Valverde y el reloj de la suerte

J. GÓMEZ PEÑAENVIADO ESPECIALNANTES. Ahora hay relojes táctiles. Tocas el cristal y se convierte en cronómetro; o en alarma; o en altímetro; o en brújula... Alejandro Valverde, hasta ayer líder del

J. GÓMEZ PEÑA. ENVIADO ESPECIAL. NANTES
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Ahora hay relojes táctiles. Tocas el cristal y se convierte en cronómetro; o en alarma; o en altímetro; o en brújula... Alejandro Valverde, hasta ayer líder del Tour, tiene uno. Regalo de Ángela, su esposa. El amor no pesa. Pero el reloj, sí. «Pesa «mazo»», corrobora el murciano. Pero no se lo quita. «Es el reloj de la suerte». Lo lleva desde enero, aunque no esté hecho para la bicicleta. Es grande como una piedra y le ha hecho herida en la muñeca. «Mira qué callo tengo». La marca sobre la piel. La tasa que exige la fortuna.

Ayer, pese a perder el maillot amarillo en favor del francés Feillu, Valverde tuvo suerte: se quitó el sobrepeso del liderato y evitó la caída que a Menchov y Ricco les costó 38 segundos. Algo tiene ese reloj. Hoy cronometra a su dueño en 29 kilómetros alrededor de Cholet. Su correa es amarilla, el color del Tour.

Chupinazo y pañuelo rojo

¡Chupinazo! en Pamplona. Toros y a correr. ¡Chupinazo! en Saint Malo, en el hotel del equipo navarro, el Caisse d´Epargne de Valverde. Bicis y a correr. Al despertador siempre le responde un gesto de decepción. Un bostezo. Los ciclistas son dormilones. Pero ayer tocaban «sanfermines» en la tele. A las ocho, ya estaba el murciano viendo el encierro. Su segundo apellido es torero: Belmonte. «¿Te gustan los toros?», le preguntan. «Regular. Mejor las «bicis»», contesta. Saca el cascabel de su sonrisa. Ha dormido ancho. Con el maillot amarillo encima de la maleta. Ondeando. Con la imagen fresca, rescatada en internet, de su arrancada del sábado en el repecho de Plumelec. «Fue increíble, eh». A mediodía empezaba su encierro: 208 kilómetros hasta Nantes. A evitar cornadas.

Dumoulin se fue pronto

Pronto, al doblar la primera esquina de la tercera etapa, se largaron los franceses Dumoulin -ganador del día- y Feillu -nuevo líder-, más el italiano Longo y el estadounidense Frischkorn. El viento aúlla en Bretaña desde que comenzó el Tour. No hay vela que retenga tanto aire. Ayer tocó en contra. Con plomo en las piernas. Al Caisse d´Epargne de Valverde no le ayudaron los equipos con velocistas. Se desentendieron. Regalaron diez minutos al cuarteto. A cuatro buenos rodadores, que se apresuraban hacia Nantes. La ciudad de Julio Verne. Las escapadas de la primera semana del Tour llevaban años destinadas a morir.

Eran viajes al fracaso. En Nantes se escribieron «Veinte mil leguas de viaje submarino» y «De la Tierra a la Luna». Imaginaciones de Verne. Sueños de papel. Luego, la ciencia los cumplió.

Dumoulin, el ciclista más menudo del Tour, nació para un día como el de ayer. El suyo. «Todo lo que he hecho es para esto», dijo tras su victoria. Ya en la zona portuaria de Nantes, con el estuario al fondo y el viento desenredando los árboles, sacó su aguijón. Tamaño de avispa. Frischkorn le atrapó. Y también Feillu, el más veloz de todos. El que contraatacó. Dumoulin estaba perdido. Hundido. Como el «Nautilus» del capitán Nemo, atrapado en el remolino de las veinte mil leguas. Desaparecido. Hasta que Julio Verne lo resucitó en una novela posterior: «La isla misteriosa». Así volvió ayer Dumoulin. Cuando ya nadie le esperaba. Atrapó a Feillu y se defendió de Frischkorn. «Me dije que hoy tenía que ser mi día». Y sí. En la meta le esperaba, trémula, Magalie, su novia, la hija de Vincent Lavenue, director del equipo Ag2r. Dumoulin corría allí hasta el año pasado; hasta que no llegó a un acuerdo con su futuro suegro y se marchó al Cofidis. Líos de familia. Ayer, Magalie le regaló un racimo a besos.

Dos minutos por detrás, trotaba sobre la muñeca de Valverde el regalo de Ángela. El reloj de la suerte. Había esquivado la caída de «Litu» Gómez, arrojado sobre una mediana con la cadera partida. Allí, indefensos ante su infortunio, se quedaron cortados Menchov y Ricco. Fue un golpe duro y seco. De hacha.

Alergia al crono

El viento batía el Tour. Negreaba el horizonte. Ya no pudieron enlazar: esa mediana les costó 38 segundos. «Yo no he venido a por la general, sino a por una etapa», se consolaba Ricco. Menchov, en cambio, maldecía su mala suerte. Hoy le toca medirse contra el reloj. Contra especialistas como Cancellara. Y contra sus rivales para el podio: Evans, Sastre, el trío del Euskaltel, los Schleck, Pereiro, Cunego... Y contra Valverde, que ha pasado años con alergia a las etapas cronometradas y que ahora lleva su suerte metida en un reloj.