Pogba, última víctima del racismo que habitualmente se propaga a través de las redes
Pogba, última víctima del racismo que habitualmente se propaga a través de las redes - ZUMA
Reportaje

Las redes sociales, un mercado de odio al alcance de la mano

El uso de las redes como medio de presión contra deportistas aviva el debate sobre su conveniencia en la élite

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Una vez ganado terreno en la hedionda batalla contra el racismo que desde hace demasiado tiempo se libra en los campos de fútbol, el principal foco desde el que se vierte basura se ha desplazado hacia ese lodazal que para algunas cosas es internet. Las redes sociales, ventana a la que irremediablemente se asoman a diario los miembros de esta sociedad hiperconectada, prestan a los energúmenos una vía de contacto con los deportistas tan directa como la distancia que separe el teléfono de su vista.

Paul Pogba, centrocampista del Manchester United, es el último ejemplo de lo que a estas alturas nunca debería ser noticia: un aluvión de xenofobia después de fallar el penalti que pudo dar la victoria a los suyos en el empate frente al Wolverhampton del lunes pasado. No es un caso aislado. La misma jornada, el jugador del Reading Yakou Meite sufrió algo similar tras errar una pena máxima. Tommy Abraham, canterano del Chelsea, no se libró de su ración de insultos por no meter el penalti decisivo en la tanda final de la Supercopa de Europa.

«A nivel de rendimiento, las redes pueden hacer que leas opiniones que no te ayuden a hacer un análisis objetivo e incluso favorezcan pensamientos negativos», cuenta Javier Soriano, psicólogo deportivo de la Federación de Fútbol de Madrid, ocho años trabajando en la cantera del Real Madrid. Además, reconoce que internet es un pozo adictivo al que los jóvenes caen con mayor facilidad, pues sobre él tienen un trampolín mediante el cual asaltar la fama.

Pero cuando se habla de redes sociales, el cajón del racismo no es el único en el que se guardan cuchillos. Sin ir más lejos, en ocasiones están en las propias manos de los deportistas, no siempre conscientes de la repercusión que encierra un mensaje en apariencia inocuo. Que se lo digan a Junior Firpo, último fichaje del Barcelona, en cuya cuenta de Twitter figuraban publicaciones deseando la muerte a Messi. «En este tipo de casos, solo puede hacerse una cosa: pedir perdón públicamente reconociendo la falta de madurez que tenía», incide Soriano.

El empeño de los deportistas por seguir exponiéndose se explica a partir de testimonios como el de Gonzalo Jiménez, director de comunicación en Above Sport, agencia que gestiona las cuentas de multitud de futbolistas de la Liga. «Muchos deportistas tienen más repercusión por lo que hacen en sus redes que en la realidad», sintetiza, al tiempo que presta un ejemplo diáfano: Cristiano Ronaldo se embolsa en torno a medio millón de euros por cada publicación. Cuando se sientan con el deportista, tratan de «crear una marca», evitando temas conflictivos como la política. «Igual no conviene publicar demasiadas fotos de vacaciones porque luego, como jueguen mal, se les vuelve en contra. Es un problema porque a veces tienen acuerdos comerciales que pueden ir en su contra», explica.

Mensajes peligrosos

Tampoco invitan a la moderación mensajes como los de Arturo Vidal el curso pasado. Cuando no jugaba lo que le gustaría y su relación con Valverde era tirante, hizo referencias a Judas y publicó emoticonos furiosos, casi siempre llevado por el impulso, pues lo normal era que al rato lo borrase. A Julen Lopetegui, cuando llevaba un suspiro en el Madrid, le hicieron eliminar su Twitter después de retuitear un mensaje en el que se criticaban las numerosas preguntas sobre Cristiano de la prensa.

«Quienes se aprovechan de las redes para aumentar su popularidad deben saber que el riesgo de que se vuelvan en su contra es alto», interviene Soriano. A su juicio, la solución pasa, como tantas otras veces, por la educación.

Para cerrar, Jiménez recupera un caso mediático de hace dos años que abre un debate interesante. Varias jugadoras del Atlético subieron a sus perfiles una foto celebrando una Champions del Madrid. Tanto las nada amables reprimendas como el eco del caso se reprodujeron como hormigas. Tener claro dónde empieza y dónde acaba la vida privada de los deportistas, que son quien terminan como víctimas en este embrollo, sería un buen primer paso para normalizar la convivencia en este mercado del odio llamado internet.