Mourinho, en los instantes previos al partido en Auxerre - AP.
REAL MADRID

El estilo Mourinho

El técnico del Real Madrid, odiado y querido a partes iguales, es un todo un genio del fútbol

FERNANDO R. LAFUENTE
MADRID Actualizado:

Lo bueno de estas cosas es comenzar por el principio. Las terminales mediáticas, bien conocidas, y referenciadas en sus enemigos cercanos, van a por él. Era de esperar. El nerviosismo de algunos frente a Mourinho ha encendido los argumentarios a las primeras de cambio, con una precipitación desmesurada, han «cantado» demasiado pronto, pero tal nerviosismo, expresado en lo prematuro de los argumentos, dice más de los nerviosos, y de los que los alimentan, que del entrenador madridista. La consigna ha sido clara: bombardear a Mourinho por tierra, mar y aire. Fumigar al único entrenador que ha tenido el Madrid, desde la fatal salida de Del Bosque, digno (con todos los respetos a los que le siguieron) de tal nombre.

El fichaje de Mourinho por el Madrid rompía, de manera radical, con una etapa de medianías (se insiste en que con todos los respetos) y de soluciones mágicas que apenas duraban, cuando duraban, una temporada. Incluso, se hizo costumbre cesar, o no renovar, a un entrenador que había ganado una Liga (casos en el «caos Calderón», de Capello y Schuster), pero si no la ganaban, claro, también. Algún día alguien explicará el delirante fichaje de Queiroz como entrenador del Madrid; pero será más divertido el día, otro, que alguien (nadie sabe si el mismo) explicará, pero será más divertido, a la afición qué contagio sobrenatural, qué «güija» le llevó, o visión místico-deportiva, a recomendar el fichaje de Vanderley (sic) Luxemburgo, por no hablar de la broma pesada de López Caro et al. Entrenadores de los que siempre —a vista de los resultados—, y siempre con el mayor de los respetos, se podría decir, futbolísticamente hablando, lo mismo que de algunos cantantes: «tienen poquita voz, pero desagradable». Es decir, —¿para qué nos vamos a poner políticamente correctos?— gentes que apenas les amparaba un mínimo currículum suficiente para llegar al club de fútbol más importante del siglo XX (FIFA, dixit) y el primero económicamente del siglo XXI, pero, no obstante, se les fichó con las consecuencias que todos los aficionados no sólo conocen sino que han sufrido cada tarde en el sacrosanto césped del Bernabéu.

¿Por qué? ¿Qué modelo de equipo se buscaba? ¿Qué perfil de entrenador? ¿Qué había detrás de todo eso? Son respuestas que ni en las mejores novelas de Dorothy L. Sayers, Dasiell Hammett o los admirados Eric Ambler y Raymond Chandler podríamos encontrar. Un enigma patético. Pero sin responsables, hasta ahora, porque la respuesta no está en el viento (Bob Dylan), sino demasiado cerca, próxima a lo esotérico más que a lo teórico. Lo cruel es que la historia, vuelto Florentino Pérez a la presidencia, se repite con el pobre Pellegrini —hombre honesto, como los anteriores— pero al que el club le viene tan ancho como el Premio Nobel de Literatura a Carlos Ruiz Zafón, y, claro, el modelo y Pellegrini se la vuelven a dar. Otra vez, el callejón sin salida.

Y en esto llegó «Mou». Preclara decisión. Por fin, un entrenador a la altura de la historia del Real Madrid. Y el «comandante mandó a parar». Se acabaron las bromas, las improvisaciones, las ocurrencias, los milagros, los pelotazos y los sinsentidos. El entrenador es la estrella. «Algo que para mí es muy claro es que para asumir el control del juego hace falta tener el balón. Disfrutar de él. Mi idea táctica principal pasa por tener la pelota. Quiero una alta circulación de balón y, para que eso ocurra, los jugadores deben saber que, en determinada posición, está un compañero». Confiesa José Mourinho como manera táctica de enfrentar un partido de fútbol. Ha encajado un solo gol en las jornadas de Liga que lleva, y ni uno solo en la Champions, el equipo no ha perdido ningún partido con él, pero las terminales dicen que no comerá el turrón. Entrañables, los chicos terminales. Como recomendaba Jack el destripador, vayamos por partes. La primera: la poca efectividad goleadora del equipo. Bien, el Madrid que ganó la entonces Copa de Europa de 1955-56, entrenado por Villalonga, llevaba a estas altura de la Liga los mismos goles que el equipo actual; pero hay más, el Madrid (se llamó yé-yé) que ganó la Copa de Europa de 1965-66, entrenado por Muñoz —eso era continuidad, por cierto— llevaba los mismos goles, a estas alturas de la Liga, que el hoy entrenado por Mourinho. Ni en 1956, ni en 1966 se pusieron nerviosos; había un equipo, había un concepto de equipo, y había, como ahora, un excelente plantel de jugadores, y un entrenador que sabía lo que tenía entre manos. Así que a los apocalípticos voluntarios, y a los otros, un poco de calma, porque se les nota demasiado el interés, no precisamente futbolístico.

Decisión valiente

En el Madrid, gracias a Florentino Pérez, y sólo gracias a él, y si me apuran, en una decisión personal arriesgada y valiente, se ha producido un cambio de modelo respecto a experiencias anteriores, todas fracasadas. ¿No es calma lo que hemos pedido para que se consolide un equipo? En esas está Mourinho. En formar un equipo. Y lo hará. Lo que duele es que se le ocurrió confesar, con el desparpajo de quien sabe de lo que habla, que, como le había enseñado un viejo profesor de filosofía «sólo sabe de fútbol quien sabe de algo más que de fútbol». Ese es su valor añadido. Excepcional. Casi sublime. Y eso jode. Sus ruedas de prensa son un master de personalidad, conocimiento, firmeza, estilo venturosamente provocador ante tanta simpleza y ambición, bendita sea su llegada a la santa casa blanca. La cuestión es que el personaje no oculte al formidable entrenador que alberga. Que los idus efímeros de las terminales no le trastornen. Carácter tiene para eso.