Vuelta a España

Nairo Quintana no es pasado

El colombiano gana a nivel mar en Calpe en una etapa que recompone a Roglic y Fabio Aru

CalpeActualizado:

Los controles de salida de la Vuelta son un ejercicio de expresión popular. Un gentío digno de una manifestación que se mezcla con ciclistas, periodistas, invitados, directores, masajistas, mecánicos... El ciclismo, el deporte del pueblo, siempre tuvo en cuenta sus orígenes. La cercanía, la proximidad, la ausencia de forofismos, una sinfonía común en la que los aficionados animan a todos, sin distinción de equipos. En ese marasmo de romería ambulante, junto a las rascacielos marítimos de Benidorm, se deja sentir Colombia, su pasión patriótica, sus cientos de seguidores que tratan a sus ciclistas como dioses... De Torrevieja salió líder Supermán López. En Calpe, a nivel de mar, etapa de final plano total, venció Nairo Quintana, el hombre estigmatizado por su política conservadora y su inacabado sueño amarillo. Por dos segundos no hizo la faena completa: el irlandés Nicolas Roche le arrebató el maillot rojo en una etapa de recomposición. El favorito Primoz Roglic y el italiano Fabio Aru recuperaron el tiempo que cedieron en la contrarreloj por equipos en por las caídas del Jumbo y el Emirates.

Cuando Nairo Quintana traspasa el umbral del autobús del Movistar para ir a firmar, una marabunta de camisetas amarillas vinculadas a la selección colombiana de fútbol se pone en movimiento con él. Lo transporta en carruaje, lo santifica en honor a un país que hizo del ciclismo su bandera. Nairo, tipo frío y huidizo, saluda y agradece. Parece sentirse mejor entre sus compatriotas que en el juego social de liderazgos en el Movistar, donde su aura ha menguado con el paso de los Tours.

Nairo, que se presentó como un ciclón en el Tour 2013 donde fue segundo y amenazó el reinado floreciente de Froome, había menguado como estrella del ciclismo y su nombre casi se había empezado a conjugar en pasado porque en el Tour en el equipo-Tour, se le hacía misión imposible. Él siguió ensanchando su palmarés, el Giro 2014, la Vuelta 2016, y tres podios en el Tour, victorias parciales en las grandes, y siempre arrastrando una huella: un ciclista cauteloso, sin ánimo por el riesgo.

La Vuelta también un sello de identidad que se impone a cualquier circunstancia o visión anodina. Siempre pasa algo. Es garantía de incertidumbre. Rezumaban los retazos de la primera etapa: ese reguero de agua de una piscina privada que tumbó al Jumbo y al Emirates en la contrarreloj por equipos. Y en el segundo obstáculo, una sorpresa, el Alto de Puig Llorença, sucedáneo de la Cumbre del Sol que coronó hace unos años Dumoulin y que este domingo descifró mensajes entre los favoritos, ya actores en primera persona.

Fue magnífico ver a Valverde acelerar y separar la paja del grano entre la colonia de adosados que han sepultado la montaña de Calpe. En los arrebatos del campeón del mundo se cortó su compañero y esperanza española Marc Soler, también Kruijswijk (el tercero del Tour) y el teórico jefe del Ineos Wout Poels.

Rampa terrible y corta, estilo Vuelta, pero con un detalle incorporado. No era el final de etapa, sino el pórtico, un puente para la diversión. Al coronar el alto, se lanzó Roglic a por los segundos que había perdido en la caída de la contrarreloj. Y a él se juntaron grandes nombres, los colombianos Nairo y Rigoberto Urán, el italiano Aru (vencedor de la Vuelta 15), el cazador vasco Mikel Nieve y el nuevo líder, el irlandés Roche (hijo de aquel Stephen rival de Perico en los ochenta).

El sexteto cogió vuelo porque el Astana se quedó desnudo, solo Jon Izaguirre y por poco tiempo, ayudó al líder Supermán López, quien se pegó una paliza para anudar sin éxito a los dos grupos. El vagón de Roglic voló por las carreteras donde se entrenan la mayoría de los equipos del mundo en invierno, Calpe y sus alrededores, y el colombiano del Astana minimizó el daño que se anunciaba.

Cuando aquello parecía una caravana de aspirantes a la Vuelta decididos a hincar diente, Nairo fascinó al personal con un derrote imprevisto, ataque violento e inteligente al aprovechar un mínimo parón del convoy. Se fue libre y valiente el colombiano sigiloso, uno, dos, tres kilómetros para desbrozar una victoria sabrosa que le vincula al presente y no al pasado.