Vieri, el apátrida del fútbol
Vieri también era individualista en los entrenamientos; con Antic, en el Atlético, no hacía caso a los preparadores físicos | AP

Vieri, el apátrida del fútbol

TOMÁS GONZÁLEZ-MARTÍN
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Ha sido fiel al carácter de su padre, Roberto Vieri, un delantero de los años setenta denominado «il primo emigrante» por marcharse a jugar al Stallions de Sydney. Su hijo heredó esa idiosincrasia individualista, el no sentirse parte de nada ni de nadie. Nacido, por genes, para el balón. Christian Vieri (Bolonia, 12-7-73) ha sido el «emigrante del calcio». Desde 1990 hasta 2009 ha vestido trece camisetas distintas y ha realizado quince cambios de club. Fichó en cuatro ocasiones por el Atalanta, la última en la campaña 2008-09, cuando anunció su retirada. Ahora se desdice. Piensa cambiar de aires una vez más. Ronaldo, compañero en el Inter, le ha dicho que le ayude en el Botafogo de Riberao Preto. Será su decimocuarto club.

Caprichoso, su personalidad nunca congenió con un equipo. Observó que el fútbol era un universo egoísta en el que todos miraban sólo por su futuro. Tomó esa bandera. Debutó en el Torino a los 17 años. Después de dos años y un único gol fue contratado por el Atalanta. Se sintió mercancia. Se planteó una máxima: en cuanto pudiera, él decidiría su porvenir.

Cedido al Pisa en 1993, sólo estuvo medio año. Al cabo de 18 partidos y dos dianas, la torre inclinada le despidió. Su altura (1,85) y su potencia (82 kilos) no eran explotadas. No podía elegir equipo.

Prestado al Rávena en la campaña 93-94, allí demostró su calidad para dar el salto a la Serie A. Titular por vez primera, anotó once tantos. El Venecia le ascendió a la liga estelar del planeta.

Aquel curso 94-95 fue el de su confirmación. Volvió a sellar once goles. Y el Atalanta llamó a su puerta. De forma diferente. Y firmó diez dianas en aquella Liga 95-96. El Juventus le elevó a la cima. Desde este momento, se tomaría la revancha. Iba a ser un «apátrida» del dinero. Sacaría del «gioco» todo su jugo.

Pichichi con Jesús Gil

Vestido de «bianconero» celeró sus primer títulos. En una temporada levantó el Scudetto y la Intercontinental. Sus ocho aciertos fueron siempre decisivos. Aprovechó la fama. En 1997 recibió la oferta del Atlético y firmó por los rojiblancos. Gil pagó 18 millones de euros al cambio, una barbaridad de la época. Hizo honor a su precio. Veinticuatro remates le otorgaron el Pichichi 97-98. Kiko le daba los pases. Su entendimiento era sensacional. Eran «la gamba y la gabardina», decía el gaditano. Pero regresó a Italia por razón de amores. Era portada de las revistas de Berlusconi.

Recaló en el Lazio 98-99. Sumó doce goles. Y el Inter rompió el molde. Le sujetó seis años. Culpa de una amante, aseguran. Marcó 102 tantos, ganó una Copa y se proclamó «capocannionere» en 2003. Fue su última exhibición. Terminó mal con Moratti, que vigiló sus andanzas. El jugador presentó una demanda contra el club por el «seguimiento» a su teléfono móvil.

Enojado, se pasó al enemigo, el Milán, en 2005. Comenzó el rosario de fracasos. Medio año con los milanistas (un tanto), otro medio con el Mónaco (tres). Firmó con el Sampdoria en 2006 y le echaron sin debutar. El Atalanta le recuperó para nada (dos). Y en 2007 acabó en el Fiorentina (seis). La pasada campaña deambuló de nuevo por el Atalanta. Brasil será ahora su cementerio de elefantes.