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Río 2016 | Halterofilia Lydia Valentín, una Hércules con maquillaje

Luchadora, divertida y soñadora, aprende de los malos momentos y los olvida enseguida

Lydia Valentín
Lydia Valentín - AFP

Nunca olvida el maquillaje ni el pintauñas. Aunque el polvo con el que se seca las manos para coger las pesas cubra el color. Está acostumbrada, y eso que en sus inicios le dijeron que podría ser muy buena en atletismo. Nada de eso. Inconformista y exigente, eligió la halterofilia para abrir el camino de los pioneros. Al menos, entre las mujeres, Lydia Valentín se ha convertido en referente e icono. Orgullosa de ello, defiende con su propio ejemplo que su deporte no es solo cuestión de genética, ni mucho menos, sino en un trabajo constante en el que ella también es campeona.

Sus entrenamientos diarios rozan el extremo, con tres horas por la mañana, tres por la tarde y todo lo que lleva alrededor, de sesiones en el gimnasio o de recuperación. O de spa, lo que más le gusta para relajarse. Empezó con 35 kilos, ahora es campeona de Europa dos veces en 75. Una progresión que la llevó al quinto puesto en Pekín, 2008 y al oro virtual en Londres 2012 al ser cuarta, pues todas las rivales que subieron al podio dieron positivo. Luchadora como pocos, afronta dos batallas: la primera, limpiar su deporte: «Me duele que los podios estén llenos de trampas». La segunda, y no más liviana: defender que las mujeres pueden hacer lo que quieran y ser las mejores. «Siempre se ha relacionado con el género masculino, pero si hay niñas que comienzan a practicar halterofilia porque me ven, estoy más orgullosa si cabe de mi trabajo».

Luchadora, divertida y soñadora, aprende de los malos momentos y los olvida enseguida. Desconecta en su Ponferrada natal, a la que vuelve siempre que puede para estar con su familia y sus amigos de toda la vida. Se motiva con el rap y con las canciones de Nach y reconoce que de pequeña era algo rebelde. Quizá por eso, cuando a los once años un entrenador le descubrió la filosofía de superación de la halterofilia no se lo pensó. Nunca olvida el maquillaje ni el pintauñas, ni su grito de guerra antes de salir a competir, y con el que suelta toda la energía para levantar las pesas y los éxitos en halterofilia. Un deporte del que es rostro y orgullo.

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