MIEDO

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Rompo con una tradición, lo que no es malo ni bueno, y me sirvo un whisky con dos cubitos de hielo a las seis menos diez para ver el España-Grecia. Los expertos aseguran que el whisky no debe tomarse nunca antes de que se ponga el sol, a poder ser antes de que decline el astro rey frente al bauprés, que es ese palo grueso que está en la proa de los barcos y que sirve para orientar los foques. Pero, ya digo, esta calurosa tarde quiero ver el partido con el agua de fuego -así lo llamaban los indios de mis tebeos infantiles- muy cerca de mí y de la máquina de escribir. Por cierto, y no se trata de convertir mi Olympia Monica en un personaje heroico -como ha hecho Paul Auster-, pero me tiene preocupado. Las eses, las efes y las eñes -que es peor-, apenas marcan, y las eles, así, así, lo que significa que una vez aporreado el articulín, tengo que repasar con el bolígrafo esas letras para que no salgan erratas. No, no es problema de cinta. La cinta está nueva. Que esa es otra. Encontrar cintas para la máquina se ha convertido en una aventura. Yo las compro por la calle Hortaleza, pero pidiéndolas con mucha anticipación. Una buena parte del éxito de las columnas que mi hermano Manolo Alcántara escribe en su Olivetti roja, se debe a mis envíos trimestrales de cintas al Rincón de la Victoria. ¿Por qué no llevo a arreglar la máquina? Por si me dicen que no tiene arreglo. Llevo conviviendo con mi Olympia exactamente treinta y cinco años. Fue un regalo de mi padre. Antes tenía una portátil casi de juguete, como de plástico, con un teclado sólo de mayúsculas. Mi Olympia, entre otras hazañas, aguantó todo el Mundial de Estados Unidos. Fue la única máquina de escribir que se vio en las salas de prensa de Dallas, Chicago, Detroit o Pasadena. Cada vez que me ponía a escribir la crónica para ABC, terminado el partido, me rodeaban docenas de periodistas y me observaban tan llenos de asombro como si estuviera plantando mijo a dedo. Y aquí, una vez más debo dar las gracias a Michel (todavía en activo, aunque ya comentaba para TVE), que cargó con mi armatoste por toda América. Ahí nació nuestra indestructible amistad.

Bueno, que esto empieza....

... Y no ha terminado como nos habría gustado. Un encuentro espeso y trabado de esos a los que nos tiene acostumbrados nuestra selección. Es curioso, pero ya desde el inicio, España sale con nervios, mejor dicho, con ansiedad. Precipitada. Llevo unos días insinuando, y no quisiera ser un tipo pesado, que nos falta un constructor, un creador de juego, uno de esos «cerebros», «faros» o como quieran llamarle. Albelda, el mejor hoy y el mejor contra los rusos, es un magnífico «tapón», un destructor y, a veces, el que saca la pelota desde atrás. Un Zoco, para entendernos. Pero lo que necesitamos, acompañando a Albelda, es un Luis Suárez, llámese Xabi Alonso, llámese Xavi (entre los que están convocados), o hacer algún invento del tipo de retrasar a Valerón quince metros. Los griegos, en el primer tiempo, han llenado el centro del campo con cinco y seis jugadores. Daba la impresión de que su seleccionador había recuperado el viejo Central-System de Martin Francisco. Eso nos llevaba, claro, a una pelea fea y aburrida. España lo intentó más, aunque sin llegada. El gol de Morientes, estupendo (vino precedido de un error griego), además de darnos la ventaja, tuvo que servirnos para que tomáramos el mando definitivamente. Y no fue así. Nos ocurrió lo mismo que el pasado domingo ante Rusia. Una especie de tensión, de inquietud, de desasosiego, se adueñó de todo el grupo, que -y es preciso insistir en ello-, se entrega hasta el límite.

Me llama en el descanso Paco Cervantes, desde Sevilla, y le señalo mi temor. Tampoco él las tiene todas consigo. «Joaquín», me dice. Y tenía razón. En un día que, una vez más, Echeberría tenía su banda de adorno y Baraja no acababa de coger sitio, Joaquín parecía la mejor solución. Y lo fue. Todo el peligro les llegó a los griegos desde la posición y el descaro del extremo bético. Lo malo fue que también salió Tsiartas, que templó, relajó y armó a su selección. Suyo fue el extraordinario pase que nos trajo el empate. A partir de ahí, el partido se convirtió en el República Checa-Letonia del martes, un frontón, un toma y toma. Pero mientras intuías que los checos terminarían marcando el 2-1, esta también calurosa tarde, ay, una nube de pesimismo iba apoderándose de nosotros. Y, con todos mis respetos a Iñaki Sáez, Torres tuvo que salir nada más empatar los herederos de Menelao, y jamás para sustituir a Raúl sino a un defensor.

El domingo, en lugar de whisky, tila. La tila y los nervios es una mezcla tan buena como el verano y ser niño. Y termino sin repasar con el bolígrafo las letras de mi máquina que no marcan, a las que, según veo, se les ha añadido las uves -no de victoria, precisamente-, porque no llego a la primera edición. Miedo, con nuestra querida selección reconozco que paso miedo.