El Banco de los líos

Aunque el Banco Mundial debería estar centrado en su papel protagónico y multimillonario en la lucha contra la pobreza, la institución financiera con sede en Washington se encuentra estos días

PEDRO RODRÍGUEZ. CORRESPONSAL WASHINGTON.
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Aunque el Banco Mundial debería estar centrado en su papel protagónico y multimillonario en la lucha contra la pobreza, la institución financiera con sede en Washington se encuentra estos días transformada en una bochornosa caja de grillos. Su presidente, Paul Wolfowitz, permanece en la cuerda floja al haber reconocido que dictó personalmente una privilegiada serie de aumentos de sueldo y categoría para su compañera sentimental, Shaha Riza.Una funcionaria de origen árabe, especialista en comunicación y que fue trasladada al Departamento de Estado en comisión de servicio para evitar conflictos de interés cuando Wolfowitz fue nominado por la Casa Blanca en el 2005 para hacerse cargo del Banco Mundial, dentro de un pacto que desde la Segunda Guerra Mundial garantiza la presidencia de esa institución a un ciudadano de EE.UU. mientras que la jefatura del FMI queda en manos de un europeo, como ahora es el caso de Rodrigo Rato.

Al final, la generosidad de Wolfowitz para con su novia -estimada en un incremento salarial de 61.000 dólares hasta llegar a una retribución anual de 193.590 dólares- ha terminado por sobrepasar las ya de por sí generosas escalas retributivas del Banco Mundial para sus funcionarios. De hecho, el sueldo de Shaha Riza, ahora integrada en una especie de ONG auspiciada por el Departamento de Estado, es superior incluso al de la propia Condoleezza Rice.

A pesar de las disculpas de Wolfowitz y su reiterada negativa a dimitir, el caso se encuentra ahora bajo la jurisdicción y pesquisas del Consejo Ejecutivo del Banco Mundial. Después de que el grupo ministerial responsable de la institución bancaria se reuniera este fin de semana en Washington y reconociera su «gran preocupación»o, insistiendo en que sobre todo el Banco Mundial debe «llevar a cabo sus obligaciones y mantener su credibilidad, reputación y la motivación de su plantilla».

Esta declaración no es precisamente el voto de confianza que Paul Wolfowitz esperaba obtener para superar esta crisis, especialmente después de un mes largo en el que una significativa porción de los 10.000 funcionarios del Banco Mundial se han embarcado en una especie de revuelta burocrática. Con filtraciones de todo tipo a la Prensa e incluso gritos de «dimisión» durante una asamblea celebrada la semana pasada para intentar calmar los encrespados ánimos.

En el colmo de las ironías, el descrédito a la gestión de Wolfowitz se produce justo cuando el Banco Mundial se encuentra embarcado en el espinoso esfuerzo de incluir la lucha contra la corrupción en sus ayudas para el desarrollo del Tercer Mundo en forma de 20.000 millones de dólares anuales. Además de coincidir con una nueva ronda de recaudación de fondos adicionales.

Agujeros por todas partes

Por ahora la Administración Bush ha mantenido su respaldo a Wolfowitz, quién durante esta polémica no ha dudado en presentarse como una víctima de la animosidad internacional contra la guerra de Irak. Conflicto en el que este «neocon» -protagonista de una reciente foto con calcetines raídos durante una visita a una mezquita en Turquía- tuvo un papel destacado durante su anterior puesto como lugarteniente de Donald Rumsfeld.

Con los funcionarios del Banco Mundial en pie de guerra, la apurada situación ha terminado por salpicar a la ex ministra Ana Palacio, que fichada por Wolfowitz ocupa el puesto de máxima asesora legal. Ante una sucesión de indiscretas filtraciones, Palacio ha contratado los servicios de un costoso despacho de abogados en Washington para investigar la identidad de las «gargantas profundas» que están arrojando tanta luz desagradable sobre la trastienda del banco.