Miguel de Oriol e Ybarra
Miguel de Oriol e Ybarra
Protagonista

Miguel de Oriol e Ybarra, profundamente naturalista

La Junta del Real Club de Monteros le ha otorgado su premio anual a la Personalidad Venatoria

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En su XXVI edición, la Junta del Real Club de Monteros ha otorgado su premio anual a la Personalidad Venatoria a D. Miguel de Oriol e Ybarra en reconocimiento a su larga trayectoria como cazador de prestigio por su defensa del mundo rural, de sus gentes y su medio de vida, y por su actividad como gestor de fincas cinegéticas –Santa María del Carmen de Layos, El Taray y El Zumajo–, entrando así a formar parte de la pléyade de cazadores españoles que ya recibieron este galardón en ediciones anteriores desde su fecha de instauración en 1992 y cuya finalidad es la de distinguir a aquellos que destaquen por su buen hacer cinegético.

Arquitecto, urbanista, escultor, cazador, ornitólogo…, esbozar –como él tantas veces ha hecho profesionalmente con el lápiz– su vida a grandes trazos pasa por hablar de su sangre vasca, catalana y siciliana y de su pasión por las aves, de las que demuestra ser un gran amante y conocedor cuando rememora la riqueza avifaunística de sus días de juventud, cuando las migratorias inundaban la península, un tiempo en el que la tórtola abundaba –«ahora que Marruecos es próspera y se cazan en el norte de África y apenas crían aquí»–… Es también contar que cuando era un crío la escopeta era una extremidad más de su cuerpo y la caza su pasión; y que para él, el guiso de zorzal que se hace en Sevilla –como pone de ejemplo– es una verdadera maravilla, mayor aún que la lluvia.

Me recibe amablemente en su precioso estudio en los alrededores de Ópera y recuerda los tiempos de su formación académica en la Escuela de Arquitectura de Madrid, junto a mi suegro, su amigo Juan Pedro Capote, a quien hace no muchos años prologó un libro, y de sus estudios de Urbanismo en la Universidad de Yale en EE.UU., donde tomó contacto con Mies van der Rohe, Félix Candela, Lloyd Wright, Paul B. Sears o Christopher Tunnard, así como de su amistad con Norman Foster. La arquitectura ha sido su vida.

Miquelo es una rara avis. Original como arquitecto y como persona, se autocalifica de una religiosidad extrema, sin apego por ningún partido político, defensor, sin duda influido por su condición de hombre de campo y apasionado de la naturaleza, de la descongestión del centro de Madrid y de humanizar las ciudades en general; de la familia, la suya ligada a la empresa desde los tiempos de su abuelo que, aunque también arquitecto, fue gran empresario, fundador del Talgo (la ‘o’ es de Oriol), un tipo de tren que con el tiempo y en una evolución lógica condujo al AVE. También es importante en su vida la lectura, quizás porque coincide con Ramón Gómez de la Serna en que «un libro es un pájaro con más de cien alas para volar».

Igualmente en la venatoria ha sido un cazador atípico, un cazador profundamente naturalista que ha visto cómo con los años su condición de ornitólogo ha ido cobrando protagonismo en detrimento de su instinto predatorio. Una evolución común a muchos grandes cazadores.

Aquí, en su entorno, una no puede evitar mimetizarse entre maquetas, proyectos, planos, cuadros, fotografías, libros; entre los pájaros naturalizados y sus esculturas que, realizadas en gran parte en chapa lacada, al fin y al cabo son otra suerte de volátiles, estructuras «aladas» de gran belleza y expresividad que reflejan su gran amor por todo lo que evoluciona en el cielo. Porque, si bien las aves, la estética y la religión son sus paradigmas, su última creencia es crear…