Análisis

Bale, perdido en la traducción

Propicio, portentoso, inconstante y tan difícil de comprender que siempre parecerá un misterio

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La segunda mejor época del Madrid comenzó con la carrera de Bale en Valencia. El Madrid ya había ganado al Barcelona con Mourinho, Cristiano y Pepe encaramado a la media; ahora lo hacía con una jugada en la que Bale salía y entraba al campo haciéndole a Bartra lo que ya había hecho a Maicon en el Inter-Tottenham, poner en cuestión una carrera deportiva.

Era el Bale de los espacios abiertos, de los grandes contragolpes. Así, siguiendo en la distancia a Di María, marcó el gol definitivo en Lisboa. Luego ganaría personalmente otra Copa de Europa. El Madrid empataba y su entrada en Kiev cambió el partido. Superó la chilena de Cristiano y la volea de Zidane añadiendo un tirabuzón a lo inverosímil.

Aun habría que recordar la contra fulgurante en Múnich o sus goles en el Mundialito: tres ante el Kashima cuando todo había acabado. Últimos días de 2018.

En Bale empezó y en Bale terminó y cuando tuvo que aparecer lo hizo como un superhéroe, un poco ajeno y sin avisar. Se convino por fin que era un jugador de finales, aunque su media goleadora fuera la de Raúl, no lejos de Benzema. Era un jugador intraducible que llegó como eslabón débil de la BBC, bajo sospecha por la hernia o protusión y un fútbol tan británico que parecía una razón más del Brexit. El carrilero zurdo que acabó de delantero se enfrentaría en Madrid a defensas cerradas recibiendo de espaldas y en la derecha, encarcelado. Su posición fue siempre un problema no del todo resuelto. Benítez lo colocó en el centro y después tenía que ser el que se sacrificase para convertir la BBC en 4-4-2.

Bale además fue irregular (año bueno, año malo) y fue frágil, como si cargar con sus condiciones fuese una maldición, y cuando todos sabíamos lo que esperar de él, recibió el liderazgo de un equipo sin hambre y sin Cristiano. Una decisión que lo culpabilizó ante todos los sectores del Madrid. Los adoradores de Juanito, que toreaba, comenzaron a considerar intolerable que jugase al golf y Bale, en lugar de adaptarse con goles de fogueo como Benzema, se refugió en un aislamiento casi sublime. Sordo a un entorno aberrante, su renuncia al español parecía coherente con su fútbol nunca del todo asimilado, hecho para cuando se rompían los partidos cumbre, cuando al resto le entraba el flato escénico.

Todo el que se refugie en las 4 Copas se estará refugiando en Bale, la rúbrica de ese Madrid tan parecido a él: propicio, portentoso, inconstante y tan difícil de comprender que siempre parecerá un misterio.