Alessandro del Piero realizó un gran partido y llevó en volandas a su equipo, sobre todo en la primera mitad. AFP

El galáctico fue Del Piero

El capitán italiano se merendó a la defensa del Madrid en la primera parte. Creativo y pertinaz, le dio un gol a Trezeguet y fabricó otro frente a la cintura de Hierro. En su regreso, Raúl dejó el sello en el pase del gol de Zidane y en el cabezazo final que se marchó fuera

JOSÉ CARLOS CARABIAS
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MADRID. Los dos lucían su aire de iconos modernos a cada flanco del suizo Urs Meier. Del Piero, con gesto responsable, de buen chico, su brazalete de capitán, el pelo alborotado y una espesa barba de cuatro días. Raúl, al rebufo de su inseparable Hierro, capitán y jefe, tanto monta. Estirando el cuello más que nadie, parecía invocar al cielo. Buscaba fuerzas Raúl, un suplemento extra para las tres semanas de convaleciente. Antes de comenzar el partido, dio la impresión de estar más concentrado que nadie. Después, de estar más triste que ninguno.

Ayer el galáctico fue Alessandro Del Piero. Ya presentía algo hace dos lunes, cuando en el Bernabéu alguien le preguntó si se sentía uno de ellos, un galáctico más. El italiano esbozó una sonrisa cómplice, esgrimió una respuesta diplomática y se quedó con la idea. Ayer demostró que pertenece a esa clase de futbolistas incatalogables. Le perteneció el partido y la cuota de protagonismo que no alcanzaron las estrellas del Madrid.

El capitán del Juventus le dio en el hocico a todos aquellos militantes de la peña Magath, que en Italia son legión. Como antimadridistas en España. Magath le arruinó la final de la Copa de Europa 1983 al Juventus con un golazo desde fuera del área. Ayer, mientras Lippi tiraba de habano y Raúl intentaba encontrar su sitio -empezó como segundo delantero, se cambió con Guti y terminó en su plaza original con la entrada de Ronaldo-, Del Piero dictó un recital.

Anticipó la idea

Antes del minuto doce, ya había borrado el cuádriceps de Helguera en un zapatazo. En el gol de Trezeguet, se anticipó en la idea a Salgado. Adivinó el destino del centro de Nedved, tomó carrerilla, voló por encima del lateral y Trezeguet largó el gol. Entre tanto, Raúl recogía arañazos. Su primera intervención en el partido fue un agrio gasto de energías para repeler verbalmente un grosero manotazo de Tudor. Pero de juego, muy poco, a pesar de su empeño por arrimarse al balón.

A Del Piero le salía todo. Las paredes con Trezeguet, la conexión con Davids o Nedved, sus iniciativas personales... Ayer sí fue un jugador diferente, de los que marcan distancias. Lo comprobó Hierro, su cintura, su anatomía entera, que salió disparada hacia los Alpes. Del Piero fintó una vez y se hizo hueco para colocar el certero derechazo, 2-0, dos maniobras del «bambino».

Presa de su entusiasmo, Del Piero se concedió una licencia un minuto antes del descanso. Le quiso hacer el «regate Zidane» -arrastrar el balón, derecha-izquierda- a Salgado y, camino de los vestuarios, Tudor le recriminó. Esos lujos no figuran en el manual Juve.

Por la obligación del resultado, empezó a aparecer Raúl y Del Piero quedó para el contragolpe. Con la permanente amenaza de Montero -el que siempre va al balón y se lleva la tibia-, el madrileño bajó a buscar el balón que no le llegaba. Extrajo una tarjeta amarilla para el pendenciero uruguayo, y su presencia se intuyó definitiva en el tramo final, cuando aparecen los buenos. Le dio el pase del gol a Zidane y tuvo dos ocasiones a mano. Una, casi imposible: el cabezazo a contrapié que salió flojo hacia Buffon. Y otra, la que terminó por descoser la noche del madridismo: el remate plano, de cabeza, difícil, que rozó el poste italiano y dibujó el final del camino a la «décima».