legislen un marco más seguro de adquisiciones o participaciones en ámbitos relevantes como el de la tecnología de semiconductores, infraestructuras críticas, tecnologías fundamentales o en el campo de la seguridad de datos. El regulador del mercado alemán, Bafin, que supervisa la apropiada revelación sobre los estados de participaciones, no cuenta con herramientas legales para inmiscuirse en ciertos procesos y los inversores chinos acceden con facilidad a las empresas alemanas, sobre todo en robótica, maquinaria y construcción de fábricas o en biomedicina.

El mayor revuelo desatado hasta ahora ha sido el causado por la millonaria compra de Kuka, uno de los fabricantes tecnológicos líderes de robots para la industria, en 2016. El comprador fue el grupo chino Midea. Actualmente, un gran accionista chino quiere adquirir el gran proveedor del sector automotor Grammer. Allí donde la década pasada China se esforzaba en el terreno del espionaje industrial, ahora acude con la chequera en mano y se hace, a golpe de millones con las patentes y el I+D alemán, la base del «made in Germany». Y todo esto en un contexto en el que, debido al neoproteccionismo estadounidense, Alemania se ve obligada a defender el libre comercio en los escenarios internacionales.