Opinión

Carmelo Tajadura: «En los límites del endeudamiento público»

El subdirector del Instituto de Macroeconomía y Finanzas (IMF) de la Universidad Camilo José Cela, dice que «Sin detener el crecimiento de la deuda sobre el PIB España no es sostenible»

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A finales del pasado diciembre la deuda pública española se situaba en 960.640 millones, equivalente a un 93,9% del PIB. Cuando empezó la crisis en 2007 teníamos 382.307 millones por lo que, en seis años, la hemos multiplicado por 2,5. El avance reciente está siendo brutal: en 2012 la deuda aumentó en nada menos que 15,5 puntos del PIB, en 2013 lo ha hecho en 8 puntos y caben pocas dudas de que en 2014 rebasará la cota del 100%.

Sin controlar de una vez el déficit público y sin detener el crecimiento de la deuda sobre PIB, España no es sostenible. Ni siquiera podemos descartar que, si no lo paramos, acaben teniendo razón los agoreros que apuestan por la necesidad de reestructurar nuestra deuda pública (aplazamiento o impago) como único medio de volver a hacer viable nuestra economía. O que, como propone el FMI para países muy endeudados, nos acabemos encontrando con un impuesto extraordinario sobre la riqueza destinado a pagar una parte de la deuda. Lo que, por cierto, si empezara a tener visos de probabilidad, provocaría una estampida del ahorro.

Para que la deuda disminuya su peso sobre el PIB hace falta que el denominador –el PIB nominal- empiece a reaccionar al alza y que dejemos de alimentar el numerador, laminando el déficit.

En cuanto al PIB, hay general coincidencia en que la economía española ha perdido potencial de crecimiento y le espera un largo período con avances bastante moderados. Este año creceremos en torno al 1% real y luego quizás algo más si el entorno acompaña, pero también existen factores que podrían afectarnos negativamente. Otro factor desfavorable es que el PIB nominal va a crecer poco más que el real, porque las tasas de inflación esperadas serán también bajas durante largo tiempo. Ello implica que no podremos diluir la deuda mediante la inflación (lo que agradecerán los ahorradores). Así que no queda más remedio que actuar intensamente sobre el numerador.

El problema de fondo es que llevamos desde la primavera de 2010 intentando lograr una estabilización macroeconómica que España no ha conseguido completar. En 2012 tuvimos el mayor déficit de toda la zona euro, más que Grecia e Irlanda, con un 10,6% (incluidas ayudas bancarias que, aunque no contabilicen a efectos de la UE, también son déficit y generan deuda) y, probablemente, en 2013 habremos vuelto a repetir la hazaña. Llevamos varios años rebasando el objetivo de déficit y parece que en 2013 tampoco hemos cumplido -a pesar de que Bruselas nos había relajado mucho la exigencia- porque el Gobierno ha frenado el ajuste para mejorar el PIB.

En realidad, empezamos el ejercicio con un déficit ya importante por el pago de intereses. Actualmente (febrero 2014), el coste medio de la deuda pública es el 3,70% lo que supondría unos tres puntos y medio de déficit sobre PIB. Y es ciertamente difícil reducirlo de forma rápida, dada su inercia, aunque la coyuntura en los mercados haga que el coste de la nueva deuda colocada en lo que va de año sea del 2,30%. Tenemos que llegar cuanto antes al equilibrio presupuestario y, como primer paso, al superávit primario (antes de intereses), para el que nos faltan alrededor de cuatro puntos. Grecia -por ejemplo- ya está teniendo superávit primario este año.

Pues bien, para cercenar el déficit y parar la espiral de la deuda hay que aumentar los ingresos públicos y/o reducir los gastos. En cuanto a los ingresos recordaremos que, como solía argumentar David Taguas (recientemente fallecido), la recaudación impositiva en España nunca ha superado el 41% del PIB. Por eso no podemos confiar exclusivamente en que la recuperación económica nos dé muchos ingresos públicos porque, aunque aumenten las bases imponibles (los tipos hay que bajarlos), se trata de una vía limitada. Está claro, por tanto, que además tenemos que ajustar fuertemente el gasto público. Los grandes componentes del mismo son el consumo público y las prestaciones sociales, así que no queda más remedio que atacar ambos flancos, empezando por una auténtica y efectiva reforma de las AA.PP. a todos los niveles, ya que hasta ahora se ha hecho poco. El importe del ajuste es bastante evidente: entre el entorno del 45% actual de gasto y el 41% mencionado máximo de ingresos hay alrededor de cuatro puntos de PIB de diferencia. Esa es nuestra cifra mágica pendiente.

Acabar con la expansión de la deuda debe ser un objetivo prioritario del Gobierno. El sector privado le lleva la delantera desde hace tres años.