El mago de Santpedor

POR ENRIQUE YUNTA
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Su cabeza evidencia un cúmulo de trabajo impagable. Pep Guardiola (Santpedor, 18 de enero de 1971) ha perdido pelo desde que se presentara a mediados de junio de 2008. Ni siquiera un año en el cargo y ya hay quien comenta que no aguantará mucho en él, hastiado de la tensión que exige un banquillo como el del Camp Nou. Sea como fuere, desde ayer puede presumir de conquistar una Copa y una Liga en su primer curso como profesional, despejando cualquier duda que planeaba por entonces en el entorno.

El de Guardiola supone el triunfo de la convicción, el triunfo de un estilo que ha mantenido a rajatabla desde que diera el triple salto del filial al primer equipo. Sólo le avalaba una temporada en Tercera con ascenso incluido. «No tiene experiencia», vociferaban unos. «Es como darle un Ferrari a un tipo que lleva la «L» de novato», se lamentaban otros. Error. «Guardiola es entrenador desde hace muchos años, ya cuando jugaba mandaba más que nadie», le defienden sus amigos.

Ya que tenía un Ferrari, no ha desaprovechado la oportunidad de colocarlo en lo más alto. Después de un campeonato simplemente estelar, al Barcelona le sobran dos jornadas y ya se puede esmerar en la conquista de la triple corona, una gesta jamás lograda en los 110 años de la historia del club catalán.

Descartes sonados

«Ni Ronaldinho, ni Deco, ni Eto´o. No entran en mis planes ahora mismo», escupió en su puesta de largo, que ya sólo por la atracción mediática hacía presagiar que iba a ser el año del Barça. Valiente en su apuesta, Guardiola eliminó las toxinas del viciado vestuario azulgrana y sólo se quedó con el camerunés después de una charla cómplice ante la falta de ofertas suculentas para la entidad. Con Ronaldinho y Deco se fueron los malos modos y, añadiendo cinco nuevas piezas a la máquina -Cáceres, Piqué, Alves, Hleb y Keita- a cambio de unos 85 millones, empezó a fabricar su obra maestra.

Con Pep llegaron los cambios. Laporta tanteó a Mourinho -Txiki Beguiristain y Marc Ingla apostaban por Guardiola- y pidió consejo a Cruyff, el gurú holandés cuyo ascendente sobre el mandamás es absoluto. «Guardiola está preparado», le dijo. Y así lo ha demostrado. Invirtió las tendencias que se adoptaron con el complaciente Rijkaard y antepuso la disciplina por encima de todo. Se acabaron las mañanas en el gimnasio, los actos publicitarios en horario laboral y el vivir la vida en rosa. «Se cuidan mucho los detalles. Es un hecho diferencial de lo que se vivía en la anterior etapa», dice Laporta.

Para empezar, los días con Pep empiezan antes. Los futbolistas del Barcelona están citados sobre las 8.30 en el estadio para compartir desayuno en familia. Un avanzado equipo de fisiología aplicada al deporte de máximo nivel se encarga de supervisar la alimentación, pues hasta entonces había cierta permisividad con los alimentos. Cereales, fruta o tostadas, suprimiendo la bollería industrial.

Las sesiones de trabajo también han cambiado. Duran más o menos lo mismo, quizás un poco más de hora y media, pero se realizan a puerta cerrada salvo el primer cuarto de hora, tiempo para que las cámaras graben recursos. El rondo, eso no cambia, es imprescindible.

Acaba el trabajo y toca, como en el desayuno, comer en grupo. Ensaladas, pasta, arroz, pollo... Comida sana y libre de grasas para mantener la figura. Pero antes de sentarse en la mesa, toca el «otro» entrenamiento, en donde los preparadores y los fisioterapeutas meten mano en los músculos de los jugadores para ahorrarse males mayores. Es obligatorio meterse en piletas con agua casi helada -unos 12 grados-, una rutina que desespera a algún miembro de la plantilla. No se escaquea nadie.

Es el estilo Guardiola, que contempla otras normas. Está prohibido apostar, hay que controlar los excesos nocturnos y las concentraciones, cuando se juega en casa, son en los domicilios particulares. Les exige, pero les permite. Sólo así se entiende la complicidad entre técnico y equipo.