Alves celebra el triunfo sobre Perú en la final de la Copa América
Alves celebra el triunfo sobre Perú en la final de la Copa América - REUTERS

Copa AméricaDani Alves, un MVP a la deriva

El brasileño, pieza clave de Brasil en la conquista de la Copa América y elegido mejor jugador del torneo, está sin equipo tras terminar su contrato con el PSG

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Todavía sigue ahí, y ya se le empieza a echar de menos. Ahora que parece que hay que llorar para poder llevarse algo a la boca, conviene valorar la figura de Dani Alves. El brasileño, a menudo caricaturizado por su histrionismo cuando se viste de corto –claro que en vaqueros tampoco se queda corto–, luce como el jugador más laureado de todos los tiempos, 40 títulos en su vitrina. El último, una Copa América de la que salió como MVP y recubierto de un aroma a jugador único que nubla el juicio.

Su partido de semifinales frente a Argentina fue una cosa de otro mundo. Partiendo desde el lateral derecho, Alves se encargó de parecer defensa cuando tocaba, de ser más centrocampista que ninguno y de vestirse del mediapunta más picajoso cuando se lo proponía. Su partido fue un dolor de muelas para la Argentina de Scaloni, descosido su armazón defensivo cada vez que el ex de Juventus, Barcelona o Sevilla se decidió a irse a la aventura. La pelota, sin falta, como fiel compañera de viaje.

La de la omnipotencia es una cualidad que desarrolló después de que Monchi lo reclutase para aquel Sevilla incipiente, que afiló en el Barcelona después de que Xavi dejase un solar en la brujula que el Barcelona de Guardiola había atornillado al sector derecho del campo y del que después se aprovecharon en Turín –campeón de la Serie A y finalista de la Champions en su único año de bianconero– y París, tan habitual verlo en el Parque de los Príncipes velando armas como abriendo defesas. Un hombre para todo y para todos que, por motivos que se escapan a lo que ocurre sobre el verde, no está gozando del reconocimiento que merecía cualquier jugador de su pelaje.

Después de dar por terminada su etapa en el Barça, manifestó que su intención era que en la Ciudad Condal se le echase de menos. «No como jugador», puntualizó en una carta publicada en 'The players tribune', se refería a «su espíritu, (...) la forma en que cuidaba del vestuario». «Ellos iban a echar de menos la sangre que derramaba cada vez que me ponía la camiseta», escribía. Empalaga tanta épica, pero el mensaje cala y, pasados los años y vista la zozobra culé, se entiende mejor.

La puerta se abre ahora para Alves, sin equipo una vez que su contrato con el PSG toca a su fin. Por más que sople ya la vela del 36, la lógica invita a pensar que no deberían faltar pretendientes para un tipo como él. De vuelta ya de todo, pocas apuestas más seguras podrían hacer las secretarías técnicas de los equipos punteros de Europa. No en vano se asocia su nombre con los que figuran en las pizarras de especies distinguidas en los banquillos como Guardiola. Con la carta de libertad bajo el brazo, el brasileño oposita a oportunidad del verano.

Un impás incomprensible

Echando ahora la vista atrás, erigido definitivamente como leyenda verdeamarelha, cuesta entender que hubiera una época en la que Alves quedase relegado a la nada cuando a la selección le tocaba saltar al ruedo. Maicon, un tipo que vivió un año de dulce en el Inter de Milán pero al que el tiempo a distanciado varios cuerpos de su rival directo por el carril diestro del combinado nacional. Sirva esta Copa América como epílogo, a la espera de que en la que se celebra en Argentina el próximo año diga lo contrario, a la carrera con el equipo de su país de un futbolista sideral al que el teléfono le va a sonar de lo lindo en los próximos días.