Sandro Rosell con sus abigados a la salida de la Audiencia Nacional
Sandro Rosell con sus abigados a la salida de la Audiencia Nacional - EFE
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El gran olvidado en el drama de Sandro Rosell

Su socio Joan Besolí también estuvo encarcelado y no le dejaron visitar a su hijo, que se había quedado parapléjico tras un accidente

BarcelonaActualizado:

La noticia de la absolución de Sandro Rosell, al igual que sucedió cuando le detuvieron el pasado 25 de mayo de 2017 acusado de blanqueo de capital y pertenencia a organización criminal, ha copado las portadas de la prensa y muchos minutos de radio y televisión. Pero poco o casi nada se ha hablado del resto de acusados que también han visto como la justicia les liberaba de las acusaciones. Entre ellos destaca Joan Besolí, el único, junto al expresidente del Barcelona, que fue encarcelado y que esconde una historia trágica digna de ser conocida por las penurias que ha tenido que sufrir durante los 643 días de prisión preventiva en los que ha estado.

El gestor andorrano y socio de Sandro Rosell también fue detenido el pasado 25 de mayo acusado de los mismos cargos. Le pedían diez años de prisión y, al igual que sucediera con Rosell, le denegaron hasta en 13 ocasiones la libertad provisional. Su abogado defensor, Andrés Maluenda, del mismo despacho que Pau Molins, letrado del exmandatario azulgrana, se hacía cruces de la poca humanidad que rodeaba al caso específico de Besolí. Y es que pocos días antes de su detención, el empresario andorrano sufría un duro golpe: su hijo Genís sufría un gravísimo accidente laboral. A sus 30 años, el hijo de Besolí había quedado postrado en una silla de ruedas. Trasladado al departamento de neurocirugía del Hospital de la Vall d'Hebron, permaneció sedado mientras los médicos trataban de salvar su médula espinal. Con el diagnóstico definitivo aún por llegar, Besolí fue detenido y trasladado a Soto del Real.

Estando en prisión, en una celda que compartía con Rosell, se enteró de lo que sucedía. Una de sus abogadas le comunicó a través de la ventada que separa a los encarcelados de las vistas que finalmente los médicos no habían podido hacer nada para salvar la movilidad de su hijo. La médula estaba rota a la altura de las últimas vértebras, lo que le condenaba el resto de sus días a vivir en un silla de ruedas. Con el corazón encogido solicitó diversos permisos para poder visitar a su hijo en el hospital pero todos ellos le fueron denegados. Besolí, que imploraba humanidad por parte de los jueces y fiscales, ha pasado de esta manera los 21 meses de prisión preventiva, en la que pudo estrechar aún más sus lazos con Rosell, que fue su único apoyo tanto en Soto del Real como en Brians 2.

De hecho, el abogado de Rosell, Pau Molins, ha denunciado la falta de sensibilidad de la juez de instrucción que les encarceló, Carmen Lamela, cuando le solicitaron el permiso para que Besolí pudiera visitar a su hijo. Precisamente la situación física y médica de Genís era uno de los argumentos para solicitar la prisión provisional y eliminar el riesgo de fuga de Besolí, que tenía al hijo ingresado en el Instituto Guttmann. «No haga teatro, no vaya por aquí», explica que le respondió Lamela. «La juez Lamela ha tenido el premio por esta impecable instrucción y ahora está en la sala segunda del Tribunal Supremo. Será difícil juzgarla pero me conformo con que los medios de comunicación y la sociedad puedan valorar lo sucedido», ironizó Molins en Rac-1.

«Tras estos casi dos años de injusta prisión preventiva, quiero pasar página, mirar para adelante, aunque lo más duro es pensar que estas cosas puedan pasar», explica Besolí en El Taquígrafo. «Estos dos años de la cárcel han sido durísimos. Sólo el apoyo de nuestras familias y el trabajo incansable de nuestros abogados nos mantenía fuerte el ánimo. Gracias a Sandro me he podido mantener en pie. Nunca le agradeceré lo suficiente su apoyo y afecto», añade el empresario andorrano. «Me he vuelto una persona aun más sensible. Tengo las emociones a flor de piel, pero eso no evita que piense que, el trance por el que hemos pasado es de una enorme gravedad porque no es una novela, es la realidad… una realidad que le puede pasar a cualquiera», lamenta.