Sloane Stephens posa para ABC en la Caja Mágica
Sloane Stephens posa para ABC en la Caja Mágica - DE SAN BERNARDO Y BELÉN DÍAZ
Mutua Madrid Open

Más allá de las Williams

Sloane Stephens, 8 del mundo y orgullosa de sus raíces, lidera la nueva hornada americana

MadridActualizado:

Con Venus Williams cerca de los 39 y Serena con más bajos que altos, Sloane Stephens (Florida, 1993) reclama su sitio y el reto de mantener al país en la élite más allá del legado de las hermanas. No es una misión sencilla, pero la de Florida está preparada y en su palmarés hay un US Open 2017 y una final de Roland Garros 2018. «Venus y Serena son dos de las mejores jugadoras a las que me he enfrentado. Pero cada una tiene su propio camino. El suyo ha sido increíble, un ejemplo por todo el éxito que han obtenido», comenta cercana y cariñosa en el cara a cara con ABC.

«Ganar un Grand Slam me cambió un poco la vida. Sentí que tenía mucha más responsabilidad, pero asumí esa presión y la entendí de manera positiva. Me gusta; te obliga a mejorar, a estar siempre pendiente de tu juego, de querer más. Es un sacrificio, pero cuando consigues algo, sabes que no es suerte. El tenis es un deporte muy difícil, lo que más cuesta es mantenerse», explica en este Mutua Madrid Open, 8 del mundo y en cuartos tras ganar a Saisai Zheng (3-6, 6-3 y 6-2).

Después de aquella portada en Flushing Meadows el tenis le ofreció la cara más oscura. En los Juegos de Río 2016 sintió un dolor en el pie izquierdo. Pensó que un poco de reposo sería suficiente, pero ese descanso se alargó once meses. Una resonancia indicó que tenía una fractura por estrés y se operó en enero de 2017. «Lo pasé muy mal. Mi familia fue fundamental para no perder el objetivo de estar en forma y positiva», admitió. Su madre, Sybil Smith, la primera nadadora afroamericana en ascender a la categoría máxima del deporte amateur, su hermano, su novio, Jozy Altidore, exjugador del Villarreal, su amiga Madison Keys y su abuelo le ofrecieron el hombro y las bromas necesarias para que nunca perdiera la sonrisa. «Mi abuelo es mi héroe. Migró desde Trinidad a Estados Unidos para cumplir el sueño americano. Logró una beca en la Universidad de Howard y estudió Medicina para dar un buen futuro a su familia. Me ha enseñado todo lo que sé: leer, cuidar plantas, cocinar. Alcanzó muchísimo con muy poco. Siempre está en mi corazón».

Volvió a andar en abril, a las pistas como número 957 del ranking en junio y en agosto, el mejor momento de su carrera, por ahora. Esa final contra Keys en la que ganó el trofeo y reconocimiento. No era un escenario propicio, pues con 16 años, cuando disputaba el Grand Slam júnior, se enteró de la muerte de su padre, jugador de fútbol americano que conoció tres años antes.

Extravertida y alegre, saca su lado más visceral en la pista. «Intento trabajar ese aspecto. No volverme loca, pero a veces pasa: enloquezco y pierdo esa calma. Trato de centrarme en lo que hago, en no perder la atención. Pero, en un partido, la situación se puede volver loca, y es ahí cuando tienes que parar y pensar bien en lo que estás haciendo». Como ahora, en Madrid, con nuevo entrenador, más cerca del título en su superficie favorita.