En el Barcelona también lucirá su querido número 7 en la camiseta. Reuters

Saviola, «el conejo» de oro

BARCELONA. Janot Guil
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El fichaje de Saviola por el Barça ha causado una expectación en la Ciudad Condal sólo comparable con la llegada al Camp Nou de uno de los ídolos del flamante astro azulgrana, su compatriota Maradona, o de otra joven promesa como Ronaldo. «El Conejo», éste es su apodo, es el buque insignia de un Barça rejuvenecido.

Las insignes plumas de la literatura suramericana, que nunca han tenido reparos en buscar sus musas en el mundo del fútbol, deberían tomar nota de la historia de Javier Saviola, quien a sus 19 años ha protagonizado uno de los fichajes más sonados del fútbol internacional. El traspaso del ex jugador del River Plate ha seguido a rajatabla el guión plagado de tópicos al uso para fichajes de estrellas.

De momento, el punto cálido de su romance con la grada llegó en el Gamper. En su debut en el Camp Nou, Saviola salió, marcó, y puso el campo con los pelos de punta al dedicar el gol a su padre, Roberto «Cacho», fallecido dos semanas atrás. En el palco, su madre, no pudo resistirse al llanto tras el tanto de su hijo.

LA HISTORIA DE UN AMOR

En el punto de mira del Barça desde noviembre de 1999, Saviola aterrizó el pasado 20 de julio; en un momento idóneo para él y para su nuevo club. En su Argentina natal, acababa de proclamarse campeón del Mundo sub-20, y fue elegido el mejor jugador del torneo tras convertirse en su máximo anotador en toda la historia de esta categoría.

En el aeropuerto de El Prat le recibieron centenares de aficionados, y en su presentación hubo profusión de directivos henchidos de gozo y periodistas de toda Babel. No era para menos. Gaspart había hallado el bálsamo para las heridas abiertas que dejó su primera campaña al frente del club, por la que él mismo pidió perdón.

Antes que Javier pisara el Camp Nou, el club se había volcado en fichar jóvenes pero desconocidas promesas -Geovanni, Rochemback y Christanval-, que no lograban ahuyentar el pesimismo y el enfado enquistados en el ambiente barcelonista. Entonces, Gaspart se sacó al «Conejo» de su chistera, la misma semana que el Madrid ataba a Zidane.

Este argentino, emparentado con España por los orígenes extremeños de su familia materna, ha logrado encandilar a todos. En el campo, como ya se ha visto en la pretemporada, da fe de su máxima virtud: la definición. Su edad y físico humildes no son presagio de su poderío futbolístico y su madurez fuera del césped. «Vengo al Barça a aprender», dijo, mas es sabio en eso de marcar goles. Rápido, hábil y con un disparo fiable en ambas piernas. Desde la media punta o ya en la delantera, lacera las defensas más expertas. Dicen que es el jugador argentino con más proyección desde Maradona, con permiso de Pablo Aimar.

«PARA VOS, PAPI»

Desgraciadamente, una tragedia familiar ha ensombrecido la estancia de Saviola al Barça: la muerte de su padre, Roberto «Cacho» Saviola, quien tras dos años de agonía sucumbió a un cáncer en la víspera del encuentro Wisla-Barça.

Precisamente, la grave enfermedad de su progenitor fue una de las razones que alegó Javier en la carta que envió a los dirigentes del River para que accedieran a traspasarle. Quería traerse a su padre a España para que fuera tratado de su grave afección. También su madre, María, llamó al presidente del club bonaerense, David Pintado, para rogarle que dejaran marchar a su hijo en beneficio de su marido. Fatalmente, la muerte vino a llevarse al padre de Javier en una clínica de Buenos Aires cuando su traslado a Barcelona era inminente. A su lado estuvo Javier, hijo único, que había abandonado la concentración de pretemporada en Suiza para unírsele en su último dolor.

Con 19 años, Saviola ha quedado marcado por una pérdida insuperable que pondrá a prueba su madurez. El máximo valedor de su talento no pudo verle debutar en el Camp Nou, en el Gamper. Quizás «desde arriba» -como dijo Javier-, pudo otear una inscripción en la camiseta que mostró su hijo cuando marcó: «Para vos, papi», rezaba.

Roberto Saviola fue uno de los que enseguida vio que el destino de su hijo estaba ligado al fútbol. A la manida pregunta qué quieres ser de mayor Javier siempre respondió «futbolista», pese a que su físico endeble no invitaba al optimismo.

Saviola nació y creció en la calle de Dragones, en el barrio bonaerense de los Colegiales, no lejos del estadio del River Plate. De su infancia, recuerda a su ya desaparecida abuela materna española, Casiana, que recaló en Argentina tras emigrar de la población extremeña de Alia (Extremadura) después de la Guerra Civil.

Tras jugar en varios equipos del barrio, con nueve años le ficharon para el benjamín del River Plate. En el club de los «gallinas» fue donde creció como futbolista. Deslumbraba a los marcadores, escalaba categorías, estudiaba, y ejercía de recogepelotas del primer equipo.

Su gran día en el River llegó el 16 de octubre de 1998 cuando el técnico Ramón Díaz le hizo debutar con el primer equipo, ante el Gimnasia y Esgrima de Jujuy. Marcó un gol, firmó su primer autógrafo y de ahí camino al estrellato, a formar parte del equipo histórico en el que jugaba su ídolo -Ariel «El Burrito» Ortega- y en el que se encumbró otro de sus admirados, Enzo Francescoli. Ahí halló amigos como Aimar y colegas que le acompañarían en el Barça, como el meta Roberto Bonano. En los años siguientes sólo sumó éxitos. Elegido mejor jugador de América en 1999, ganó el torneo Apertura de ese mismo año y el de Clausura del año siguiente. En agosto de 2000 debutó con la selección absoluta y en el 2001 se ha proclamado campeón del Mundo sub 20.

Todo ha ido muy rápido en su vida, pero aún tiene muy presente el día de su debut con el gran River: «Ramón Díaz me mandó calentar. Al rato me llamó para el cambio y me dijo: «quiero que estés tranquilo, sos muy chico y acá las responsabilidades las tiene todos estos jugadores experimentados que ves ahí. Así que anda y muestra lo que sabes, porque yo y los jugadores te bancamos a muerte».

En aquella etapa nació su apodo de «El Conejo» -él prefiere el de «pibito»-. Se lo puso el portero Germán «El Mono» Burgos, admirado por su habilidad y rapidez. En el club bonaerense lució el dorsal número siete, su preferido, que ahora podrá seguir portando en el Barcelona.

El nombre del nuevo ídolo del Barça ya reluce en las camisetas de muchos «culés». Sus goles resumidos en vídeo ocupan estantes y su nombre está en boca de todos. Se esfuerza en integrarse en el equipo y en su nueva tierra, ayudado por su compañero en los desplazamientos del equipo, el canterano Xavi.

Tiene una discreta libreta donde apunta palabras en catalán. A buen seguro, anhela gritar el «Visca el Barça y visca Catalunya» en la famosa Plaza Sant Jaume que recibe a los ganadores.