leyendas españolas

El heredero de Blume elevó la gimnasia española a los altares

Gervasio Deferr, bicampeón olímpico y medalla de plata

El heredero de Blume elevó la gimnasia española a los altares
Gervasio Deferr, celebrando su ejercicio en los Juegos de Pekín 2008 - AFP

«Tres Juegos, tres medallas... no tengo mucho que decir», declaró Gervasio Deferr en los Juegos de Pekín justo después de colgarse la medalla de plata en la final de suelo. Tenía toda la razón. No había nada más que decir. Las cifras hablaban por sí solas: doble campeón olímpico (en 2000 y 2004), subcampeón en 2008 y seis medallas mundialistas y europeas. Una barbaridad (más propia de los atletas del antiguo bloque comunista) que colocó a la gimnasia artística española en el nivel más alto de su historia, en unas cotas inimaginables para un deporte que no está entre los 25 con más licencias en España.

El sueño truncado de Joaquín Blume, que nunca pudo participar en unos Juegos por culpa de la política y por un trágico accidente de avión que acabó con su vida a los 26 años de edad, lo hizo realidad cinco décadas después un joven nacido en Premià de Mar (Barcelona). Actual miembro del COE y propietario de un gimnasio donde entrena a chavales en una zona deprimida de Barcelona, «Gervi» siempre destacó como un gran competidor. Donde otros se arrugaban, él se venía arriba. Esa mentalidad fría le permitió ganar sus dos primeras medallas de oro olímpicas en salto, cuando su especialidad era el suelo. La segunda tuvo una especial dificultad, ya que la obtuvo tras un nuevo traspié en su mejor aparato, el suelo, después de pasar por el quirófano y tras pasar un calvario por dar positivo por cannabis en un control antidopaje en 2002. Con sólo cinco meses de preparación, se plantó en Atenas y volvió a clavar los saltos. Voló sobre el potro y en la caída no movió los pies ni un centímetro de la colchoneta. Una vez más, su centro de gravedad bajo, sus potentes piernas y, sobre todo su privilegiada cabeza, le dieron la gloria.

Cuentan las crónicas de la época, que la noche anterior a su primer oro, en Sidney, el cerebro del gimnasta fue conectado a un ordenador por un psicólogo durante 17 minutos para mejorar su equilibrio mental. La tecnología hizo lo suyo, pero su privilegiada cabeza, más bien hizo casi todo. Él siempre relativizó sus éxitos, porque seguía una enseñanza de su padre (un exiliado argentino), que le dijo que los resultados deportivos son secundarios, que lo verdaderamente importante es volver entero de la competición. Deferr empezó con 5 años en la gimnasia y con 11 inició una carrera en la élite cuando ingresó en el CAR de Sant Cugat. 19 años después, dejó la competición convertido en una leyenda.

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