Ronaldo, la mente en París, el cuerpo invisible en Pamplona

J. CARLOS CARABIAS/
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Lo que se había escapado a las previsiones de la novia era que El Sadar es algo así como el fortín de El Álamo para el Real Madrid. El peor escenario posible para un soltero que debe cuidar sus tibias el día antes del boda sin papeles. Allí se presentó Ronaldo en el nombre de Daniela Cicarelli, entre la bruma hostil del viento, la lluvia y, sobre todo, la histórica animadversión que en Pamplona sienten hacia el Real Madrid. La mente en el «sí quiero» o lo que sea de Chantilly y el cuerpo invisible en la capital navarra. El brasileño adelantó unas horas su viaje. En Pamplona, sin gol que llevarse a la boca, fue inodoro, incoloro e incorpóreo.

Por aquello de no perder la costumbre, Ronaldo tardó diez minutos de cada periodo en tocar el balón. Y cuando intentó algo más, le arrastró por el fango la furia rojilla. El grito de Daniela se escuchó en París cuando Patxi Puñal atizó el tobillo de su prometido y las asistencias le echaron una manta a la espalda. También su suspiro de alivio cuando regresó al campo calzando sus botas doradas.

Lo mejor de la noche, debió pensar Daniela, es que la cámara y el balón nunca iban donde estaba su novio. Un par de veces, Beckham y Zidane le obligaron a brincar a por centros imposibles. Pasaba el cuero y Ronaldo desaparecía, invisible entre la lluvia.

La segunda parte no comprometió la boda. Ronaldo siguió en las mismas. Lejos de Raúl, el que más luchaba. Lejos del gol, al que sólo se acercó una vez, en un tiro de larga distancia que atajó Sanzol. Disgustado iba a estar el contrayente, porque el Madrid perdía. Pero Luxemburgo tiene una flor. Marcó Owen. Y tres minutos después, Helguera. Ronaldo corrió como un poseso para felicitar a pares. Hoy le toca a él, 20:30, en el castillo de Chantilly. Paga el avión privado a sus compañeros, y casi todos, a otra fiesta de Ronaldo.