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Olmedo ya se siente el rey

El sevillano gana la final de 1.500 de los Europeos bajo techo, Beitia se lleva la plata en altura y Kevin, el bronce en 800

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Manuel Olmedo era un notable atleta de 800 que, año tras año, se estampaba contra las grandes competiciones. Hasta que, en Pekín, tras caer en las semifinales de los Juegos Olímpicos, decidió que ya estaba bien. Y, como los boxeadores que suben de peso, dio el salto a los 1.500. Dos años y medio después, el sevillano se siente el rey de la prueba más apreciada en España. El verano pasado, en Barcelona, se colgó el bronce en la final que se llevó Arturo Casado, y este domingo agridulce, al fin cató el néctar de los campeones. Olmedo, otra vez letal en los metros finales en carreras a velocidad de crucero (ganó con 3:41.03), en la recta donde devoró a Koyuncu -el turco valiente que tiró toda la prueba y recibió la recompensa de una plata y un récord nacional-, introdujo su nombre en el olimpo de los mediofondistas españoles, especialistas en los 1.500, una prueba que, sólo en Europeos en pista cubierta, ha dado seis medallas de oro (tres de José Luis González, y una de Mateo Cañellas, José Antonio Redolat y Juan Carlos Higuero), ocho de plata y tres de bronce. Diecisiete españoles han subido al podio de esta competición que coronó a Olmedo.

A sus 27 años, el atletismo se ha vuelto más grato, menos traumático. Olmedo recibe el premio a su valentía, a decisiones que cambian una vida, como el mencionado paso a los 1.500 o, unos años antes, en 2005, la mudanza de Sevilla a Soria. Del calorcito, al frío que corta la cara y las manos. Allí le recibió Enrique Pascual, el entrenador de Fermín Cacho, el monarca vitalicio de los 1.500, oro olímpico en Barcelona, y Abel Antón, doble campeón del mundo de maratón. Hasta Pekín siguió empezinado con las dos vueltas a la pista, pero en 2009 cambió de tercio. Aún le dio tiempo a ser quinto en los 800 del pasado Europeo 'indoor', en Turín. Pero en 2010 ya dio un paso al frente en la prueba fetiche con su triunfo en los campeonatos nacionales y el podio de Barcelona'10. Y 2011 está siendo su confirmación: vencedor en los Campeonatos de España y en los de Europa.

No hubo más medallas en esta final. Diego Ruiz, que dijo tener "algo de catarro", se descolgó muy pronto, transcurridos menos de 700 metros. Y Juan Carlos Higuero, operado de osteopatía de pubis en verano, después de una larga recuperación hasta final de año, que corría este domingo su tercera carrera en 2011, no pasó del sexto puesto. "Lo que imaginaba", apuntó el 'León de la Blume', quien advierte que no le jubilen antes de tiempo. "En tres meses no se pueden hacer milagros, pero este verano volveré a luchar por ser el mejor".

Olmedo no lo tiene tan claro, y se frota las manos a la espera, en la próxima temporada al aire libre, de sus próximos pulsos con Arturo Casado, el único al que nombra al hablar del futuro, el madrileño ausente que ha dedicado el invierno para conocer cómo entrenan los kenianos en Iten y en Eldoret. "Arturo sólo me ha ganado en Barcelona, donde él me lo puso muy difícil y yo, muy fácil. Pero seguro que este verano vamos a tener duelos muy bonitos".

El sevillano se relame al verse encima de la ola que antes frecuentaron González, Abascal, Cacho o Reyes Estévez, su ídolo. Quiere ser como él. Quiere ser como ellos. Y por eso se ha instalado en Soria, donde vive con su novia, Beatriz Antolín, subcampeona de España de 1.500 hace dos semanas.

La bella tradición de Beitia

Ruth Beitia mantiene una relación idílica con la pista cubierta, el atletismo de bolsillo en el que se ha hecho un nombre, un palmarés que sólo superan los atletas españoles más sobresalientes. Allí dentro ha capturado sus seis medallas internacionales: una plata (2006) y un bronce (2010) en los Mundiales, y tres de plata (2005, 2009 y 2011) y una de bronce (2007) en los Europeos. La santanderina, a unas semanas de cumplir 32 años, acudió a Bercy con menos esperanzas que nunca. Sus opciones, además, se tambalearon el sábado, en la calificación que superó porque no hubo una octava saltadora que pasara los 1,96. Y los temores se avivaron muy pronto en la final del domingo, con un nulo sobre 1,87.

Pero Beitia es la mejor saltadora española de la historia por actuaciones como la de ayer, poco lustrosas, siempre por debajo de los dos metros, pero sumamente eficaces. Y el susto del 1,87 se tornó alegría con el 1,96 al primer intento. Algo que sólo logró la italiana Antonietta di Martino (oro con 2,01). En la tercera ronda se sumó la sueca Jungmark, que volvía a mejorar su plusmarca, con lo que ya estaba todo vendido.

Ruth, después de fallar sobre 1,99 y dejar sola a Di Martino, la diminuta saltadora de 1,69, se fue corriendo a la grada y allí escaló para abrazar a Ramón Torralbo, "el 50 por ciento de todas las medallas", el paciente entrenador que le ha inculcado los grandes valores del atletismo, el hombre que la fue moldeando, sin prisas, desde que le llegó siendo una niña, cuando se la llevó su hermano mayor. Uno de esos maestros que imparten su sabiduría con discreción en la periferia de España, un hombre que llenó de calma el tormentoso invierno de Ruth que, gracias a su doctrina, ha culminado de color de plata.

El pasado verano empezó a sentir un fuerte dolor en la espalda. Las molestias se fueron agravando hasta que degeneró en una lesión, en dos protusiones, un pinzamiento en el gluteo medio, con dolor también en el piramidal. Tuvo que olvidarse de las pesas y de los ejercicios verticales. "No podía no levantar la barra", explica Torralbo, "si hace un año se entrenaba pasando vallas a 1,05, ahora lo hacía a 0,75, un desastre". Pero hace dos semanas desapareció el dolor. Entonces vieron la luz. Y Ruth, con sólo dos semanas de trabajo poco intenso, se rehizo para subir al podio.

Ruth Beitia no ha fallado en ninguna competición desde 2001, cuando se proclamó campeona de Europa sub-23, y eso parece que empieza a pasarle factura. Por eso insiste en que el tren se parará en Londres. Los Juegos Olímpicos, a sólo año y medio, serán su última estación como saltadora de altura. Aunque empieza a insinuar que igual sigue un año más, a modo de tranquila despedida de las pistas, divirtiéndose con otras pruebas, quizá la longitud, quizá el triple salto, y ayudando a su club, el Piélagos de su 'tierruca', de Cantabria.

El triste de bronce de Kevin

La final de los 800 metros estaba escrita para encumbrar a Luis Alberto Marco, el especialista de la pista cubierta, el estratega de las ocho vueltas al anillo. Y el sevillano, tan aplicado en todas sus apariciones, repitió su guión de siempre: tomar la cabeza, defender la cuerda, acelerar sólo cuando sea necesario y morder en la recta, donde hay quien le conoce como el 'killer'. Pero el guión lo destrozó un rival a falta de 300 metros. "Me han tocado por detrás, imagino que se me habrá cruzado en la pierna, y me he ido al suelo", explicaba, destrozado, lloroso, el excelente atleta sevillano. "Ahora siento mucha impotencia, han tirado por tierra todo el trabajo de todos estos meses", acertó a razonar.

En ese momento, resguardado en la cola, harto ya de ser la bola del 'pinball' en cada carrera bajo techo, Kevin López se quedó de piedra. Y ya en la última vuelta, quién sabe si fruto de su bisoñez, de sus 20 prometedores años, se conformó con pegarse al británico Osagie y dejó escapar a los dos polacalos, Adam Kszczot (un año más viejo, oro con 1:47.87) y Marcin Lewandowski (el campeón en Barcelona'10). Su conformismo le dejó un bronce que no le colmó.

Kevin López, sin sonrisa, con medalla, un tipo que se ducha con agua caliente antes de cada carrera, se encontró con la prensa y se puso a hablar de Marco, su colega de entrenamiento, su compañero de habitación, donde ven carreras históricas, pretéritas, el hermano mayor que hace tiempo le regaló unas zapatillas blancas con la que ha logrado todos sus éxitos y a las que, ya muy usadas, reserva sólo para los grandes momentos, como este domingo, en París, donde dejó de ser una promesa, como le sucedió a su amigo Marco, cuarto con 20 años en el Europeo 'indoor' de Birmingham y y subcampeón, con 22, en el de Turín.