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Y entre las brumas aparece Nuria Fernández

La mediofodista, salpicada por la operación Galgo, logra la plata, única medalla de España hasta el momento en los Europeos

PARÍS Actualizado:

El destino quiso colarse en el camino del atletismo español, tremendamente abrupto desde el 9 de diciembre, el día que los agentes de la UCO destaparon la operación Galgo. El destino, siempre tan caprichoso, ha querido que Nuria Fernández, que sufre los daños colaterales de la investigación como sujeto pasivo, que descubrió aquel día de diciembre que su entrenador, Manuel Pascua Piqueras, dormía en un cuartel de Madrid, terminara segunda en la final de 1.500 del Europeo en pista cubierta, que diera, quién lo hubiera dicho aquel jueves sísmico, a España su única medalla a falta de la última jornada.

Tres meses después de aquel día que quebró la España atlética en dos partes, Nuria subió al podio del Omnisport de Bercy, al lado de dos rusas, Yelena Arzhakova (campeona con 4:13.78) y Yekaterina Martynova. Un poco más atrás, en el quinto puesto, llegó la otra española, Isabel Macías, llorosa, triste porque los empujones, los cortes, le dejaron fuera de un sprint en el que, cree, mereció estar. "A falta de dos vueltas me veía medallista". Y cuando comenzó a digerir que ese quinto puesto era lo mejor que ha hecho nunca en el atletismo desnudó el sentimiento de algunos compañeros hacia Nuria Fernández. "Para mí es como si fuera una extranjera", dijo después de explicar que el día anterior, cuando fue a felicitar a la madrileña, ésta "giró la cara".

Así está el atletismo español, partido. Y en el lado de Nuria Fernández, pese a las dudas iniciáticas, están los jefes de ese atletismo. José María Odriozola, el presidente, que repescó a la campeona de Europa al aire libre cinco días antes de esta competición después de ver cómo vencía en el Campeonato de España de cross, del campo a través, de donde no pensaba salir en todo el invierno. Y José Luis de Carlos, segundo de abordo, quien le puso la medalla plateada a la española.

Este éxito no dejó indiferente a nadie. Ni a sus defensores, ni a sus detractores. Ambos son legión, y ambos cuchichearon las interpretaciones de este podio. Nuria Fernández intentó mantener el tipo ante la prensa española, pero al final, con tantas emociones acumuladas, rompió a llorar. Antes, mientras mantenía la calma, con un ramo en el brazo y una medalla sobre el pecho, saldó cuentas pendientes. "Yo no tengo que demostrar mi inocencia (sobre el dopaje), yo no tengo que demostrar nada: llevo 20 años corriendo y nunca he dado positivo. Pero si hay cuatro organismos que me vigilan todos los días del años: la IAAF (Federación Internacional de Atletismo), la AMA (Agencia Mundial Antidopaje), el CSD (Consejo Superior de Deportes) y la Federación Española".

Nuria, que se entrena con Antonio Postigo desde que anterior técnico, Manuel Pascua Piqueras quedara marcado como imputado por la operación Galgo, que dice haber sobrevivido a este infierno, con 34 años, gracias a sus amigos, a sus familiares, a la sonrisa de su pequeña Candela, ha metido a España en el medallero por la vía de los 1.500. Siempre los 1.500.

Así ha sido siempre, así ha sido esta vez y así será, muy probablemente, este domingo, en la clausura del Europeo, el día de la final masculina, donde habrá tres españoles. Y quién sabe si no habrá un festival español en los 1.500. Los tres se sacudieron las semifinales con solvencia. Manolo Olmedo, angustia inicial al verse algo retrasado, felicidad posterior al remontar con soltura, marcó el mejor tiempo de las tres semifinales (3:43.51), Diego Ruiz, encerrado a mitad prueba, terminó ganando en la segunda, y Juan Carlos Higuero, con sólo una carrera en las espaldas este invierno, entró segundo, detrás del alemán Schlangen, después de mandar durante la segunda mitad de la carrera. ¿Triplete? "Es difícil, pero puede ser", advirtió Higuero justo después de completar una semifinal de la que se cayó el francés Yoann Kowal, el más rápido -el lesionado Baala aparte-. La respuesta, en una final sin rivales de calado, este domingo (16.20 horas).

El pleno en el 800 será imposible después de que David Bustos, que llegaba algo justo, entrara último en la primera semifinal, una carrera en la que el pequeño Kevin López fue un juguete en manos de sus rivales más corpulentos. Al andaluz, por suerte, le quedaba un cambio para hacer los deberes en la última recta, pasar a dos rivales, y colarse tercero, al filo de la navaja. Nada que ver con el dominio de Luis Alberto Marco, un especialista en pista cubierta que da una lección táctica detrás de otra. Élian Périz, sin tantas aspiraciones en los 800, dio la talla. No pasó a la final, pero renovó su plusmarca (2:03.51) en París.

Quien también corrió de libro, siendo la carrera que era, una semifinal de 3.000 metros que premiaba a las cuatro mejores, fue Loli Checa. La valenciana sembró de esperanza una mañana torcida. Naroa Agirre (4,15 y tres nulos sobre 4,35), en pértiga, y Concha Montaner (6,47), en longitud, fallaron en los concursos, mientras que Ruth Beitia sufrió, algo inusual en ella, para meterse en la final de altura. La cántabra llegó limpia hasta 1,92, pero se le atragantó el 1,94, una altura que, por suerte, sólo superaron siete rivales, dejando un hueco para ella. Pero Checa, poco explosiva en los últimos metros, salvó la mañana. La discípula de Antonio Serrano puso un tren medio-alto que sirvió para despejar el camino hacia la final. Paula González se ganó el derecho a acompañarla al pasar, séptima, por tiempos. Los velocistas cumplieron sin alardes. Ángel David Rodríguez, Iván Mocholí y Digna Luz Murillo pasaron a semifinales y allí se quedaron.

España se confió

La otra medalla que entraba en la quiniela era la de Jesús España. No hubo premio. El fondista de Valdemoro, siempre tan calculador, siempre tan fiable, se confió en exceso. Viajó en la cola para evitar las sacudidas que siempre deja una carrera en pista cubierta y cuando quiso reaccionar, la proa estaba demasiado lejos, a unos 20 metros. España realizó una aceleración progresiva, sin brusquedades, pero llegó tarde al reparto de medallas que se llevaron el intratable Mo Farah, Ibrahimov y Akkas.

No le fue mejor a Luis Felipe Méliz. El saltador cubano con pasaporte español estuvo como toda la temporada, esta vez en 7,90, y eso, en París, valía un sexto puesto en una final de longitud en la que el alemán Bayer revalidó el título en la tarde del festín francés. Muchos fueron los galos que brillaron, como Lemaitre, quien en las semifinales de los 60, deslumbró con la mejor marca europea del año (6.55), pero el rey, este sábado, fue Renaud Lavillenie. El último valor de la prolífica escuela francesa de pértiga voló por encima de los 6,03 -récord nacional y de los campeonatos- y luego regaló a su público tres intentos sobre 6,16, un centímetro más que el récord del zar de la pértiga, Sergei Bubka.