Tres de seis en el santuario azulgrana

JOSÉ CARLOS J. CARABIAS
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La primera final del Barça en la Copa de Europa se saldó con una derrota. Fue en 1961 y el Benfica fue el verdugo. Ganó el equipo portugués (3-2) en Berna en la final de los postes cuadrados. Cuatro veces se estrelló el conjunto español frente a la madera y, además, Ramallets se marcó un autogol y el defensa Germano Figueiredo sacó el balón de la raya en el último minuto. A partir de ese día, la FIFA decretó que los postes pasaron a ser cilíndricos.

La maldición culé prosiguió en Sevilla veinticinco años después. Y lo tenía todo a favor: un estadio lleno de azulgranas en Sevilla frente a la ridícula presencia de seguidores del Steaua y un rival menor. Pero, frente al poderío culé, apareció la figura de un portero -Duckadam, que amargó la fiesta. Después del 0-0 en 120 minutos, detuvo los cuatro penaltis de los barcelonistas (Alexanco, Pedraza, Pichi Alonso y Marcos). Schuster, sustituido, se fue entaxi.

La redención llegó seis años después en Londres, en el antiguo Wembley. Fue la coronación del mejor fútbol culé visto hasta esos días. El Dream Team de Cruyff se traduce en una imagen: el zapatazo de Koeman, minuto 111, y su carrera hacia el córner preso de la felicidad en la derrota del Sampdoria.

El tercer fiasco en una final fue el peor de todos. El Barça no existió en Atenas en 1994. La táctica del Milán instruido por Capello propició una noche perra para Zubizarreta, que encajó cuatro goles de todos los colores. Y ni Romario marcó uno para el Barça.

El penúltimo episodio se saldó con éxito para el Barça. Sufrió el grupo de Rijkaard, la quinta de Ronaldinho, para remontar el gol del hoy azulgrana Henry. Un futbolista de paso en el Barça -Belletti- materializó el gol del título.