Raúl fue el héroe del encuentro ante Austria con cuatro goles, uno de ellos en la imagen ante la salida de WohlfahrtMiguel Berrocal

Historia de la noche más hermosa

VALENCIA. Julián Ávila
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Mestalla, 27 de marzo de 1999. La selección disputa, ante Austria, el tercer encuentro del Grupo VI de clasificación para el Europeo de Holanda y Bélgica. Un momento delicado. En el primero había perdido ante Chipre (2-1) -lo que le costó el puesto a Javier Clemente- y en el segundo se ganó, con apuros, a Israel (1-2), estreno de José Antonio Camacho en el banquillo nacional. Austria era, a priori, el rival con el que luchar por la primera plaza del grupo. Y había expectación en torno a la cita porque era la presentación del Camacho en España en competición oficial y porque la revolución del técnico -con él habían debutado Toni, Marcelino, Helguera, Valerón, Dani y Sánchez- quedó plasmada en un buen amistoso ante Italia en tierras trasalpinas (2-2).

Camacho alineó a Cañizares; Míchel Salgado, Hierro, Marcelino, Sergi; Etxeberría, Guardiola, Fran; Raúl y Urzaiz. La consigna del seleccionador fue sencilla: «Quiero que juguéis como sabéis. Sin prisa, tocando el balón lo más rápido posible al compañero mejor colocado. Y arriba, hay que pegar fuerte».

Salió España en tromba, con ansiedad y muy arropada por el público. Desde el principio el encuentro discurrió en agresivas oledas hacia la meta de Wohlfahrt. A los 17 minutos Raúl ya había puesto un 2-0. Urzaiz, a la media hora, anotó el tercero. La grada y el banquillo disfrutaban, mientras Austria se tambaleaba. Hierro continuó con el correctivo y cinco minutos más tarde firmó, de penalti, el 4-0. Su compañero en el centro de la zaga, Marcelino, no se lo creía: «Estábamos relajados, como en una nube. Cañizares daba carreritas para no quedarse frío porque no se acercaban a nuestra área. Actuábamos como un vendaval. Los defensas no teníamos trabajo; éramos espectadores de la obra que estábamos fabricando». La primera parte bajó el telón con otro tanto de Urzaiz, 5-0. Según Etxeberría, «nos estábamos divirtiendo tanto que no queríamos que acabase. Fue tal el regusto que he visto varias veces el partido en vídeo y me canso de hacerlo».

En el descanso Camacho pidió a sus jugadores que no levantasen el pie. Mientras, en la grada, el murmullo de los aficionados delataba su ilusión. En la tribuna estaban los jugadores de la selección sub 21, que el día anterior habían ganado 4-0 a Austria. Iker Casillas, Xavi -éstos se marchaban al día siguiente al Mundial sub 20 de Nigeria- y Albelda no paraban de intercambiar impresiones y alucinaban con el trabajo de los mayores: «¡Qué golazos! Nos está saliendo todo, la estrategia, los pases, las paredes, los centros son medidos... Hemos llegado en seis ocasiones y hemos convertido cinco... ¡Qué pasada! ¡Qué divertido!».

Todos pensaron que tras el descanso el partido caminaría con un ritmo más relajado. Pero no, la selección se había gustado a sí misma y aceleró. El sexto, de Raúl; y el séptimo. El octavo lo firmó un defensa en propia meta y redondeó el partido Fran. Mestalla estaba en pie, mientras Camacho seguía dando instrucciones. Raúl estaba embriagado, como Guardiola, como el resto, como el público, como tada la afición.

Diego Tristán lo vio con sus amigos en un bar: «Fue brutal, espectacular. Recuerdo que me veía jugando algún día un partido así con la selección. Era soñar despierto y lo sabía. Mis amiguetes me animaban a que algún día me ocurriría esto». Raúl, el gran triunfador, tiene una espina clavada: «A pesar de que marqué cuatro goles no me quedé con el balón. Fue un partido irrepetible y el de hoy será muy distinto».

Cientos de personas se agolparon a las puertas del estadio casi una hora para corear los nombres de los jugadores y del seleccionador. Pero Camacho sólo recuerda que «el equipo jugó muy bien y ganó 9-0». Fue la tercera mayor goleada de la selección en su historia. Y fue en Mestalla, el 27 de marzo de 1999.