De Aníbal a Solari

Ignacio Ruiz-Quintano
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Caníbal fue el que se comió a Aníbal, dice una grueguería. Y Aníbal fue el general cartaginés que derrotó a los romanos en tres batallas campales que nos impresionaban mucho de niños: Trebia, que era un río; Trasimeno, que era un lago; y Cannas, que era la puerta de Roma. Y, sin embargo, Aníbal nunca entró en Roma.

Las tres batallas campales que iban a hacer de Solari otro Aníbal eran Campo Nuevo, Wanda Metropolitano y Amsterdam Arena: de las tres salió con bien, pero nadie aseguraría que al final ese hombre vaya a entrar en Roma. En la Roma liguera, desde luego, no, después del ridículo contra el Gerona de Dalí.

La propaganda nos pinta a Solari fuera del fútbol leyendo a Borges en los descansillos de los Museos, de los que no vería nunca el momento de salir.

—La lectura de Borges, el cine independiente, la música clásica, el teatro de Pipirijina y la pintura de Malevich.

¡Cielo Santo! ¡El Madrid!

El caso es que es la hora de cerrar y los ujieres del Prado se juntan para, entre todos, convencer a Solari de que debe irse a su casa, que al día siguiente abren de nuevo y podrá seguir observando el juego de las luces en el cuadro de las Lanzas de Velázquez. No siempre lo consiguen, y Solari pernocta en el Prado, de donde parte por la mañana en el primer autobús que lo lleve al Bernabéu.

Solari resistió como entrenador en el Campo Nuevo al Barça de Valverde, que es un equipo lastrado por la napia del Txingurri.

Solari barrió como entrenador en el Wanda Metropolitano al Atleti de Simeone, a quien, por taparlo, renovaron por otra década, o así, y con el mayor salario del mundo.

Y Solari sucumbió como entrenador en el Amsterdam Arena, pero ganó el partido, y nadie lo quiso decir.

La pregunta es, otra vez, qué es un entrenador y para qué sirve. En el United despidieron a Mourinho para poner al simpático Ole Gunnar Solskjær, y el equipo empezó a ganar como el Madrid con Solari. Los entrenadores profesionales ganan una barbaridad de millones y dan mucho la lata. ¿Por qué no ponerse en manos de tíos simpáticos que por una módica cantidad reparten café y simpatía? En el Madrid se consideró la posibilidad de recurrir a Arturo Fernández y su proverbial «chatina» para administrar los egos del vestuario.

Un ego de vestuario carísimo, Alexis Sánchez, el ego que más cobra en la Premier, explicó muy bien el estado de ánimo de nuestra época:

—Para mí, Mourinho es uno de los mejores entrenadores del mundo. Por cómo entrena, por cómo ve los videos, por cómo lo hace. Pero en el grupo se había generado algo... estaban todos con la duda de si jugaban, yo también, que sí, que no. Y ya el jugador pierde la confianza.

¡La confianza! Pogba, el futbolista más sobrevalorado de nuestro tiempo, estaba sin confianza. Solskjær se la devolvió, y entre la confianza de Pogba y la simpatía de Solskjær el United se puso a ganar partidos hasta la noche del PSG de Mbappé, jugador al que hay que parar, y entonces no bastan la confianza del medio centro, que resultó expulsado, y la simpatía del entrenador, que resultó arrollado, como el simpático Solari y el confiado Lucas Vázquez ante el Gerona de Eusebio Sacristán, aquel pelotero finísimo de Valladolid que tuvo la suerte de tener a Cruyff de entrenador, que le enriqueció el buen gusto. Ese buen gusto que ayer desplegó su equipo para retratar al Madrid en el Bernabéu, donde el equipo de Solari sacó el catálogo de vicios históricos que han hecho de él un segundón de la Liga española. Este Madrid liguero es el vendedor de alfombras que va por los bares ofreciendo una mercancía que nadie compra. ¿Otro entrenador?

—Siempre he tenido una buena relación con todos los entrenadores –se oye en el penúltimo «gif» de Canelita Ramos–. Es mejor mantenerse al margen porque son situaciones delicadas. El respeto se gana, no se impone. Ahí están los entrenadores con los que hemos ganado títulos. La gestión de vestuario es más importante que el conocimiento de un entrenador.

La prueba de que la gestión de vestuario es más importante que el conocimiento de un entrenador es que el desconocimiento del entrenador nos ha perdido otra Liga, pero su gestión del vestuario mantiene la plantilla contenta.

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