Ciclismo

Noventa años con Federico

Retrato de Bahamontes en su aniversario, ganador del Tour de 1959 y el mejor escalador de la historia

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En 1959 España era aún un país oscuro, aislado. Europa miraba de reojo a aquella península manejada por un dictador. La población seguía dividida por las trincheras de la guerra civil. Los jóvenes venían de una infancia de miseria, de estraperlo y platos vacíos. Y el deporte era un espejo más de las penurias. Apenas el gol de Zarra, los combates de Paulino Uzcudun y las copas del Real Madrid desempolvaban a ratos la «marca España». Eso duró hasta que un hijo del hambre, Federico Martín Bahamontes, ganó el Tour de Francia de 1959. El Águila de Toledo encendió la luz. Y todavía alumbra. Hoy cumple noventa años. También ha ganado esa carrera: es el vencedor del Tour con más edad que sigue vivo. Eso, dice, se debe a que nunca recurrió al dopaje. «Cuando me daban cosas, no las cogía. Mi truco era un bidón con dos cafés, media copa de coñac, Cola Astier y Agua del Carmen», cuenta.

Son los ingredientes para un genio cargado de mal genio. Corrió once veces el Tour, venció en el de 1959, fue segundo en 1963, tecero en 1964, cuarto en 1956 y octavo en 1958. Puso su nombre a siete etapas, cruzó en cabeza 53 puertos, rivalizó con Coppi, Anquetil, Gaul, Bobet y Poulidor... Y se vistió seis veces como mejor escalador de la Grande Boucle. Tras 19 años como ciclista se retiró y no ha vuelto a pedalear. Para que así nadie le ganara. Es su carácter. Vocación de pirómano. «¿Por qué Fede andaba cuando hacía mucho calor? Porque en esas condiciones era peligroso tomar cosas y la gente esos días no las tomaba», suelta. Siempre le ha gustado atizar. A todos. A los de su época y a los que luego han venido.

Adorado en Francia

En 2013, la revista «L’Equipe» magazine’ le nombró mejor escalador de la historia. A Bahamontes le invitaron a aquella edición de la Grande Boucle. En Francia le adoran. El «Águila», al olor de los Pirineos, se creció y la emprendió a descalificaciones. Fiel a sí mismo. «Mis seis reinados de la montaña son de verdad», soltó, en referencia a los siete que tiene Richard Virenque. «Si Virenque es escalador, yo soy Napoleón. No me llega ni a la suela de los zapatos», comparó. Ni Pantani le convence. «¿Con qué combustible marchaba? ¿Con agua o con gasolina? Ahí está la diferencia». Al citarle un rival, le sale una respuesta ácida. Poulidor: «No era un escalador. Nunca me batió». Anquetil: «En el Tour de 1964 le subieron a un coche para que me cogiera». Julio Jiménez: «En el Puy de Dome (la mítica etapa del Tour de 1964) yo estaba con Anquetil, Poulidor y Julio. Sabía que les iba a ganar. Para que Julio quedara segundo le dejé marchar, pensando que Anquetil y Poulidor iban a tirar a por él. Pero no lo hicieron porque iban muertos. Y para cuando yo salté, Julio ya tenía demasiada ventaja y se quedó con la victoria».

Bahamontes ha envejecido manteniendo bien vivas sus enenistades. No hace tanto, en un final de etapa en Toledo durante la Vuelta a España, se le acercó Julio Jiménez, que es un cacho de pan. Unos amigos le habían pedido una foto firmada por el «Águila»» «Julito» se olvidó de las viejas rencillas y fue en busca de su antiguo rival. «Fede» le recibió bien. Agarró el bolígrafo y la foto y rubricó una dedicatoria con tinta de bilis: «A "Julito", mi mejor gregario’. Cuando Julio la leyó le subió la sangre al rostro. ¡Cómo que gregario! Fede seguía igual. Así, en ese formol, está a punto de cumplir 90 años con la lengua en plena forma.

Cuando le piden que recuerde sus dos abandonos en el Tour, golpea. «Uno fue porque no me pagaban. El otro, porque mi director, Luis Puig, se equivocó y me pinchó mal unas inyecciones de calcio y vitaminas. Se me hinchó el brazo y tuve que abandonar cuando iba cuarto y quedaban todos los Pirineos. Pude haber ganado ese Tour (1957) más fácil que el de 1959». También perdió el de 1964. «Iba segundo. Me llamó Geminiani (director de Anquetil) para que les vendiera el podio y me negué. Entonces, todos los franceses corrieron en mi contra. Si yo hubiera tenido gregarios como los de Induráin...». Otra capítulo es el del Tour de 1963: «Yo era líder. En la subida al Grand San Bernard los dejé a todos. Hacía un calor que achicharraba. Coroné con dos minutos y medio y decidí continuar. Al final llegué a Chamonix con Anquetil, que se había recuperado porque pudo cambiar de bicicleta en lo más duro gracias a una estratagema de su director, Geminiani. Como en aquellos tiempos solo se permitía cambiar de bici por avería, Geminiani le cortó los cables y así pudo coger otra bici». Anquetil se llevó aquel Tour.

«Yo nunca escuchaba lo que me decían mis directores». Bahamontes fue siempre un verso suelto. Un elegido. Corría contra todos. La montaña era suya. «El único rival que tuve fue Gaul». Con 56 kilos y 1,78 metros era un silbido, un esqueleto de cabello ondulado y piernas de bronce. «Ahora los corredores van amarrados al pinganillo, a la emisora. Van con el bocado, como los caballos», critica el «Águila».

El estratega de su Tour

En el Tour que ganó, el de 1959, fue Bahamontes el que diseñó la estrategia de su equipo. Los franceses andaban liados en guerras intestinas, de egos. Bobet ya era viejo. Estaban también Riviére, Anglade, Anquetil... Bahamontes y Gaul, los dos grandes escaladores, pedaleaban a la expectativa. Tras el paso por los Pirineos, el toledano no quiso esperar a los Alpes. Juntó a sus gregarios en la habitación la noche previa a la etapa entre Albi y Aurillac, de 219 kilómetros metidos en el horno del Macizo Central. Iba a hacer un calor del demonio. Era el día. Los españoles salieron a matar. La etapa resultó un polvorín bajo el fuego. El «Águila» rentabilizó el día y alejó a muchos de sus rivales, entre ellos, a Gaul. El plan funcionaba. Dos días después Bahamontes mostró su infinito talento en la cronoescalada al Puy de Dome. Ganó, claro. Y se quedó a unos segundos del líder, el belga Hoevenaars, que no era un adversario de su talla.

En los Alpes y con la ayuda del descartado Gaul, el corredor castellano tomó más ventaja en la etapa de Grenoble. Los dos en fuga. Los dos a la par en el puerto de La Romeyere, el mismo donde una vez Bahamontes paró a comer un helado. Se repartieron el botín del día: la meta para Gaul y el liderato para Federico, que retuvo ya hasta el Parque de los Príncipes. Levantó el prestigio de un país aún acomplejado. Toledo abrió la Puerta de Bisagra para recibir bajo el arco a su héroe. Como un emperador tras una campaña de conquista.