John Isner pierde el maratón de seis horas y 36 minutos contra Anderson, que pasa a la final
John Isner pierde el maratón de seis horas y 36 minutos contra Anderson, que pasa a la final - Reuters
Wimbledon

Wimbledon, víctima de sus tradiciones

Anderson, después de seis horas y 36 minutos, gana a Isner para acceder a la final y se reabre el debate sobre los horarios y el tie break en el quinto set

LondresActualizado:

En un torneo en el que las normas exigen de forma estricta blanco impoluto en la vestimenta de los jugadores, regañan cuando se corre por el recinto, el campeón del año anterior estrena la hierba y hasta las fresas tienen que ser con nada líquida o no ser, comenzar puntual es fundamental para salvaguardar también las tradiciones. La pista Central se abre, con puntualidad inglesa, a las 13.00 hora local. Ni un minuto antes ni mucho menos un minuto después. A esa hora salieron a jugar Kevin Anderson y John Isner, los primeros semifinalistas del día. Y derivó en un maratón de época.

Ya desde la jornada anterior la pregunta sobrevolaba: ¿por qué ese partido en primer lugar? El planeta tenis está acostumbrado a que ambos jugadores, excelentes sacadores -acumulan 173 saques directos el sudafricano, 213 el estadounidense en este torneo-, alarguen sus sets hasta el tie break. En los once partidos precedentes, disputaron quince de los 27 sets en la muerte súbita. No fue una excepción ayer, alargada su contienda hasta las seis horas y 36 minutos para convertirse en el segundo partido más largo de la historia de Wimbledon, tercero de la Era Open.

Al principio de la tarde se recordaba con sonrisas que Isner, precisamente, es el protagonista del partido de mayor duración. Aquel que tiene una placa en su honor porque llegó a las once horas y cinco minutos y que ganó ante Nicolas Mahut en la primera ronda de la edición de 2010 (6-4, 3-6, 6-7 (7), 7-6 (3) y 70-68). Pero esta vez le tocó perder.

Conforme los jugadores mantenían su servicio una y otra vez y encauzaban los dos primeros sets hasta el tie break, las sonrisas comenzaron a convertirse en dudas, preguntas y, de nuevo, debate abierto por el orden de los partidos. Cuando ni siquiera el hecho de que cada jugador lograra romper el saque del rival, porque de inmediato lo volvían a recuperar, y todo derivaba en el quinto set, surgieron más dudas y más preguntas: ¿Terminará hoy el partido? ¿Habrá techo? ¿Se jugará la siguiente semifinal? ¿Qué estarán haciendo Nadal y Djokovic mientras esperan?

Nadie en la organización daba una respuesta segura, más allá de que el mánager de Djokovic, Edoard Artaldi, afirmara que lo único que está escrito es la norma de que con el techo retráctil, que se inauguró en 2009, se puede jugar, como máximo, hasta las 23 horas (medianoche en España). Una regla, otra más, escrita en el libro del All England Tennis Club y que se estableció por motivos logísticos, de seguridad y, sobre todo, para mantener el respeto al descanso de los vecinos del distrito donde se ubica Wimbledon. Andy Murray y Stan Wawrinka fueron los primeros en acabar un partido bajo techo, a las 22.38 horas (23.38 hora española). El británico también protagonizó el partido que rompió la norma. En 2012, contra Marcos Baghdatis, el encuentro terminó a las 23.03 de la noche.

Quinto set infinito

Mientras tanto, Isner y Anderson seguían a lo suyo, inevitable que el encuentro se decidiera en el quinto set porque poco se puede hacer contra saques que rozan los 230 kilómetros por hora. Además, se conocen desde adolescentes, los trucos, los fallos, los temblores y las fortalezas. Ambos desarrollaron su tenis en las ligas universitarias antes de dar el salto profesional. Isner defendía el escudo de la Universidad de Georgia y Anderson, el de Illinois. En 2007 ambos se cruzaron al final de la liga nacional, donde se impuso el primero. «Nos hemos enfrentado desde hace catorce años y es genial para nuestras universidades que estemos en esta ronda de Wimbledon ahora. Creo que ninguno de los dos podía imaginar que llegaríamos aquí», admitió Isner.

El sudafricano, finalista del US Open 2017, llegaba con la mochila de experiencias en Grand Slam algo más cargada que el estadounidense, novato en esta ronda tan cerca de la lucha por la final, aunque ninguno de los dos había progresado tanto en Londres. A pesar de la batalla que mostró el estadounidense, con saques y subidas a la red, no pudo desequilibrar a su rival y aquel partido que terminó con 70-68 comenzaba a vislumbrarse como una realidad. En otra de estas normas que rigen el tenis, y que comparten Wimbledon el Abierto de Australia y Roland Garros, el quinto set no tiene tie break.

El sudafricano tuvo un poco más, incluso para devolver una pelota con la izquierda después de resbalarse. Le dio el ánimo necesario para lograr la victoria, sin fuerzas ni siquiera para levantar los brazos. Habían disputado 50 juegos en ese último interminable set de 175 minutos de un total de seis horas y 36 minutos, el segundo partido más largo de Wimbledon, tercero de la historia. «Espero que esto sea una señal para los Grand Slams para que cambien este formato. No te sientes nada bien ahí en pista. Nos afecta a nosotros y también a Novak y Rafa, que esperaron durante horas», se quejó Anderson. La tradición y las normas se vuelven contra Wimbledon.