«¡Oé, oé, oé, oé, Champions, Champions!»
Los seguidores del Inter de Milán celebran tras obtener el trofeo de la Liga de Campeones de Europa | EFE

«¡Oé, oé, oé, oé, Champions, Champions!»

M.J. ÁLVAREZ | MADRID
Actualizado:

Horas antes de la final de la Champions, los aledaños del Bernabéu fueron una fiesta. Los forofos de las hinchadas del Inter y del Bayer, que adelantaban la victoria de sus equipos. La camaradería y el buen clima reinaron en el pre-encuentro

Unos 80.000 seguidores del Inter y del Bayer se concentraron ayer en Madrid, la capital mundial del fútbol. Dos aficciones con dos cosas en común: el deseo de ganar la final de la Champions y el de celebrarlo por todo lo alto.

El escenario por excelencia fue el estadio Santiago Bernabéu en donde se empezaron a congregar ambas hinchadas: la marea rojiblanca de los germanos y la negriazul de los italianos desde la hora de comer. El reguero de forofos Castellana arriba crecía a medida que se aproximaba la hora del encuentro.

Y con ellos, los colores de sus clubes en sus ropas, rostros o cabezas y su alegría, contenida aún, ante la final de la que unos y otros se declaraban vencedores por adelantado. Los alrededores del estadio eran un hervidero humano que no cesaba en un ir y venir continúo de himnos, fotos —el Bernabéu desde todos los ángulos posibles—, compras callejeras y visitas al bar.

El espectáculo, fuera

Si el interior del campo de fútbol fue un espectáculo el exterior no lo fue menos. Como si de un extraño bazar se tratase, en la calle de Concha Espina, territorio alemán ayer, por aquello de que no se mezclaran las hinchadas, vendían latas de cerveza y refrescos a 1, euro, bufandas a 10 o camisetas a 15. Justo la mitad que en los puestos oficiales de la UEFA.

Todo ello, a pesar del impresionante dispositivo de seguridad desplegado para la ocasión. Policías a caballo. A pie. En las esquinas. Entre los carriles de la Castellana... Los agentes se contaban en grupos de veinte en el doble cordón que se realizó en los aledaños del estadio, que se pobló de vallas. «¿Y yo, ahora, por dónde voy a mi casa?, se quejaba una señora.

En una de las cafeterías de la zona el encargado subrayaba: «Los amigos de lo ajeno han robado decenas de carteras. Se han aprovechado del mogollón».

«¿Ticket?», requerían los reventas fuera. «¿Cuánto?». «900 euros». «¡No estoy loco!». respondía Peter. «Compré la entrada por 155 euros. Es el precio normal». Agregó que a su amigo Hains, le costó 165 euros. «Es lo normal. Viva España y viva el Bayern», dijeron.

«Yo he pagado mil euros por el paquete. Vuelo,entrada y hotel», indicó Giulio en la zona italiana, situada en la calle de Rafael Calvo. A su lado, Anna, estaba resignada a ver el partido en la televisión. de uno de los bares de la zona. «Las entradas estaban agotadas». Le acompañaba su novio, Salvatore, quien regaló la suya a un amigo para estar con ella.

El suelo era ya una alfombra de botellas, vasos de plástico y papeles. Salvo las zonas acotadas por el filtro de seguridad, el resto de las calzadas eranlimpiadas por operarios del Selur. «Estamos todo el día en tres turnos. Hay muchísima gente. Nada que ver con otros partidos».

Mientras, los reventas echaban el resto. Incluso, subieron el precio nada más comenzar el partido al ver al varios hichas que cartel, en mano solicitaban: «Compro entradas». «Dame 1.200 euros y es tuya, la deseperada alemana enmudeció y se marchó