Entrevista

«No odio la Fórmula 1, pese a que me quitó lo que más quería»

Emilio de Villota, expiloto de F1, paró su relación con el motor al morir su hija María y se dedica a la obra social y altruista para rendirle homenaje

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Emilio de Villota (72 años) recita de memoria pasajes del libro «La vida es un regalo» que escribió su hija, María, fallecida el 11 de octubre de 2013 a consecuencia de las secuelas de un accidente pavoroso con un Fórmula 1 ocurrido en el verano de 2011. Lo hace solemne y entero en una mañana cálida en el club social del RACE, extrarradio de Madrid, mientras charla con ABC. El expiloto de F1 ha estrenado otra vida cumplidos los 70. La muerte de María lo abocó a una existencia nueva, lejos de motores, válvulas, frenadas invertidas y coches de competición. Después de dedicarse durante más de 50 años al automovilismo, lo apartó de sí por el legado altruista que entiende le dejó su hija, que reposa en la iglesia de San Ramón Nonato, en Vallecas. Inédito: una conversación de Fórmula 1 en la que no se menciona a Fernando Alonso.

«Yo nunca me planteé ser piloto», empieza su relato De Villota. «En España no había ninguna tradición. Solo aparecía la F1 en la televisión por algún accidente. No había otra información, no se transmitían las carreras, y solo alguna vez en el NO-DO aparecían resúmenes del Gran Premio de España. Comencé a correr en 1966 en rallys en un Seat 600 como copiloto. Vivía en la calle O’Donnell y éramos un grupo de cinco chavales seguidores del motor. Nos apuntábamos a todas las carreras, en la Casa de Campo, en San Rafael… Y así empezamos en la Copa Nacional, la Fórmula 1430, el Campeonato de Europa Turismos».

Un viaje le dio un giro a sus sueños. «Mi visión cambió cuando fuimos a conocer la sede de McLaren, que ya eran campeones del mundo de F1 y tenían un almacén cerca de Heathrow. Era la segunda vez que subía a un avión y no hablaba una palabra de inglés. Fue como conocer otro mundo».

Licenciado en Económicas, tuvo un paso fugaz, aunque muy reconocido en España, por la Fórmula 1. «Terminé mi carrera de Económicas y me puse a trabajar en el Banco Ibérico, en la sucursal 12. Y pronto tuve la suerte de ser nombrado director. Un día, de forma fortuita, me preguntó un directivo del banco si seguía corriendo… Le dije que sí y me lanzó un desafío. ¡Pero tú deberías correr con los colores del Banco Ibérico! Así fue como nos planteamos disputar el Gran Premio de España de Fórmula 1. No lo conseguí en 1976, sino en 1977 con el apoyo de Iberia, Banco Ibérico, Medinabi y el Ministerio de Cultura. Me clasifiqué y terminé el 13 con un McLaren M23, el chasis 6».

De Villota se adentró en los entresijos de la Fórmula 1. «Todo era diferente entonces, los coches casi artesanales, los cascos y, sobre todo, los circuitos. Una salida de pista era empezar a pensar qué iba a pasar. Había riesgo físico evidente para los pilotos. Cada año podían faltar dos pilotos en una parrilla de 24 coches. Era muy habitual la muerte. Jim Clark, Patrick Depailler, Ronnie Peterson… Los 60 y 70 fueron años muy dramáticos, más de 15 muertes en la F1. Yo tuve algún accidente, pero no lesiones graves».

Pilotar equivale a convivir con el riesgo. Antes y ahora: «Nos jugábamos la vida. Me gustaría pensar que no, pero era así. Había un riesgo importante. Gracias a Dios, después de Senna, en los últimos veinte años solo hemos tenido dos desgracias, Bianchi y María. No te acostumbras a vivir con eso. Por traerlo a nuestra cultura, es como los toreros. Ser piloto de F1 en España en aquella época era como ser torero en Inglaterra. Fui un afortunado, pero no sé si sería capaz de repetir».

El fatal accidente de María de Villota cambió a su padre, que habla con el alma encogida. «En noviembre de 1980 puse en marcha mi escuela de pilotos y la mantuve hasta 2014. Por allí han pasado, entre otros, Pedro de la Rosa, Fernando Alonso, Carlos Sainz padre, Carlos Sainz hijo, Marc Gené, Jordi Gené… Cuando falleció María cerré la escuela y paré toda actividad relacionada con el deporte del motor. No podía seguir».

Un nudo en la garganta aprieta la conversación. «Se puede decir que colgué el casco porque murió María, sí. Cuando has estado desde 1967 a 2014 haciendo del motor tu vida, viviendo muchas situaciones de riesgo… Al morir María acordamos en nuestra familia que no podíamos seguir jugando a la ruleta. Por la escuela de pilotos pasan chavales muy jóvenes, con la misma ilusión que yo tenía 30 años antes. Y, sinceramente, te da respeto. Es un riesgo que ya no quiero asumir. Visualizas en cualquier chaval, en cualquier entrenamiento, la situación que vivimos con María. Ahora, por fortuna, todo es más seguro: los cascos, los circuitos, los coches, el halo… Pero a mí se me fue lo más preciado que tenía en la vida a consecuencia de un día de entrenamiento en el que no debía ocurrir nada».

«Me ocupo de su legado»

Habla Emilio de Villota. «Di un giro a mi vida. María, que tuvo un parte de defunción en la pista aquel día, puso en marcha unas iniciativas de carácter solidario en su último año de vida y escribió un libro que fue un testimonio, una herencia de su vida. Lo que había pasado por el accidente y su vuelta a la vida. Y nos hizo pensar que merecía más la pena seguir con sus proyectos que con el deporte que había ocupado el cien por cien de mi vida. Ahora me ocupo del legado de María».

La pregunta se hace dura, inevitable. ¿Llega uno a odiar el deporte que ama? «No -dice el expiloto-. Sigo amando este deporte, a pesar de que me quitó lo que más quería. Nos ha dado todo y ha unido nuestra familia. He tenido proximidad e información con mis hijos. A partir de los 16 años, la comunicación con tus hijos no es fácil, pero si tienes la misma pasión, la conexión fluye. Vivíamos las 24 horas del día cambiando impresiones, la frenada, el cambio, el vértice, y la escuela, porque de ella vivíamos todos. El automovilismo nos dio todo lo que somos, mi familia y yo. Lo que fue María fue consecuencia de este deporte. No lo puedes odiar. Sí puedes respetarlo y cambiar el foco».

La sombra de la desgracia siempre planea en la F1. «El riesgo es inevitable, cierto. Pero si esa es tu vida, vives con ello. No le digas al torero que no sienta el riesgo… Un piloto no siente que puede acabar su vida al ponerse el semáforo rojo. Y menos un día de entrenamientos».

«María en su libro nos da una visión que te cambia todo -cuenta en su tono pausado y firme-. Lo resumo en esta imagen: 72 horas antes de su muerte, María recibe unos ejemplares del libro que escribió de su puño y letra. Nos llama y nos dice que viene a casa porque nos los quiere dedicar. Yo le digo que es muy tarde, las 22.30, que al día siguiente debe viajar a Sevilla y que ya lo disfrutaríamos más adelante. Se empeñó y vino a casa, nos firmó los libros, se fue a Sevilla a la mañana siguiente y ya no la vimos más con vida. No sé si ella tuvo una premonición, pero ese fue su testamento. Leí el libro después de fallecer María. Sus reflexiones de vida no las conocía y ese legado se inicia con una frase que me impactó: ‘Y un día te das cuenta que vivías dormido, pasabas a ciegas y sentías a medias. Si un accidente no ha parado en seco tu vida, ve soñando, pasea observando y ama apostando’».

Finaliza su relato Emilio de Villota. «Te das cuenta que el automovilismo es muy importante. Nos forjó, pero hay más cosas. Ella nos dice: yo era piloto, corría mucho a gran velocidad, y entonces las miserias de la vida resbalaban sobre mi casco. Y no porque no las hubiera, sino porque solo quería ganar, cumplir mi sueño y entonces no ves, no miras y tu corazón apenas siente. Las capas que has forjado en tu vida te hacen más fuerte, pero más torpe. Con este mensaje, a mí no me pueden seguir resbalando las miserias que ha tenido que venir mi hija a contármelas. Por eso paré mi etapa en este deporte, que fue maravillosa, y me voy a dedicar a lo que María descubrió. Tuvo que morir para darse cuenta. Me dije: la escuela es maravillosa, pero María me ha puesto deberes».

«La semana anterior a su fallecimiento, María había sido nombrada vicepresidenta de la Fundación Deporte Joven. Le dijo al CSD que no quería photocalls ni fiestas, sino bajar al barro y bregar con los problemas. A la semana siguiente murió. Pasados tres meses, decidimos dar continuidad a los planes de María: conseguir fondos para una fundación que trata a niños con enfermedades raras. Ese es hoy nuestro compromiso».

«El primer día que María salió tras su convalecencia después del accidente fue porque falleció su sobrino Javier Pérez Mínguez. Se puso un pañuelo y unas gafas y acudió al entierro. Quedó muy tocada por la muerte del pequeño y puso en marcha la ‘Primera Estrella’, que capta fondos para atender a niños con enfermedades neuromusculares mitocondriales genéticas. Me dedico a estar con contacto con los patrocinadores de María. Les dije que queríamos seguir con los deberes que nos puso. Los fondos van a esa fundación. Hemos conseguido 13.341 tratamientos para un centenar de niños. La última iniciativa son los Hogares María de Villota, junto a Cáritas y la parroquia San Ramón Nonato en Vallecas, que asisten a familias en situación de dificultad».