Ezequiel Mosquera - REUTERS
VUELTA A ESPAÑA

Mosquera se agarra a la Bola

Tras el hundimiento de «Purito», el gallego se sitúa a sólo 38 segundos de Nibali, nuevo líder de una Vuelta emocionante

J. Gómez Peña
PEÑAFIEL Actualizado:

"Purito" Rodríguez durmió en un antiguo convento de monjas clarisas. En Peñafiel. Meditó. No es muy creyente, pero pidió un milagro: quería conservar el liderato sobre la palma de la etapa más llana. La peor para él: 46 kilómetros contrarreloj alargados sobre una recta infinita. El día más largo. Salió de la rampa con brío. Y enseguida notó que aquí, en la Ribera del Duero, el único milagro lo consigue el agua del río, que le saca vino a la tierra. Escoltado por la infantería de los viñedos, "Purito" se apagó, diminuto ante un horizonte abismal: "Es que sólo peso 55 kilos. He mirado el velocímetro y he visto que iba a 45 kilómetros por hora. Sabía que los buenos irían a 50. Me iba a caer la del pulpo".

Así fue: Nibali, el nuevo líder, le aventajó en cuatro minutos y 17 segundos, y Mosquera, en 3.59. "Ufff, madre mía", dijo. En Peñafiel está la Torre del Reloj. Tic, tac. "Purito"perdió tanto que hasta perdió la Vuelta que cabe en los 38 segundos que separan a Nibali de Mosquera. "Es una oportunidad de oro", repetía el gallego. "Nunca pensé que se me presentara". Nunca lo creyó. Ahora le reza a la Bola del Mundo, el puerto que cerrará la Vuelta el sábado. Agarra la Bola comos si fuera un rosario. Ahora lo cree.

Álvaro Pino es el director de Mosquera. No calla. "Me duelen tanto las piernas como los oídos", decía el corredor. Mosquera vive dentro de una duda. Es así. Salió en la contrarreloj con miedo, acobardado ante la raya albina de la carretera que iba y venía a Peñafiel. La primera referencia, la del kilómetro 15, le rescató: estaba a nada de Nibali, y "Purito" empezaba a ser un candidato en derribo.

El gallego había arriesgado con el plato de 55 dientes, uno más que sus rivales. Los campeones no comen en plato pequeño. Así es la filosofía de Pino. Aún tronaba en la cabeza de Mosquera la bronca de su director por no atacar a Nibali el lunes en Cotobello. Le llamó de todo. Y Mosquera, como siempre, le contestó ese día con su "es que, es que me dolían las piernas".

Pino hervía de bilis. En la etapa, de euforia. "Por la Bola del Mundo pasa nuestro tren. Ahora hay que subirse", azuzaba el técnico. Y hacerlo 39 segundos antes que Nibali. El corredor asentía: "Es que Pino confía en mí más que yo mismo".

Por una vez, Mosquera tuvo suerte. Nibali pinchó en el kilómetro 10. Cortó la carretera de izquierda a derecha, paró, arrancó con rabia la rueda delantera y tiró el resto de la bicicleta. El equipo Liquigas no había ensayado la desgracia. Un técnico apareció con la bicicleta de repuesto y el director, con una rueda en la mano. Dos opciones. Duda. Se miraron.

Al final, Nibali agarró la bicicleta inicial y la rueda de repuesto. Sus dos auxiliares casi de dieron de bruces. Ninguno tuvo reflejos para empujarle en las diez primeras pedaladas. El italiano, solo, sin ayuda, hizo pesas sobre los pedales hasta que recuperó la velocidad. "Pero no he caído en el pánico", dijo. Siguió concentrado, hermético. Candado a su "cabra". El mal cambio en los boxes improvisados de la Ribera del Duero le costó más de veinte segundos. Un tesoro para una Vuelta tan apretada.

Nibali volvió al camino gris. La vía del vino, del Vega Sicilia, de Protos, de bodegas como Arzuaga, metida en un finca de jabalíes y ciervos. El vino no tiene prisa. Hay que mimar la poda, medir el agua. Nibali no sería un buen viticultor en esta Vuelta. Va al día. Desconocía cada subida. Pisa a diario terreno inexplorado. Ni siquiera aprovechó los tres días posteriores a la disputa del Circuito de Getxo (Vizcaya) para visitar Peña Cabarga, situada a 40 minutos de coche. Prefirió quedarse en un hotel. Cuando le preguntan por su impresión de la Vuelta, dice: "Es una carrera bonita. Pero tiene muchos desplazamientos". No sabe nada de ella y, pese a todo, la conduce desde la primera plaza. En tierra de vino tinto se puso "La Roja".

Al fin y al cabo, todos las rectas son iguales. "Mi rival ahora es Mosquera?, apuntó. Lo dice él y la clasificación: 38 segundos entre ambos. Apenas 40 pedaladas sobre el piso de cemento de la Bola del Mundo. Les separan 200 metros del puerto madrileño. Se ven. Al más cercano, al tercero que es Velits, lo miran desde una altura de dos minutos.

El eslovaco sopló más que nadie. Aprovechó el viento de la tarde ribereña y mejoró en el tramo final los tiempos de Menchov y Cancellara. Ganó la etapa y se ganó el tercer cajón del podio. Le vale. Schleck, el cuarto en la general, se aleja a 3.43. Ni la Bola del Mundo puede con tanta demora. Aunque Joaquín Rodríguez lo niegue: "Soy guerrero. Daré caña. A la mínima que vea..., pero sé que ya es muy difícil". Es quinto, a 3.44. Eso pasa cuando el líder acaba en el puesto 105 de la contrarreloj, a 6.12 de Velits. Así no quedan milagros. "Purito?"lo sabe y, al final, apuesta por otro para la Bola: "Por Mosquera".

Y el gallego, de tanto escuchar a Pino, se empieza a creer. Hasta se atreve: "Nibali es un líder sólido, pero saldré a por todas. El sábado lo daré todo". Le dicen que en la Bola va a llover. Y se anima. "Mejor, mejor para mí". Se nota cerca de un sueño que ni soñaba. Le entra hambre. Galicia caníbal. "La Vuelta está abierta". No se cerrará hasta el final, hasta la Bola.