El crepúsculo de la caza de aves acuáticas

La degradación de los humedales pone al borde de la desaparición a unos ecosistemas de especial relevancia en la península ibérica

ANTONIO NOTARIO GÓMEZ
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La caza de acuáticas, en particular de gansos (o ánsares si se quiere) y patos, ha sido descrita por plumas ilustres como una de las actividades más fascinantes que un cazador puede llevar a cabo. Así lo muestran, entre otros, los capítulos de La España Inexplorada de 1910 «Las marismas del Guadalquivir», «Caza de acuáticas en la marisma» y «Ánsares en las dunas», de Abel Chapman y Walter J. Buck; los capítulos de Caza Menor de 1956 «Las lagunas de Daimiel», «Apuntes sobre la caza acuática en España» y «Cacería acuática en La Mancha», de Julián Settier; y el prólogo (que nunca fue) de un libro sobre la caza de patos de Miguel Delibes aparecido en S.O.S. de 1976.

Amor a la contemplación de esa naturaleza tan especial, como es la que configuran los humedales, y el sacrificio ante las adversidades que esa naturaleza obsequia al débil género humano son los dos ingredientes esenciales que desatan, por así decirlo, la irrefrenable atracción del auténtico cazador de acuáticas.

Un poco de historia

Poco se sabe sobre su origen. Sí se sabe que en el Paleolítico, los habitantes de los palafitos abatían a las acuáticas con hondas y arcos ocultos en cabañas construidas al efecto; que en el Neolítico empezaron a utilizarse las redes anudadas con arte; que los egipcios eran fervientes aficionados a capturar a los patos y gansos con redes y palos arrojadizos, similares a los bumeranes australianos; que los romanos invasores de la Galia entretenían su tiempo capturando gansos mediante flechas en la orilla izquierda del Rin; que en el lago Xaltocán de México, durante el imperio azteca era costumbre capturar patos mediante redes muy extensas sostenidas por varas clavadas en las zonas poco profundas; y que la invención de las armas de fuego a finales del siglo XIV marcó el hito más importante de la actividad cinegética en general, y de esta en particular.

En España, en el siglo XVIII, ya era practicada la caza en la Albufera de Valencia por numerosos arqueros; y, según las crónicas, «conseguían cien o doscientos bodoques de aves en menos de cuatro credos». En aquellas cacerías se disparaban gran número de azagayas desde uno o dos centenares de barcas. Aparte de esta modalidad, desde tiempos inmemoriales los valencianos se valieron de muchos artificios de caza, sobresaliendo los denominados choca (caza nocturna a la espera), paranza (modelo simple de red abatible, típico del pueblo de Sueca) y salta (caza en noche de luna sorprendiendo a los patos cuando se alimentan en parajes con relativa cobertura vegetal).

Es decir, casi podría darse por seguro que el pueblo valenciano ha sido el pionero de la caza de acuáticas en nuestro país. A él se le sumaban, fundamentalmente, el catalán, alicantino, vasco, castellano y leonés, castellano-manchego y andaluz, todos ellos provistos en su día de zonas adecuadas para ejercitarla, actualmente casi todas protegidas (Delta del Ebro, lagunas de Pego-Oliva, de La Mata y Torrevieja, lagunas de Urdaibai y Txingudi, lagunas de Villafáfila y de la Nava, lagunas de la Mancha Húmeda y delta del Guadalquivir, entre otras).

En el año 1964 Francisco Bernis Madrazo, catedrático de universidad, prestigioso ornitólogo español, cofundador de la Sociedad Española de Ornitología y del Parque Nacional de Doñana, hacía un repaso a todos los cazaderos españoles de acuáticas, recogiendo información sobre censos y reseñas de tiradas (290 de los primeros y 1.000 de las segundas). Dichos cazaderos se repartían por 95 localidades, incluidas en 9 sectores situados en Andalucía, Aragón, Cantabria, Castellón, Castilla-La Mancha, Castilla y León, Cataluña, Extremadura, Galicia y Valencia.

Veintiún años después, en 1985, un discípulo suyo, Ramón Sáez- Royuela, definía las principales zonas húmedas españolas, al objeto de establecer una red nacional de hábitats para dichas aves. Resultaron 71, es decir, 23 menos que las relacionadas por Bernis. A esta cifra habría que restarle los humedales incluidos en el Convenio de Ramsar, firmado en 1971, relacionado con la conservación de los humedales de importancia internacional, más o menos 19. Quedarían, pues, 52. Y de esos 52, en la actualidad, unos han desaparecido y otros se han convertido en refugios de fauna, en los que está prohibida la caza.

Hay que tener en cuenta, por otro lado, que el comportamiento del ánsar y de los patos está sometido en buena parte al fenómeno migratorio. O, lo que es lo mismo, la mayoría visita España en calidad de invernantes, cambian sus territorios septentrionales por los meridionales en pro de la comodidad en alimento y temperatura que estos últimos les brindan. Por consiguiente, la permisividad de la caza debe estar supeditada al número de visitantes, hecho que, naturalmente, fluctúa de año en año, tendiendo a la baja, ahora más que nunca, por la ausencia de los humedales tradicionales, aquellos en los que nada más arribar a nuestros territorios ocupaban como hogar para albergarse en los meses fríos. Sin olvidar, por supuesto, el efecto del cambio climático, este cambio producido, al alimón, por la misma naturaleza y por la intervención del hombre. Todo ello ocasiona bien el sedentarismo en sus territorios de cría, el acortamiento de la distancia migratoria o el transfugismo a regiones más sureñas, en nuestro caso a África.

No debería desaparecer

Aún a pesar de cualquier inconveniente, la caza de acuáticas puede y debe mantenerse, desde luego adaptada a los tiempos en los que vivimos. No sería, en este sentido, consecuente, por ejemplo, eliminar costumbres tan arraigadas como las tiradas con la luna, tradicionales en ciertas regiones, o cualquier otra modalidad asentada y permitida

Piénsese seriamente en elaborar una reglamentación conjunta, en la medida de lo posible, entre todas las autonomías españolas, para reglamentar esta caza con las disposiciones pertinentes en cuanto a las especies autorizadas, al cupo de piezas por día, a las épocas de veda, e incluso al horario que deba tener la jornada. Piénsese, también muy seriamente, en poner los medios necesarios para lograr la restauración de los humedales desaparecidos, en su caso la creación de otros nuevos, y la protección y conservación de los que aún quedan operativos. Piénsese, por último, en apoyar con las actuaciones oportunas a aquellos cazadores de acuáticas que,con una dedicación digna de elogio, intentan aportar conocimientos a la ciencia de la ornitología a través de censos, detección de enfermedades o malformaciones de todo tipo de las especies salvajes que llegan a sus manos, información sobre desplazamientos migratorios, e incluso ensayos sobre hibridación entre especies para obtener reclamos adecuados. De esta forma, habremos salvado una actividad que muchos cazadores españoles llevan en el corazón, podrán continuar soñando en sus queridos humedales mientras esperan a las aves que tanto respetan y admiran. Todavía es posible cambiar el crepúsculo por el amanecer.