Galos menos irreductibles...

El Madrid consigue un resultado valioso en un partido jugado a cara de perro y en el que tuvo que bajar a la mina para bloquear a los franceses

JOSÉ MANUEL CUÉLLAR
LYON Actualizado:

ENVIADO ESPECIAL

Gourcuff es el violinista que el Olympique de Lyon contrató este año para atemperar los martillos pilones que siempre ha tenido en el medio campo. Es grácil, armonioso y bello, y es el único que ha plasmado su imagen en la sala de Prensa del estadio de Gerland. Pero es delicado, muy delicado. Uno de esos afectados que pululan por Viena con el Stradivarius continuamente enfermos de gripe, tuberculosis o alguna enfermedad que venda ante una dama de alta estirpe. En suma, un pedazo de jugador, pero uno de esos jugones que tarda tres años en adaptarse a un equipo con sinfonía alterna. Hay tipos que se divorcian porque los niños hacen mucho ruido. Pues este es uno de similar camada.

Así que el Olympique ya no tenía tanto acero «pa los barcos» en el medio campo. Ese acero que tanto incomoda al Madrid. Sin embargo, el Real había maniobrado en el sentido contrario: menos viento y más tambores. Por lo tanto, en el camino se cruzaron una joven promesa alterado por tanto estruendo a su alrededor y un grupo de fieras, poco delicadas, hambrientas de gloria. Y entre todos Cristiano, que no sabe de lírica y sí de dientes con los que masticar galos blanditos.

Pero no hubo ni lo uno ni lo otro. El Olympique puso presión, no insistente, pero efectiva, y el Madrid se atragantó. Buscó a su violinista particular, Ozil, y no lo encontró. Deglutidos los artistas por los músculos llenos de fibras de los centrocampistas defensivos, el partido se atascó, maniatado entre las dos medulares. Iba el Madrid medio a trompicones, perdía el balón y le tocaba al Olympique, también a empellones, aunque con algo más de claridad. En el intercambio de esa árida y cruda lucha callejera, sin apenas arabescos o florituras con los que embellecer el marco, todo sucedió a golpes de caídas, tiros lejanos, llegadas en tropel, era aquello que embrutecía el juego, beneficiaba a los galos y entorpecía a los hispanos.

De la confusión creada y del apelotonamiento de líneas sacó mejor tajada el Olympique, que pescó alguna que otra ocasión en las aguas revueltas en las que discurría el choque. En suma, el Madrid no tiró a puerta hasta el 29 y no hizo intervenir a Lloris hasta el 30, en un violento golpe franco de Cristiano. En el momento anterior, en el acto presente y en el futuro, Bastos y Delgado incordiaron más de lo debido a las filas madridistas, que no veían cómo quitarse a las dos moscas cojoneras que revoloteaban molestando e incordiando. Con tanto tirar de la cuerda, uno y otro se fueron al descanso mascullando improperios y gruñendo, pero sin un solo balón decente que llevarse a la boca.

Un tipo certero

En dos minutos del segundo tiempo, el Madrid agarró la estaca de tumbar gigantes. Cristiano tiró al palo y Ramos hizo lo mismo a los sesenta segundos, amenazando ruina gala. Fue un suspiro, un resplandor y una iluminación, pero todo ficticio. Enseguida volvió el Olympique, empujando de nuevo, sin ideas claras en los blancos. Más bien el partido iba a impulsos del aire que anidaba en los pulmones del equipo de Puel. Flojeaba y entonces Xabi Alonso, el mejor de los suyos, agarraba la manija, movía el corazón blanco y algo se encogía en el alma gala.

Estaba el partido atascado cuando salió Benzema y la primera que tocó la metió llorando en gran servicio de Ozil. El choque estaba finito pero el Olympique se fue arriba con todo y en el empujón final marcó por medio de Gomis. Luego, el Madrid aguantó el tramo postrero y se llevó un resultado más que bueno para decidir en el Bernabéu. El Lyon ya es menos rival.