Historias del Mundial

Moacir, «el apestado», murió olvidado y repudiado

Es uno de los mejores porteros de la historia de Brasil, pero se le culpó del gol de Ghiggia en el «Maracanazo» de 1950 y sufrió un maltrato eterno

Actualizado:

Murió maltratado socialmente, como un repudiado. A su entierro no acudió ni un futbolista, ni un entrenador, ni un dirigente del fútbol brasileño. Mala educación y olvido vergonzoso. Se llamaba Moacir Barbosa, es uno de los mejores guardametas de la historia de Brasil y el error de su vida, que le costó esa misma vida de sufrimiento, fue recibir el 1-2 marcado por Ghiggia en el «Maracanazo» de 1950, que le costó el Mundial a los brasileños en su tierra, para gloria de Uruguay, eterno enemigo. Un día antes de la final del Mundial de Brasil 1950, Moacir Barbosa era un hombre muy querido en su país. Al día siguiente de la final, era fusilado por la prensa y toda la nación como el culpable. Había que buscar uno y fue él.

A su entierro no acudieron ni jugadores, ni entrenadores, ni dirigentes, fue una vergüenza. «La segunda muerte de Moacir Barbosa», tituló la prensa brasileña al día siguiente de su fallecimiento

Es cierto que en el gol es engañado por el magnífico Ghiggia en el minuto 79 de la final. Amaga un centro y lo que hace es sorprender con un disparo a puerta. Moacir reacciona y toca el balón con los dedos, pero el balón entra. Nadie critica sin embargo a la delantera, que solo marcó un gol ante 190.000 seguidores y no supo rematar el partido.

La vida de Barbosa cambió en unas horas. le odiaban. No pudo dormir bien el resto de su vida. Fue también su muerte futbolística. «Llegué a tocar la pelota y creí que la había desviado a córner, pero escuché el silencio del estadio y me tuve que armar de valor para mirar hacia atrás», rememoraba Moacir. «Cuando me di cuenta de que la pelota estaba dentro del arco, un frío paralizante recorrió todo mi cuerpo y sentí de inmediato la mirada de todo el estadio sobre mí». Lo sintió para siempre. A partir de ese día la vida no fue la misma para Moacir. En la calle, en los bares, la gente se alejaba de él y escuchaba comentarios hirientes: «Mira hijo, este hombre fue quien hizo llorar a todo brasil». escuchó decir a una madre ante su hijo en un mercado. Sucedió en 1970. Así fue toda la vida. Se escondió para el mundo, anduvo de incógnito, pero a veces ea reconocido.

Cuando Maracaná renovó sus porterías, Moacir se llevó los postes de la portería del 1-2 y los quemó. Sirvieron de mecha para el clásico asado brasileño. Invitó a sus amigos en el barrio Ramos, en Leopoldina, al norte de Río de Janeiro.

«En Brasil la pena máxima por matar a alguien es de 30 años de cárcel, yo llevo cincuenta años condenado a muerte por un crimen que no cometí», adujo Moacir poco antes de morir en el año 2.000, ayudado solamente en su vida por los amigos

Moacir murió el 7 de abril del año 2000. La prensa tituló: «La segunda muerte de Barbosa». Poco antes de morir, el acusado expuso: «En Brasil la pena mayor por matar a alguien es de treinta años de cárcel. Hace casi cincuenta años que yo pago por un crimen que no cometí, y sigo encarcelado. La gente todavía dice que soy el culpable».

Moacir pagó también el hecho de ser negro: «En las peluquerías de Río de Janeiro no me atendían por mi raza, eso nos pasaba a mucho negro»

Y eso que aquella final iba bien encaminada para Brasil, que solo necesitaba el empate. Friaça adelantó a Brasil ya en la segunda parte. Pero Schiaffino logró la igualada, y a once minutos del final del partido llegaría el histórico tanto de Ghiggia. Barbosa había realizado un gran Mundial. Ya había sido nombrado mejor portero del Mundial. Antes había conquistado cuatro campeonatos cariocas, un campeonato sudamericano de campeones, todos con Vasco de Gama, más una Copa América con la selección brasileña.

Muchos dicen que le condenaron por ser el portero, la víctima fácil, y también por ser negro. Moacir decía: «En muchas peluquerías de río de Janeiro no me querían atender por mi raza y eso le pasaba también a otros muchos negros». Moacir era el primer cancerbero negro de la historia de la selección.

Tras el 1-7 de Alemania a Brasil en 2014, hablaron los entrenadores y jugadores: «Todos somos culpables, que nadie señale a uno solo, y menos al portero, ya tuvimos a Moacir, que lo pagó muy caro»

El guardameta nunca regresó a la selección. Continuó con los títulos bajo la portería del Vasco de Gama, pero nadie quería verle con el equipo nacional. Era un apestado. En los bares le atacaban: «Si no hubiera aprendido a contenerme cada vez que la gente me reprochaba lo del gol, habría terminado en la cárcel o en el cementerio hace mucho tiempo. Me decían que era muy gentil para sobrevivir en un mundo áspero como es el del fútbol, pero yo estoy contento de nunca haber hecho daño a nadie, ni en el campo de fútbol ni fuera. Ha sido el fútbol el que me ha hecho daño a mí».

El vergonzante Mario Zagallo, seleccionador brasileño en el Mundial 1994, le impidió entrar a un entrenamiento cuando Moacir quiso saludar a los jugadores; llamó a las fuerzas de seguridad para echarle

Trabajó durante años en los despachos del estadio que le condenó. Aquellos postes que quemó se los ofrecieron. En 1993 vivió otro desprecio grave. La selección brasileña se encontraba concentrada para preparar el Mundial de Estados Unidos y se acercó al lugar de la concentración para desear suerte a sus jugadores. Zagallo, el seleccionador, no le dejó ni verlos. Le echó de inmediato y de mala manera, solicitando a los guardias de seguridad que nunca más le dejaran entrar.

Murió el 7 de abril del 2000, a los 79 años. Moacir Barbosa murió sólo y pobre. A su entierro asistieron familiares y amigos. Ningún futbolista. Ni entrenador. Ni dirigente. En 2014, alemania goleó 1-7 a Brasil. y entonces, muchos hablaron. «Todos somos culpables, que nadie culpe a uno, y menos al portero. Ya aprendimos lo que le sucedió a Moacir, lo pagó muy caro».