Angela Merkel, la canciller alemana
Angela Merkel, la canciller alemana - AFP

Alemania, la locomotora europea, amenazada por una tormenta perfecta

El impacto de la guerra comercial y la crisis del «made in Germany» castigan a la economía germana

Corresponsal en BerlínActualizado:

«El boom se acabó», sentencia el economista del instituto Ifo Klaus Wohlrabe, comentando los últimos datos de confianza empresarial en Alemania, que se deterioraron en junio a su peor nivel en más de un año. La guerra comercial abierta por EE.UU. asusta a los empresarios de los cuatro sectores a los que el Ifo pasa su encuesta: manufacturas, servicios, comercio y construcción. «Es un cambio de tendencia, no una recesión», tratan de suavizar los expertos de Múnich, pero el hecho es que no se trata de un dato aislado. El conjunto macro de Alemania se está deteriorando sin remedio.

En el primer trimestre del año, el PIB alemán experimentó una contracción en relación al precedente y situó su ascenso en el 0,3%, en contraste con el 0,6% logrado antes. Según la oficina federal de estadística alemana, Destatis, los pedidos industriales acumulan caídas consecutivas durante los primeros cuatro meses de 2018.

No es de extrañar, por tanto, que el Bundesbank haya revisado a la baja sus previsiones de crecimiento de la economía alemana hasta el 2% para 2018 frente al 2,5% que había pronosticado en diciembre. Además prevé para 2019 un crecimiento del 1,9% y del 1,6% para 2020, una línea descendente. También el Instituto Alemán de Investigación Económica (DIW) recorta sus previsiones ante la creciente incertidumbre con respecto a la economía global y las tensiones comerciales entre EE.UU. y la UE. Calcula un crecimiento del 1, 9% del PIB en contraste con el 2,4% previsto con anterioridad, así como un 1,7% para 2019 en lugar del anterior 1,9%. «La incertidumbre reducirá las inversiones globales de las compañías alemanas, lo que supondrá una carga adicional para el crecimiento de las exportaciones», dice el informe del DIW, cuyo índice ZEW sobre las expectativas futuras descendió en junio 7,9 puntos y se ubicó en los -16,1, su nivel más bajo desde finales de 2012 e inferior a la media histórica del estudio de 23,3 puntos, lo que revela sin duda pesimismo.

El Bundesbank ha revisado a la baja sus previsiones para la economía alemana en 2018 y para 2019 estima que el crecimiento será del 1,9% y del 1,6% en 2020

Parte de este pesimismo es atribuible a las maniobras de Donald Trump. Según los cálculos del instituto IFO, el golpe de los nuevos aranceles sobre la economía alemana será de algo más de 5.000 millones de euros anuales y la pérdida de unos 60.000 puestos del trabajo. Y aún está por llegar el efecto al sector del automóvil alemán, que el presidente estadounidense parece tener entre ceja y ceja. En 2017, los europeos vendieron coches por valor de casi 43.000 millones de dólares y componentes por un total de 18.000 millones a EE.UU.. Casi la mitad de esas ventas fueron alemanas. Pero en honor a la justicia hay que decir que el sector automovilístico alemán se las arregla él solito para meterse en el hoyo. El escándalo de los motores diésel, que se ha actualizado este mes con la detención del presidente de Audi, Rupert Stadler, ha dado al traste con el prestigio del made in Germany y de su avanzada tecnología, una pérdida que pasará seguramente factura a medio y largo plazo.

«Problema de ricos»

En el ánimo de los inversores pesa también la incapacidad del país para cubrir 1,2 millones de empleos, un dato que desde fuera se puede frivolizar como un «problema de ricos», pero que causará pérdidas para el PIB de cientos de miles de millones de euros en proyecciones a 2030. La industria y los servicios podrían incluso colapsar, según un estudio de Korn Ferry publicado recientemente.

Y a estos nubarrones se suman dos más, menos mensurables pero igualmente perceptibles y que terminan de conformar la tormenta perfecta sobre el cielo alemán. Uno de ellos es la constatación de que las grandes empresas de rendimientos globales como Google o Facebook, la pujante industria del software y el comercio de datos, ni están en Alemania ni se les espera. Los grandes esfuerzos de inversión en I+D que este país ha realizado durante décadas no han servido para llevar la delantera en el que será, ya a todas luces, el gran negocio de esta primera mitad del siglo XXI. Y más a corto plazo, la incertidumbre política se cierne sobre Alemania, después de una estable era Merkel que toca irremediablemente a su fin. No hay un recambio claro, ni entre los conservadores ni entre los socialdemócratas. Unas leyes que habían demostrado ser muy eficientes para gestionar las mayorías políticas, están todavía por probarse en el terreno de las minorías políticas.