España mastica sin dientes

España mastica sin dientes

Los campeones dominaron el partido, pero se mostraron premiosos y parcos en ataque ante una Inglaterra que hizo valer su cerrada defensa

ENVIADO ESPECIAL A LONDRES Actualizado: Guardar
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Inglaterra ganó a España a la italiana, como le ha enseñado Capello, con mucha practicidad y escaso valor. Cerrada atrás, sin pelear el partido y esperando un milagro, que ayer llegó, pero con muy poco que ofrecer.

Se aprovechó de una España premiosa, que masticó mucho y mordió poco. En conjunto, hubo poco fútbol.

Y es que cuando sale a jugar, Inglaterra tiene un problema muy grande, y es que a esto se juega con un solo balón. Y no era para ellos. Lo vieron poco pero como Capello ya lo sabía porque ha seleccionado (como a él le gusta) más estibadores que artistas, ideó otro plan. En realidad, es lo que a él le encanta: los cuatro zagueros cerrados por el centro, que los dos extremos taparan las bandas apoyados por los tres del centro y el pobre Bent arriba, que vio el partido como quien ve una película, de extra privilegiado.

España, ya se sabe, cogió el balón y se apropió de él. Lo movió, lo mareó, lo acogió con mimo y... poco más. Como Capello había tapado las vías de penetración interior donde España hace sangre de verdad, optó por la paciencia, como tantas otras veces ante equipos que renuncian a la lucha. Al igual que suele suceder en esta clase de encuentros, se echaron en falta algunas cosas: un extremo que abriera el campo, un ariete para fijar a los centrales y algo menos de precauciones ante un rival tan acongojado (por no decir otra cosa) como el resto del mundo.

Así que con tanto movimiento horizontal y poco vertical, el encuentro se hizo anodino porque el tiqui taca de España está muy bien si al final hace saltar la chispa con un pase imprevisto, un tiro lejano, una ruptura por el lado blando o alguna entrada exterior, pero hubo poco de todo eso, metida como estaba la Pérfida Albión en sus muelles, sin sacar ni un solo barco a mar abierto para guerrear a pecho descubierto. Casillas, en su partido 126, bostezaba con fuerza, tan aburrido como la grada. Y es que el fútbol español embelesa mucho, pero a veces tanto que te quedas dormido. Pocas ocasiones, pocos tiros y poco de todo, aunque siempre mucho más que Inglaterra, que pareció una tortuga con cien caparazones, sin nada que ofrecer, sin nada que poner sobre el mítico tapete de Wembley.

El asunto se complicó sobremanera tras el descanso. Suele pasar si te entretienes tanto tiempo mirándote el ombligo, diciéndote a ti mismo qué bien la toco y cómo me gusto. Pues a lo inglés marcaron los de Capello. Balón arriba, toque de Bent al palo y el mejor llegador del mundo, Lampard, estaba ahí para cambiar el partido.

Exceso de errores

Y lo cambió. España se desorientó durante muchos minutos, tantos que Inglaterra pareció España y España Inglaterra, cambiados los papeles. Así hasta que a los blancos se les fue el oxígeno. Apretó entonces España con lo suyo: tiros al palo, arietes que no llegaban, dando caña de verdad, mereciendo mucho más.

Sin embargo, ahí le falló a España la pegada. Cesc erró demasiado, Torres no llegó a casi nada y entre unos y otros llevaron a España a una derrota un tanto extraña, pero comprensible si se observa con detenimiento una primera parte donde faltó dar una vuelta de tuerca más y meter intensidad al partido, al tiempo que sobró tanta premiosidad y conformismo con solo poseer el balón, porque eso sin dientes no lleva a ningún lado.