Suiza puede conseguir un nuevo «Swiss Banking» que sea ejemplo internacional
Suiza puede conseguir un nuevo «Swiss Banking» que sea ejemplo internacional

La banca en la encrucijada

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Parece ser que la crisis ha hecho un alto en el camino. Aún no se ha superado del todo, empero en no pocos mercados arranca de nuevo la coyuntura y se empieza a desbrozar una senda hacia un futuro inmediato más halagüeño. Al menos, de momento, brota la esperanza. Hoy por hoy, nadie sabe con certeza si este repunte, esta ligera mejoría de los datos macroeconómicos significa el inicio de una recuperación sólida y duradera.

Estamos lejos de poder echar las campanas al vuelo. Naturalmente que las ayudas masivas y concertadas de los bancos centrales han evitado lo peor, el precipicio financiero. Sin embargo, el endeudamiento colosal de los Estados occidentales lastrará nuestras economías durante toda una década y situará a algunos países al borde de la suspensión de pagos. Y observamos con preocupación precisamente en estos días nuestra menguada capacidad de reacción, la falta de recursos políticos, estratégicos y financieros. Es la descarnada realidad.

¿Qué hacer ante el efecto dominó que puede provocar la posible quiebra de algún país europeo y el consiguiente vértigo que como consecuencia sufriría inevitablemente el euro? Ante la magnitud del problema, no serviría de mucho llamar al Fondo Monetario Internacional (FMI), constituiría máxime un gesto simbólico para tranquilizar al personal. En fin, conviene realizar en este ínterin del guión de la crisis más grave de los últimos 80 años un rápido inventario de los destrozos registrados: retracción del PIB, crecimiento angustioso de la desocupación, explosión del endeudamiento estatal, subida de los impuestos y como corolario la expansión de la cuota del Estado.

Al trastoque de las fuerzas que configuran en los países occidentales el delicado equilibrio entre el sector privado y el público es una realidad, a favor de este último. Otra realidad es la sensación de que el sector financiero, otrora altivo y arrogante, sigue tocado pese a las masivas ayudas puestas en marcha para su salvación. Se calcula que sin ellas 70 de 100 bancos no hubieran sobrevivido. Y no obstante, sigue pendiente la reestructuración del sector financiero internacional. Se ha traído a colación el nuevo protagonismo del FMI, se ha insistido en el Foro de Estabilidad Financiera como instrumento para acometer la reforma de los mercados financieros y una serie de medidas regulatorias que embriden la actividad financiera de los bancos y eviten riesgos sistémicos y con ello la hecatombe.

En este contexto, la banca internacional busca su reorientación, un nuevo estilo de hacer banca. Ahora que gracias a las ayudas estatales y de los bancos centrales vuelven a presumir de musculatura, es el momento de pensar en la banca del futuro. Es decir, volver a lo obvio, control de gasto y reducción de los costos de transacciones, una mayor diversificación y amortiguación de los diversos riesgos, un mejor cumplimiento regulatorio, apuesta por la ventaja tecnológica y el despliegue de economías de escala para mejorar la cadena de rentabilidad. Ya lo advertía el economista alemán Wilhelm Röpke, lo importante es el modelo de negocio, el grado de la dependencia de la financiación mayorista y su actividad aseguradora en los mercados de activos. El tamaño puede producir el «Kolossalkapitalismus», es decir, la ineficiencia y el riesgo, la pérdida de control y lo que Röpke llamaba «diseconomies of escale».

Aparte de una cierta palabrería hueca, de pronunciamientos simbólicos para la galería, ¿se están dando los pasos en esa dirección? ¿Alguien sabe lo que hay que hacer? ¿Es menester una nueva orientación de la banca internacional o es suficiente reparar los baches del sistema? ¿Cómo asegurar la estabilidad del sistema? ¿Cómo evitar que la banca vuelva a la frivolidad del «we have to make a lot of money, and that with everything»? ¿Cómo evitar a su vez los posibles excesos regulatorios por parte del Estado? Un ejemplo ilustrativo de la necesidad perentoria de una banca internacional refundada, reorientada a ser un auténtico motor de la economía real y del crecimiento sostenido lo aporta Suiza, que gracias a su potente economía está saliendo con fuerza de la crisis económica. Sin embargo, los vientos huracanados de esta crisis han hecho tambalear los cimientos del sector financiero helvético. 2009 entrará en la memoria colectiva del país alpino como el año en que Suiza, historia de un éxito, se dio cuenta de estar internacionalmente sola y presionada por vecinos y amigos.

Hace un año, Berna no pudo evitar la flexibilización de su mítico secreto bancario como contribución a la colaboración internacional en materia fiscal, asumiendo los estándares de la OCDE, primer paso hacia un desmantelamiento del secreto bancario y de la sutil diferenciación que la legislación suiza hace entre evasión y fraude fiscal. El réquiem del secreto bancario tradicional sitúa a la banca suiza en una encrucijada y los 330 bancos del país buscan un nuevo modelo de negocio. Se habla de la estrategia del dinero blanco, de prescindir de clientes norteamericanos, de aceptar únicamente clientes europeos que estén en regla con su Hacienda, de buscar soluciones para legalizar los casi 3 billones de francos suizos de dineros no declarados. Retos cruciales que afectarán al bienestar del país.

Suiza puede conseguir el giro, un nuevo «Swiss Banking» que sea ejemplo internacional y que se haga eco de las necesidades del momento y los desafíos del futuro. Una banca que sea reflejo de las admirables virtudes de su sociedad civil, sobre la base de estabilidad, discreción, confianza y democracia, que sea impulso de la innovación y que esté al servicio de la economía real.

SINFORIANO DE MENDIETA

Las ayudas masivas y concertadas de los bancos centrales han evitado lo peor, el precipicio financiero