Ignacio Ruiz Quintano

El Bolívar de Sampedor

Ignacio Ruiz Quintano
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Cuando Edward Gibbon visitó Roma concibió en las ruinas del Capitolio su obra monumental sobre la decadencia y caída del Imperio Romano. Cuando Simón Bolívar visitó Roma juró en las ruinas del Monte Sacro consagrar su vida a la independencia hispanoamericana.

Cuando Pep Guardiola visitó Can Roures, cuyo amo lo había colocado de entrenador en el Barcelona (Laporta apostaba por Mourinho), vislumbró las posibilidades que para su ego había en postularse como el Bolívar de la independencia catalana.

En Qatar, en Alemania y en Inglaterra las masas peloteras (el balón como cráneo de la raza) creen que Pep Guardiola es un boli-profeta que precede y anuncia la llegada del Señor, que a lo mejor ya no es Puigdemont. Y ninguno de los zampabollos que afean en los aficionados los pitos a Piqué («no hay que mezclar política y deporte», es la consigna) abre la boca con Guardiola: ahí están, tan ternes, tan tusos (de lo callados), los valdanágoras de Tele Roures, burda copia televisiva de los Tacañones del «1, 2, 3… responda otra vez» de Chicho Ibáñez Serrador.

Si Benito Juárez nació para la leyenda tras la pérdida de una oveja, Pep Guardiola lo hizo recogiendo pelotas en el Campo Nuevo en la época de Terry Venables, el simpático inglés que puso de moda el «pressing» en el fútbol español. Esto confiere al personaje un aura popular que le viene como un guante Varadé para su misión propagandística.

¡Y pensar que éste era el hombre escogido por el marqués de Del Bosque para heredarle en la dirección del Combinado Autonómico que ahora regenta Lopetegui, el Locomotoro de Villar, ese Houdini de una época sin igual, que un día está en la cárcel, y al otro, en su despacho de exbaranda del «fulbo» mundial!

-Es un buen momento para dedicar la victoria a los Jordis -dijo al ganar al Nápoles en Copa de Europa-. No hay civismo más grande que las ideas. Ahora mismo es un poco como si todos estuviéramos allí, la verdad.

Los Jordis son los dos únicos encarcelados por el tabarrón catalán, y eso significa que el tabarrón no es tan gordo o que el contratabarrón es muy cínico.

Los Jordis tienen pinta de chivos expiatorios: prueba de ello es que el director de la cárcel, obediente funcionario, al fin y al cabo, diera órdenes de retirar de la prisión banderas españolas que podían ofenderlos.

-¿Quién iba a pensar que estábamos haciendo la mayor guerra de la historia contra un puñado de lelos? -dijo, con lágrimas en los ojos, el ayudante de Galbraith durante el interrogatorio a los peces gordos nazis.

¿Quién iba a pensar que la mayor crisis política que hemos conocido desde la guerra civil fuera obra de un par de Jordis a los que Guardiola dedica en Manchester las victorias europeas del City?

-A ver, piperos. No piten ustedes a Piqué, que no hay que mezclar nunca política y deporte.

De política, en los medios deportivos del «mainstream», sólo Guardiola puede hablar, y cuando lo hace, lo hace como un zapatero de portal. Por ejemplo, que el Parlamento catalán es mucho más antiguo que el español y que es un día muy triste para la democracia que en Madrid hayan contestado al desafío independentista de Cataluña.

-Es un día muy triste para la democracia porque lo único que queríamos hacer era votar y cualquier demanda de la gente es mayor que cualquier ley, incluso que la Constitución. Es un día muy triste para toda Europa, para todo el mundo, después de que hayan hecho lo que han hecho.

En su disculpa, sus amigos que mejor le quieren aducen que Guardiola no tiene Bachiller.

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