La imagen de un corzo adulto resulta fascinante para el cazador
La imagen de un corzo adulto resulta fascinante para el cazador - Gonzalo Prado

El corzo, un inesperado regalo del campo español

En pocas décadas, el corzo ha pasado de ser especie escasa, recluida en aislados núcleos de nuestros sistemas montañosos más agrestes, a extenderse por buena parte de la Península Ibérica

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Llevamos dentro todos los cazadores un personal catálogo de anhelos inalcanzados y deseos insatisfechos por nuestra afición. Están estos anhelos y deseos profundamente enquistados en los pliegues de la historia campera de cada cual, y se despiertan, de improviso, por levísimos estímulos que al común de la gente pasan inadvertidos. El transcurso de las estaciones se refleja así en el calendario interno del cazador. Basta que unas nubes, en avanzadilla del otoño, ensombrezcan el cielo azul de septiembre y que huela el ambiente por primera vez en varios meses a tierra mojada para que a algunos les rebose la irreprimible desazón de la berrea. Basta que el blanco globo de cualquier luna estival se eleve sobre el perfil urbano de antenas, cornisas y azoteas para que otros sientan la atracción, casi patológica, de cierta rastrojera querenciosa o de alguna baña perdida en lo más hondo de la serranía. Basta, en fin, que la brisa se cargue de aromas de primavera en agraz, que aprieten los primeros soles y el campo se vista de verdes nuevos, para que a los corceros se nos escape de rondón el pensamiento hacia los sotos y prados de nuestros afanes.

Estos impulsos repentinos del cazador no son seguramente otra cosa que lo que un etólogo llamaría reflejos condicionados, no son quizás más que reacciones químicas internas desencadenadas por el poder evocador de ciertos olores o imágenes ligados a particulares experiencias venatorias. Quizás no sean más que eso. Pero a uno, romántico impenitente, le gusta pensar que es la ancestral llamada del instinto la que repica; que por un invisible cordón umbilical que todavía nos une a la madre Tierra, a algunos elegidos nos llega el anuncio de que ha llegado la hora.

Sea por una razón, sea por otra, estas fechas de abril nos sorprenden a muchos hoy en España azacaneados tras de los corzos. ¿Qué tendrán estos animalitos que así nos cautivan, que pueden llegar a engancharnos con enfermiza obsesión? De afición a pasión, subtitulaba hace ya un cuarto de siglo su autora, con oportuno acierto, el primer libro monográfico que se editó en español sobre el menor de nuestros cérvidos, sintetizando así en cuatro palabras el proceso habitual que experimenta quien al mundo del corzo se asoma. El corzo, cuyo reciente estallido de calidad y cantidad en España tiene perplejo no solo a todo vigía del horizonte cinegético medianamente avisado sino a cualquiera que se interese mínimamente por nuestro entorno natural. El corzo, tan menospreciado antaño que nuestros autores clásicos se refieren a él con la desdeñosa denominación de «la corza», convertido hoy, por azares de los tiempos nuevos, casi en fenómeno sociológico que arrastra al campo cada fin de semana de primavera a miles de aficionados de toda clase y condición.

Intensa atracción

En la intensa atracción que el corzo provoca en muchos cazadores se alían diversas razones. De un lado, la posibilidad que la práctica de su caza ofrece de disfrutar del campo en una época tan atractiva como es la primavera. La vivencia de un rececho durante un amanecer del mes de mayo en cualquier rincón corcero de nuestra geografía resulta siempre una experiencia placentera y gratificante por sí misma. «Sólo para aquel que se entrega plenamente a la naturaleza tiene el aire una forma más expresiva y la planta se llena de sentido y significado», escribió Ortega y Gasset. Y por ahí van los tiros. Los cantos de los pájaros al despuntar el sol, el olor de los tomillos florecidos, la visión quizás de una jabalina parida con sus rayones… hacen que el verdadero aficionado dé siempre por bueno el ineludible madrugón, independientemente del éxito material de la cacería.

Cuando este se logra, el corzo proporciona por añadidura una carne de altísima categoría y sencillo manejo -que el cazador (o la cazadora, que hay muy buenas aficionadas entre nosotros) tiene obligación moral de aprovechar- y un trofeo estéticamente muy atractivo y variado; un trofeo, además, de un tamaño doméstico y manejable que, siempre que se obtenga la necesaria aquiescencia conyugal, puede encontrar lucido acomodo en las paredes de cualquier hogar. Todas estas son probablemente razones objetivas que, sumadas, pueden servir para justificar la pasión que el corzo despierta. Por encima de ellas, sin embargo, yo intuyo que el magnético atractivo del Capreolus capreolus para el cazador estriba en que, por el halo de misterio, imprevisibilidad y esquivez que le son consustanciales, representa la quintaesencia de la caza auténtica.

Vivimos tiempos en los que, si se aspira a reconquistar ante la sociedad una imagen gallarda y honorable para lo cinegético, son necesarias claridad de ideas y ejemplaridad de comportamientos. Y en este crítico trance el corzo nos brinda una ocasión providencial para demostrar con hechos a nuestros contemporáneos que la caza, aprovechamiento ordenado de un recurso natural sostenible, es una actividad necesaria para el equilibrio de las poblaciones animales, a la vez que posibilidad de ocio saludable para miles de personas. Desaprovechar esta ocasión sería triste y lamentable torpeza.

(Pablo Ortega es Fundador y presidente honorífico de la Asociación del Corzo Español)