Alexis Tsipras, primer ministro de Grecia, ha protagonizado la úlima crisis de la Eurozona
Alexis Tsipras, primer ministro de Grecia, ha protagonizado la úlima crisis de la Eurozona - reuters

La Eurozona, refundación o muerte

La crisis griega ha roto las costuras del gobierno del euro y ahora se impone más unión fiscal y política

Actualizado:

Lunes 13 de julio de 2015. Bruselas. Tras 18 horas de reunión a puerta cerrada, los principales líderes europeos paren un acuerdo que, aunque entre fórceps, supone evitar la salida de Grecia del euro. Todo el mundo se siente aliviado, pese al cansancio de la noche. Sin embargo esta enésima crisis de Grecia, que supone que la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional, le concederá un tercer rescate a Atenas por cerca de 90.000 millones de euros, ha vuelto a poner de manifiesto que la Eurozona necesita una profunda reforma de sus estructuras para evitar verse en situaciones de este tipo cada relativamente poco tiempo. Hay que recordar que desde 2010 Grecia ha recibido ayuda financiera internacional por importe de 240.000 millones de euros.

Los principales contendientes de esa noche eran el primer ministro griego, Alexis Tsipras, y la canciller alemana, Angela Merkel. El primero quería más ayuda financiera a cambio de apenas reformas y una quita de su deuda pública que se eleva ya a casi el 180% de su Producto Interior Bruto (PIB). La segunda no estaba dispuesta a dar más dinero a un país que no había demostrado ninguna voluntad de cumplir con los compromisos con sus acreedores, lo que se ha demostrado a lo largo de los dos rescates que ha tenido Grecia.

Salida de Grecia del euro

La batalla acabó con el compromiso de Atenas de hacer más reformas y recortes que los que había sobre la mesa antes del referéndum del 5 de junio, tal y como exigía Alemania. Pero la cuestión de fondo, más allá del probelma griego, es que Francia se alineó en este asunto con el país heleno y defendió hasta la extenuación la necesidad de ayudar a Atenas y evitar una salida del euro, tal y como había planteado Alemania en algún momento de la maratoniana negociación. Uno de los argumentos defendidos por el presidente galo, François Hollande, es que no se le podía exigir más a Grecia, ya que el país estaba devastado tras cinco años de austeridad impuesta por los dos anteriores rescates.

Con el paso de los años se está viendo claramente que hay dos grupos diferenciados de países en la Eurozona. Por una parte están los más ortodoxos en política monetaria, los que quieren que a toda costa se cumplan los compromisos monetarios y económicos adquiridos por los países, al margen de cuáles sean las circunstancias, y los que apuestan por una Europa más flexible que se muestre comprensiva cuando no se pueden cumplir con todos los acuerdos.

Alemania, Holanda y Finlandia encabezan la línea dura mientras que Francia, Italia y la propia Comisión Europea están en el grupo de los flexibles. España, que tradicionalmente se ha mantenido en un segundo plano en este tipo de negociaciones, se ha alineado en esta ocasión con Alemania y se ha mostrado dispuesta a ayudar a Grecia siempre que cumpla con los compromisos, lo que en la práctica le deja fuera del grupo de los países solidarios, precisamente cuando nuestro país recibió en 2012 un crédito de alrededor de 40.000 millones de euros para rescatar a las cajas de ahorro.

La cuestión es que, al margen de los bandos que se han ido dibujando en Europa a golpe de crisis, la Eurozona se enfrenta a un nuevo problema existencial, que pasa por una reforma que impida que se puedan reproducir en el futuro crisis como la griega.

Dudas sobre el tercer rescate

«Grecia tendrá de nuevo dificultades. El nuevo rescate no funcionará. Será necesario que Merkel y Hollande gestionen este problema en frío y con el calendario en la mano», asegura una fuente comunitaria presente en las negociaciones del pasado 13 de julio, lo que en la práctica quiere decir que la Eurozona tendrá que reformarse sí o sí. La idea de hacer cambios en la regulación de la Eurozona no es nueva aunque se ha puesto de máxima actualidad con el último capítulo de la crisis griega.

Hace una semana, justo el pasado domingo, el presidente francés, François Hollande, aseguraba en un artículo de opinión publicado en «Le Journal de dimanche» que «Francia está dispuesta a formar una vanguardia en el gobierno de la Eurozona que tendría un presupuesto específico y un parlamento propio para asegurar el control democrático». La idea de Hollande es reforzar la cohesión y la gobernanza de la Unión Monetaria, formada en la actualidad por 19 países, para poder rescatar a los países en dificultades y poner las condiciones para hacerlo, pero de una manera más organizada. «Lo que nos amenaza no es el exceso de Europa, sino su insuficiencia», aseguraba el primer ministro galo en el mencionado artículo, en referencia no sólo a Grecia, sino al presupuesto, a la supervisión bancaria, a la mutualización de la deuda e incluso al reparto de los emigrantes ilegales que entran cada día en Europa y que los países se los reparten como si se tratara de un mercado persa, en un espectáculo bastante lamentable y muy alejado de los valores de solidaridad europeos.

Berlín, por la unión política

Desde Alemania, antes del mencionado acuerdo de Grecia, se apoyaba la idea de profundizar en la unión monetaria, en el sentido de añadirle una cierta unión política al proyecto, de tal modo que gane fuerza en todos los terrenos. La propia canciller explicó en el parlamento en su país el día 17 de julio que «Europa debe salir reforzada de esta crisis. No hemos tomado una decisión únicamente para Grecia, sino para el conjunto de Europa».

Sin embargo la realidad es que no hay consenso sobre el camino que hay que tomar. No en vano, en estos años de fuerte crisis económica, Europa ha avanzado mucho, ya que se ha creado un fondo de rescate europeo (ESM en sus siglas en inglés) para salvar a los países en dificultades y se han dado pasos también en la supervisión bancaria centralizada a cargo del Banco Central Europeo (BCE) para los bancos más grandes, los considerados sistémicos en la medida que pueden provocar una crisis que afecte al conjunto del sistema bancario. Sin embargo, la gobernanza de la Eurozona no ha avanzado ni un milímetro, lo que se ha puesto de manifiesto durante el último sobresalto griego.

El gobierno alemán ha apostado siempre por el cumplimiento de las normas, como única manera de preservar la competitividad de Europa, que supone el 7% de la población mundial, el 25% de la riqueza y el 50% del gasto social mundial, un cóctel de cifras que ha utilizado en muchas ocasiones la canciller germana para defender su posición frente a las orientaciones más solidarias provenientes de otras capitales, entre ellas París. Alemania ha llegado a defender que se impongan multas automáticas a los países que no cumplan con sus compromisos en materia de rigor presupuestario, o lo que es lo mismo, los que no cumplan con los máximos que impone el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, que en síntesis son un tope de déficit público del 3% del PIB y una deuda pública no superior al 60% de la riqueza del país.

En todo este debate no hay que perder de vista el dato de que fueron precisamente Francia y Alemania los países que promovieron una relajación de las normas del Pacto de Estabilidad cuando ellos estaban en dificultades económicas, allá por el año 2005, para que no se impusieran multas automáticas ni otra serie de sanciones, entre las que se incluía la privación del derecho al voto en los consejos de ministros europeos. Ya se sabe, el que hace la ley hace la trampa. Las cosas, sin embargo, han cambiado mucho en estos 10 años, ya que no en vano Europa se ha enfrentado a la peor crisis económica de los últimos 70 años, y eso ha hecho que muchas relgas haya mutado en el terreno económico en el viejo continente, aunque no las suficientes a tenor de los expertos.

Y por si todo lo anterior fuera poco además están las opiniones públicas, también divididas en cuanto a solidaridad económica se refiere. Los sondeos de opinión muestran cada vez más claramente que los ciudadanos alemanes, finlandeses, holandeses, bálticos y eslovacos no quieren que los impuestos que pagan se destinen a Grecia, mientras que franceses, italianos y los propios griegos se inclinan por valores como la solidaridad.

Pero lo que de verdad es urgente, más allá de darle a Grecia un poco de respiro financiero, es encontrar una nueva estructura para la Eurozona que la dote de mecanismos para dar soluciones más estables a los problemas ya que, no hay que perder de vista, que el caso griego no está cerrado ni mucho menos y hay muy pocos que piensen que esta especie de «protectorado virtual bajo supervisión sobre el terreno» vaya a dar finalmente resultado.

Informe de los cinco presidentes

Por su parte, el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, presentó hace unas semanas un proyecto elaborado con otros cuatro presidentes europeos (el del Consejo de la UE, del Eurogrupo, del Banco Central Europeo y del Parlamento Europeo) para reforzar la gobernanza de la Eurozona, que incluía la creación de un fondo de garantía europeo para los depósitos que están en los bancos supervisados por el BCE, así como un fondo de resolución de crisis bancarias también común que se nutriría con aportaciones de las propias entidades, Al final del proceso, se crearía un Tesoro de la Eurozona al que pudieran exigírsele responsabilidades a nivel europeo. Toda una carta a los Reyes Magos con pocas posibilidades de cumplirse.

Jacques Delors, presidente de la Comisión Europea entre 1985 y 1995, ha cumplido estos días 90 años y con la sabiduría que da la edad ha asegurado que «el sistema actual de la moneda única ya no es gobernable, no puede durar mucho tiempo así. Hay que refundar la Unión Económica y Monetaria». Todo un aviso a navegantes.