Nadal reconquista París y el número uno

JUAN PEDRO QUIÑONERO |
PARÍSActualizado:

Dos horas y dieciocho minutos para la historia del tenis. Rafael Nadal ganó este domingo a Robin Soderling por 6-4, 6-2 y 6-4, en un partido memorable con el que conquistó su quinto Roland Garros, reconquistó su puesto de número uno del tenis mundial y se instaló ya para siempre en la leyenda, que el abraza, con su nueva copa de plata y una sonrisa: “El día más feliz de mi carrera”.[ Narración y estadísticas]

El partido comenzó con quince minutos de retraso y un ambiente pasablemente “eléctrico”. Había llovido, horas antes; y los partes metereológicos amenazaban con posibles tormentas, con una pista húmeda a una temperatura superior a los 21/22 grados. Las gradas, caldeadas al rojo y numerosas banderas decoradas con toros bravos, bramaban de impaciencia.

Un Soderling creciendo con sus triunfos recientes había insistido, minutos antes: “Creo que puedo ganar”. Mucho más reservado y prudente, Nadal entró en la pista central, la Philipe Chatrier, con un lacónico: “Será un partido difícil”.

Prudencia y fanfarronería que los primeros 55 minutos del primer set (6-4) no permitían clarificar, de ninguna manera. Nadal y Soderling comenzaron por tantearse, fallar, víctimas, quizá, de comprensibles nervios que precipitaron las primeras faltas, fallos, imprecisiones. Al fondo de la pista, con sus servicios y temible "drive" de hondísimo fondo, largo, pesadísimo, brutal, el sueco se confirmaba un temible enemigo.

Lentamente, “recogiéndose” con su ya legendaria “lentitud”, siempre al borde de la advertencia arbitral, entre servicio y servicio, Nadal terminó cambiando el rumbo del primer set, desbordando a su rival con una gama muy variada de golpes, cruzados, revés, al fondo, cortos, sobre la raya, incluso con bellas voleas de ataque.

Resuelto el primer set, fue en el segundo (39 minutos) cuando Nadal terminó rompiendo la seguridad y arquitectura mental de su rival, imponiendo un ritmo de vértigo. La escasa movilidad de Soderling, el arcaísmo relativo de su juego, quedaron patéticamente humillados por la fabulosa movilidad aérea de un campeón en la más gloriosa forma.

Soderling, sin fuerzas tras el segundo set

Soderling jugó su juego clásico en todo momento. Temible, sin duda. Bolas poderosas, largas, rozando las líneas, a velocidades y peso de infierno. Pero Nadal había recobrado el mejor tenis de su carrera. Un resto de gran “cocodrilo”, completado con una capacidad felina de ataque, desde el fondo, largo y cruzado, muy "liftado" en muchas ocasiones, alargando o recortando sus contraataques.

Y, rotos los esquemas de Soderling, Nadal atacaba, a su vez, con el tenis excepcional de un campeón olímpico: mucho más aéreo, lanzando globos y voleas de ataques que desestabilizaron la moral y el juego de Soderling. Una lección magistral y una “revancha” inconfesable pero bien real. Arruinada la confianza de Soderling, el mallorquín comenzó al tercer set a paso de carga, ofreciendo un espectáculo luminoso, matizado y humanizado con detalles de exhibición, fallos debidos a la precipitación, que en nada mermaban la determinación definitiva, implacable.

Tras la humillación del segundo set, Soderling no tenía fuerzas ni voluntad para poder salvarse en la recta final del partido. Unos cuarenta minutos finales que permitieron calibrar la distancia entre los dos jugadores. Un Soderlin temerario, que se venía abajo que él mismo abandonaba su juego tradicional. Y un Nadal olímpico subiendo, restando, atacando, con majestuosa precisión.

Al 5-3 del tercer y último set, las gradas comenzaron a bramar. A las dos horas y quince minutos, Nadal servía para ganar: 15-0, 30-0. Dos horas diecisiete minutos. 40-0. Nadal sirve con luminosidad implacable. Solderling resta como puede: mal. Nadal… comienza por tirarse al suelo, ebrio de gloria. Ha ganado un partido memorable. Ha ganado su quinto título en Roland Garros sin perder un set. Ha reconquistado el liderazgo del tenis mundial. Está entrando en la leyenda. “Es el día más importante de mi carrera”.