La sonrisa que se ganó a los rivales

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TOMÁS GONZÁLEZ-MARTÍN
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Shoya Tomizawa

Era la alegría personificada. Enemigo de la soberbia, siempre que te saludaba juntaba los pies e inclinaba la cabeza al viejo estilo japonés. Le gastábamos la broma de decirle que tenía una mancha en el pecho del mono y cuando agachaba la cabeza, como si fuera un nuevo saludo nipón, le tocábamos la barbilla y se reía a carcajadas por haber vuelto a picar. Shoya Tomizawa (Chiba, 10-12-90) solo tenía 19 años y una deportividad que ya no se estila en este mundo tan competitivo. Felicitaba a Elías y a todos los rivales que le superaban con una sinceridad que desarmaba: «Tú has ido muy rápido y yo muy lento, te mereces el triunfo». Con la sonrisa por bandera, se ganaba a todo los pilotos, desde Rossi a Márquez. Era el chaval más simpático del «paddock». Nunca se le vio con cara de enfado, uraño, por haberse equivocado en carrera. Y eso que después de debutar en Moto2 con a victoria en Qatar, comenzó a fallar en múltiples ocasiones. Tenía la plusmarca de caídas en la nueva cilindrada: dieciséis. Una ha sido trágica.

Era «Tomi» para todos. Su calidez permitía esta familiaridad de trato. Ensalzaba a Lorenzo, a Pedrosa y a Márquez. Quería ser como ellos. Realmente anhelaba ser como Valentino, su ídolo de la niñez. Se montó por vez primera en moto a los tres años. A los quince entró en el campeonato nipón de 125. Subcampeón en 2006, fue invitado al Gran Premio de Japón. En 2007 era segundo en el campeonato nacional de 250. Por fin, en 2009 disputó todo el Mundial de 250. Quedó en la decimoséptima posición. Este año saltó a Moto2. Vivía su mejor temporada. Los accidentes cortaron su trayectoria. El último sesgó su vida.