Un verano que sembró de minas el sendero entre la directiva y el socio de a pie

JOSÉ MANUEL CUÉLLAR | MADRID
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Nada, o casi nada, es casual. La situación actual del Atlético de Madrid tiene su origen y base tanto en el terreno de juego como en los despachos. De hecho, en estos últimos se empezó a fraguar la desgracia colectiva que ahora viven los rojiblancos. Acuciados por la falta de tesorería, este verano se quedaron varados, sin fichajes, sin movimientos y sin apenas asomar la cabeza. Todos se movieron, todos menos el Atlético. García Pitarch y su gente (tanto los de arriba como los de abajo) hablaron poco y cuando hablaron no quisieron sacar a colación la falta de fondos que acosa al club, lo que hubiera justificado tal inmovilismo.

Pero todo se adivinó por sus obras, en este caso por la ausencia de ellas. El único desembolso importante que se hizo fue por Asenjo, pues Juanito, presentado como un fichaje estrella, llegó gratis y con la carta de libertad de un Betis que se había ido a Segunda. Lo demás fue una repesca (Jurado o Cléber Santana).

Ese oscurantismo en las cuentas ya tenía quemado al socio. Y todo estalló con la venta de Heitinga, no por el traspaso en sí, sino porque el aficionado pensaba que con ese dinero se traería a alguien interesante para alimentar la hambruna de fichajes. Pero ni Pitarch, ni Gil, ni Cerezo movieron ficha. Y todo se incendió hasta conformar esta quiebra, más profunda de lo que parece, entre la masa social y los dirigentes.

Las manifestaciones en el Calderón, las pancartas contra los directivos, los gritos y las continuas referencias a un dudoso pasado en la compra del club fueron balas que acabaron por salpicar de metralla al vestuario. Los jugadores, nerviosos, parecen idos y poco centrados. Así pues, a Abel sólo le queda una: rezar.