Un Casillas sublime lanza al Madrid

Termina el partido como empezó. Con dos paradas consecutivas de Casillas. Suena el pitido final y Torres, Cannavaro y Heinze, a su lado, se abrazan a Íker. Es su forma de agradecerle que haya salvado

ENRIQUE ORTEGO. MADRID.
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Termina el partido como empezó. Con dos paradas consecutivas de Casillas. Suena el pitido final y Torres, Cannavaro y Heinze, a su lado, se abrazan a Íker. Es su forma de agradecerle que haya salvado a su equipo. Poco después le abraza el resto de sus compañeros. Hasta «¡Rafa no me jodas!» se funde en un abrazo con el héroe del partido. También López Vallejo llega desde la otra portería para felicitarle. No es para menos. Una vez más fue el mejor jugador sobre el campo. Situación que ha dejado de ser noticia por cotidiana y diaria.

Hay que ponerse en la piel de Víctor Fernández y su equipo y agradecerles que al menos durante una hora fueran mejores que el actual líder de la Liga, a la sazón campeón de invierno. Supongo que no les valdrá de nada este reconocimiento porque vuelven a casa con la sensación de impotencia calada en sus huesos y una cara de tontos de esa que no se quita ni con una semana de ejercicios espirituales en el Pirineo aragonés. Lo malo no es perder, sino la cara que se te queda.

Un Zaragoza de alto standing

Fue el Zaragoza uno de los mejores equipos que ha pasado esta Liga por el Bernabéu... pero acabó perdiendo como los ocho anteriores. Hizo lo que tenía que hacer. Salir a jugar al Madrid de tú a tú. Con un planteamiento perfecto del técnico, el Zaragoza contrarrestó muchas de las virtudes del rival, tuvo la posesión del balón y creó media docena larga de ocasiones, todas salvadas por el prodigioso Casillas menos una, que se estrelló en el poste.

Ellos, los de Víctor Fernández, no tienen la culpa de que en el otro equipo juegue el mejor portero del mundo. Y si alguien lo duda que me diga hoy por hoy otro mejor. Y a Buffon ya le pongo yo como suplente de lujo. Por si Íker coge un resfriado en Navalacruz.

El Real Madrid ya gana jugando bien, regular y mal. Ayer lo hizo regular tirando a mal hasta que marcó el primer gol. Es para un tratado de psicoanálisis. Fue a sentenciar el partido el hombre que más perdido estaba hasta entonces. No fue la tarde del líder en general, pero había jugadores bastante menos entonados que otros. Casos de Robinho, de Van Nistelrooy, de Sneijder, de Diarra... Bueno, pues cuatro minutos después del remate de Oliveira al poste, Robinho se cambió de banda. No había podido nunca con Diogo. Le había tirado muchas bicicletas, pero se le había salido la cadena en todas ellas. Por la derecha encaró a Juanfran y se fue con soltura para poner un centro que Van Nistelrooy cabeceó a la red sin la oposición de los dos centrales zaragocistas. Es una de las cartas marcadas de Schuster. Lo explicó ayer mismo en ABC. «Cuando vemos que Robinho no puede con su lateral lo mando al otro lado y a veces la lía». Ayer la lió y bien. Con la satisfacción del deber cumplido regresó a su posición original para, nueve minutos más tarde, hacer el segundo en una acción individual. Internada y remate seco, abajo.

Si a partir de ese momento alguien hubiera entrado en el Bernabéu hubiera pensado que el Madrid había sido superior, porque así lo fue hasta el final del partido. Pero en los sesenta y tantos minutos anteriores había estado casi a merced de un Zaragoza cabal, bien posicionado, valiente y que tiene dos delanteros de alto copete. Sufrió como un bellaco el equipo de Schuster. Sólo en el primer cuarto de hora tuvo el control del partido. Curiosamente la lesión de Heinze le desorientó. Le entraron las dudas y el Zaragoza lo aprovechó para llegar una y otra vez hasta los dominios del gran Casillas. Y una a una a todas las llegadas fue respondiendo el mejor portero del mundo. Con las dos manos, con los puños, con una mano, con la otra, con una pierna, con la contraria... Auténticamente espectacular. Sublime.