Un trabajador de la ensambladora de Volkswagen AG ultima detalles de un vehículo en la fábrica, en Wolfsburg (Alemania) - EFE/Jochen Luebke | Vídeo: China devalúa su divisa en un nuevo desafío para la economía global (ATLAS)

Alemania pierde la guerra entre EE.UU. y China

Las fábricas alemanas reciben menos pedidos y están parando máquinas, tal como reconoció el Bundesbank

BerlínActualizado:

Hace ya más de un año que el secretario de estado de Comercio de Estados Unidos, Wilbur Ross, sacó por sorpresa una lata de sopa Campbell's durante una entrevista en televisión y aseguró que la subida del 10% de los aranceles a la importación de aluminio iba a causar solamente una subida del precio de menos de un centavo en ese producto. «Podemos permitírnoslo», fue su mensaje. Olvidó comentar, en su discurso populista, ese efecto mariposa que une hoy las economías interconectadas de todo el planeta y que devuelve como un bumerang cualquier traba al comercio.

Si hace solo un año, cuando Ross rebañaba su lata de sopa, la previsión de crecimiento del FMI para EE.UU. era del 2,7% en 2019, hoy ese pronóstico ha sido rebajado al 2,6%. La proyección para China, el enemigo comercial de Donald Trump, ha sido rebajada del 6,4% al 6,2%. Pero es ampliando el foco cuando se perciben las verdaderas consecuencias de la política estadounidense de aranceles. En este mismo año, las previsiones del FMI para la zona euro han descendido desde el 1,9% al 1,3%. Y para Alemania del 2,1% al 0,7%. El efecto perverso que lleva a la economía alemana a ser la gran perdedora de la guerra comercial entre EE.UU. y China circula a través de dos canales, la inflación y la producción, generando a su vez un efecto de arrastre sobre la economía europea en su conjunto que amenaza con convertir al otrora motor europeo en un agente irrelevante.

Los perjuicios sobre la inflación se están cociendo a fuego lento. Smartphones más caros, zapatillas de deporte más caras, maquinaria más cara… A pesar de que la inflación de la zona euro sigue por debajo del 2%, el nivel objetivo del BCE, resulta evidente que a medio y largo plazo aparecerá el efecto y «no nos gusta lo que vemos», repitió el presidente de la entidad, Mario Draghi, en su comparecencia ante la prensa tras la última reunión del Consejo en Fránkfurt.

Draghi no dio cifras, pero el potente departamento de estudios del BCE debe haber hecho ya cálculos y el italiano ha puesto a trabajar a sus técnicos en una modificación del estatuto por el que se rige el BCE desde su fundación, de manera que pueda seguir impulsando medidas extraordinarias de liquidez a pesar de que la inflación supere el nivel del 2%. Y recordemos que la inflación significa menor poder adquisitivo y más desigualdad. Las subidas de los precios perjudican más a los más pobres.

El efecto sobre el PIB no deja ya lugar a dudas. El Bundesbank alemán ya ha dejado caer en su último boletín mensual que en el segundo trimestre la economía alemana «se ha contraído ligeramente». A la espera del dato, que será publicado el 14 de agosto, vamos conociendo indicadores parciales entre los que destaca el de producción manufacturera, que acaba de anotar en julio su tercera caída consecutiva y su peor marca de los últimos seis años.

Las fábricas alemanas reciben menos pedidos y están parando máquinas, un movimiento mortal para una economía apoyada en las exportaciones. El Bundesbank ha reconocido que «los pedidos literalmente han colapsado» y la confianza de las empresas se ha deteriorado de forma significativa. Indica, de hecho, que si en el primer trimestre del año logró Alemania un crecimiento leve, después de la contracción del último trimestre de 2018, fue gracias a la positiva evolución del consumo doméstico, como reflejó el incremento de las ventas minoristas, pero esa es una mejoría que la inflación amenaza con cortar por lo sano. El dato de clima de consumo ya ha caído por tercer mes consecutivo y los alemanes están reembolsando compras que no necesitan con urgencia. Visto lo visto, la previsión del gobierno alemán para 2019 va ya por el 0,5%, frente al 1% proyectado el pasado 30 de enero.

«Ya no hay viento de popa», describe la situación el presidente de Bosch, Volkmar Denner, resignado ya al descenso de pedidos y producción para este año. «El margen de la política monetaria es pequeño en general y está agotado en la zona del euro. Incluso tasas de interés más bajas y más compras de bonos por parte del BCE difícilmente darán nuevo impulso», advierte Thomas Mayer, director del Instituto de Investigación Flossbach von Storch, «amenaza la recesión y los bancos centrales tendrán que financiar los déficits presupuestarios».

«Solo habrá perdedores», avanzan los expertos de UBS, que cifran en un 0,75% del PIB global el efecto de la guerra comercial. «La guerra comercial está acelerando una fase bajista del ciclo. Una vez entrados en recesión, los efectos sobre el mercado laboral serán palpables en unos dos años», augura Robert Greil, estratega jefe de Merck Finck. «En nuestro sector la recesión es ya un hecho», constata Rainer Hunsdörfer, dueño de una empresa que fabrica impresoras industriales: «Desde principios de año los pedidos han caído un 9% y las previsiones no son buenas, de modo que el empleo puede verse afectado».