El Milán, campeón de la Copa de Europa en los penaltis

MANCHESTER. ENRIQUE ORTEGO, ENVIADO ESPECIAL
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El Real Madrid se merecía otro sucesor. Juventus y Milán tuvieron que resolver el campeón en la lotería de los penaltis y casi pasan a la historia por ser los que menos acertaron desde el punto fatídico. El Juventus falló tres; el Milán, dos, y el postrero lanzamiento de Shevchenko dio el título a los milanistas, sin duda quienes más se lo merecieron a lo largo del partido. Fueron incapaces de marcar un gol en 120 minutos de juego porque la verdad es que lo intentaron a su manera, con el freno de mano siempre echado. Casi fue en la prórroga, más que en los 90 minutos reglamentarios, cuando más lo buscaron, pero sin la claridad de ideas que se requiere cuando llegan las grandes ocasiones.

Por mucho que quieran, por mucho que fuera una final de la «Champions», por mucho que sean los mejores de su país con un palmarés y una historia excelentes, por mucho que se hayan ganado con sangre, sudor y lágrimas su presencia en Old Trafford, por mucho que toda la Europa futbolística estuviera pendiente de ellos, de su reivindicación en forma de revancha en la fiesta por excelencia del balompié continental... eran dos equipos italianos y ejercieron de ello hasta su último suspiro.

Ocho centrales

Morirán así. Juventus y Milán no podían afrontar ni disputar el partido de otra forma. Es su manera de entender el fútbol. Guste más o guste menos, pero es lo que hay. Lo primero es mantener el orden, la organización táctica, asegurarse el cero en su portería. Lo demás es aleatorio, dependerá ya de la calidad individual de los jugadores... y del primero que se equivoque una vez.

Bien es cierto que el Milán tiene hoy por hoy bastante más que el Juventus y por eso arriesgó -es un decir- cien gramos más. Sólo la emoción y el resultado mantuvieron viva una final espesa y pastosa como pocas. Un encuentro cargado de interrupciones, de demostraciones de músculo, de fuerza, de carácter y oficio futbolístico. Pero un partido de esos de táctica aguda, jugado más en la cabeza de los entrenadores que en las piernas de los jugadores. Ocasiones contadas con los dedos de una mano, con más trabajo para Buffon que para Dida; acciones brillantes, la mitad de media docena.

Es curioso cómo montaron sus equipos los dos técnicos. Cuatro centrales teóricos en cada defensa. El arte de alargar la línea a todo lo ancho. De cerrar huecos. Los centrales, aunque reconvertidos en laterales, tienen menos tentaciones ofensivas, entre otras razones porque si juegan ahí es para no burlar la táctica preconcebida. Thuram y Montero -después Birindelli, que ya sí es un lateral específico- se salieron del guión lo justo, por no decir nada. Costacurta y Kaladze por el estilo, aunque el georgiano lo intentara incluso con un remate a puerta al final de la primera parte.

Parapetados en esos cuatro centrales, Juve y Milán expusieros sus armas. Más toque, más circulación de balón para los milanistas. Obvio. Tienen mejores jugadores en el medio campo. Lippi no quería sorpresas. A la contra descarada y con un hombre menos, porque Camoranesi no se enteró de nada hasta que en el descanso tuvo su castigo. Casi siempre ocho hombres por detrás del balón. Pudo abrirse la final muy pronto, pero el juez de línea indicó al árbitro que Rui Costa estaba adelantado cuando Shevchenko superó a Buffon. Lo estaba, pero posiblemente no desviaba la atención del portero. Lo anuló como lo podía haber dado por bueno y entonces, casi seguro, se hubiera visto otra final.

Ligera mejoría

Pero como se mantenía el empate, los dos continuaron a lo suyo. Más iniciativa milanista y control juventino. Buffon demostró su categoría con un paradón a cabezazo de Inzaghi, mientras Dida no tuvo que intervenir hasta el minuto 43, en un remate de Del Piero. A pesar del 0-0, algo no le gustaba a Lippi de su equipo porque antes del descanso ya mandó calentar a... otro defensa, Birindelli. Y en cuanto uno de los de atrás tuvo algún problema físico (Tudor) lo sustituyó y recompuso su defensa de forma más lógica. Aún en el descanso dio otra vuelta de tuerca, Conte por el inexistente Camoranesi.

Y mejoró -tampoco mucho- su rendimiento colectivo el equipo «bianconero». Adelantó las líneas y ganó metros. También es verdad que Seedorf, Rui Costa y, sobre todo, Pirlo fueron perdiendo aire y con menos oxígeno en sus pulmones perdieron también la posesión del balón. Lo debió ver mucho mejor Lippi, que con veinticinco minutos por delante volvió a reajustar líneas. Esta vez un delantero por un centrocampista. Zalayeta por Davids. Pasó a jugar con tres volantes centrales (Conte-Tacchinardi-Zambrotta), un media punta, Del Piero y dos delanteros (Zalayeta y Trezeguet). La respuesta de Ancelotti tardó cinco minutos: Serginho por el agotado Pirlo. El brasileño pasó a la banda izquierda y Gattusso pasó a ser el eje del equipo, con todo lo que ello lleva consigo, aunque Seedorf le echó las dos piernas y la cabeza. Tacticismo en estado puro y hasta las últimas consecuencias. Curiosamente, con más delanteros el Juventus atacó menos. Nada hasta que llegó la prórroga.