Y Maradona se reencarnó

Simplemente estelar, soberbio, majestuoso. Leo Messi asumió por fin los galones y, en un fantástico ejercicio de responsabilidad, cargó con el Barcelona a sus espaldas cuando más le necesitaba. A

ENRIQUE YUNTA. BARCELONA.
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Simplemente estelar, soberbio, majestuoso. Leo Messi asumió por fin los galones y, en un fantástico ejercicio de responsabilidad, cargó con el Barcelona a sus espaldas cuando más le necesitaba. A falta de Eto'o y Ronaldinho -otra noche gris la del brasileño-, bueno es el argentino, algo parecido a «dios». A Maradona, se entiende.

Con el Madrid delante, suele acaparar todo el protagonismo Samuel Eto'o. Al camerunés le pone el blanco, se crece cuando juega con su ex equipo. Además, ayer cumplía 26 años y había programado una fiesta con barra libre, pero las cosas no salieron como él quería. Fue sustituido en el descanso para reorganizar el sistema con la expulsión de Oleguer. Messi le robó el protagonismo.

Tenía una deuda pendiente el menudo extremo con el gol. Desequilibrante siempre en el uno contra uno, el de ayer fue su mejor partido desde que viste la camiseta azulgrana. Rescató de la miseria al Barcelona y, en el último suspiro, castigó sin reparos al Madrid con un gol de bandera. Genial en la conducción y simplemente estupendo en la ejecución. Casillas no daba crédito.

Antes, especialmente en la primera mitad, se ensañó con el inexperto Torres. Se pegó a la línea de cal y desquició a la zaga blanca con sus diabólicas diagonales. En una de ellas aprovechó una asistencia de Samuel Eto'o para establecer el 1-1, la vida al revés. El argentino, poseído, festejó el tanto como un loco y mostró un mensaje en su camiseta interior que decía «Fuerza, tío».

Seguía con su exhibición y demostró que estaba a otro nivel, iba a otro ritmo. Se esmeraba en contagiar a los suyos, pero poco caso le hicieron. Así, optó por montarse su propia película y, aprovechando su privilegiada visión, cazó un rebote después de un paradón de Íker para fusilar por alto y nivelar de nuevo el choque.

Le condenó, como al resto del equipo, la expulsión de Oleguer, pero tuvo la osadía necesaria para dar un punto de oro en el último suspiro. Pletórico.