El bar de Mou

El otro Real

Con desechos de tienta madridista decididos por Zidane, en el Combinado Autonómico lucen Arrizabalaga, Hermoso, Ceballos

Ignacio Ruiz-Quintano
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Para el pipero, lo bueno del parón liguero es que con el Combinado Autonómico de Moreno puede disfrutar de su otro equipo, el Real que pudo ser y no fue, porque se lo cargó Zidane, sólo que sin la pachanga para japoneses de la Décima, que suena a Bonet de San Pedro.

Con desechos de tienta madridista decididos por Zidane, en el Combinado Autonómico lucen Arrizabalaga, Hermoso, Ceballos… El portero, que era del Madrid y se tuvo que ir a Londres para no molestar al costarricense Keylor Navas, apunta a perpetuarse en la portería española, aunque sea una perpetuidad de una década. Hermoso, que es titular con Simeone, en el Madrid tendría por delante al brasileño Militao, tao, tao, vente morenita, bailemos el tao, tao, el nuevo ritmo que ha causado sensación, se baila así, de medio lao, el tao, tao, bien apretao el tao, tao, de medio lao, el tao… Y Ceballos… Ay, Ceballos.

–No se preocupe, míster, yo tampoco quería trabajar con usted –contestó este verano Ceballos cuando Zidane le dijo que no contaba con él.

Zidane cuenta con Courtois y con Hazard, que son belgas, pero francófonos, y con Varane, con Mendy, con Areola y con Benzema, más el sueño de Pogba, que, al parecer, era el designado para correr.

–No soy de prometer cincuenta goles, pero correr como un negro para mañana vivir como un blanco, seguro que correré –declaró al llegar a Barcelona, con 23 años, Samuel Etoo, que ahora, por cierto, con 38, se retira del fútbol.

¿Pogba, correr? No se sabe de nadie que cobre lo que Pogba iba a cobrar por correr para los demás. A Makelele le vendieron un año esa alfombra, pero al siguiente la devolvió con intereses. Otra cosa es que Pogba viniera a correr con su Rolls, pero no en el Real Madrid, sino en el Madrid Central.

Al no venir Pogba, Zidane ha tenido que poner a correr a Bale («si se va mañana, mejor», dijo el francés para gestionarle el ego al galés), que corre más y mejor que Pogba incluso en el campo de golf.

¿Qué teme el fútbol del golf? (Who’s Afraid of Virginia Woolf?)

–Igual no vio (Guardiola) mi partido (sub 21 con Inglaterra) porque está de vacaciones jugando al golf –refunfuña en la prensa Foden, un jovezno del City que no juega con el Gandhi de Sampedor.

La revolución técnica de Zidane era Bale. Balones a Bale, y que Bale corra y la meta. Corre Bale, corre, y mientras Bale corre, los franceses le cantan la Marsellesa.

Bale fue esta semana a jugar con Gales y le preguntaron por el mote que le puso Courtois: «¡El golfista!».

–El golf es como las mallas de los ciclistas: revela mucho de un hombre –dice Wodehouse, cita que Hughes saca a relucir para ilustrar su glosa del libro sobre Trump de Rick Reilly, «Commander in Cheat». La tesis de Reilly, resume Hughes, es que Trump hace trampas jugando al golf («empecé a jugar al golf con estafadores y aprendí mucho»): en un club de caddies le apodaron Pelé por lo bien que pateaba la bola para cambiarla de sitio, para lo cual utiliza a un caddy o a un agente secreto.

Rick Reilly es un columnista deportivo, exactamente igual que Henry Crouch, el cronista de golf que el New York Times envió a Londres, el 6 de noviembre de 1919, a cubrir la sesión extraordinaria de la Real Sociedad Astronómica que daría a conocer al mundo la comprobación de la teoría de la relatividad de Einstein, llevada a cabo por equipos de científicos enviados al África y al Brasil.

Naturalmente Crouch no se enteró de nada, pero él, un periodista creativo, escribió en «el prestigioso» NYT que la cosa iba de «un libro para doce sabios». Y añadió:

–Nadie más en todo el mundo lo va a entender, dijo Einstein cuando sus arriesgados editores lo aceptaron (son palabras textuales de Crouch).

Sólo que (aquí, las matizaciones de Ricardo Bada, relator de la histora): 1) Einstein no había escrito ningún libro; 2) no había, pues, ningún editor del mismo, ni arriesgado ni pusilánime; y 3) todos los presentes en la sesión solemne de la Real Sociedad Astronómica de Londres habían entendido de qué iba la cosa... todos ellos menos, claro está, el corresponsal del New York Times.

–¿Sobre qué no escribirías? –preguntaron una vez al colombiano Alberto Salcedo Ramos, autor de «El oro y la oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé».

–Sobre golf, un deporte que me parece tan divertido como una hernia.

Ve uno jugar al Combinado Autonómico de Robert Moreno y te preguntas si lo de Zidane en Madrid no será como lo de Crouch en Londres, y todo ello tapado por la hernia (según el «Marca») de Bale, que juega al golf.

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