Pau Gasol machaca el aro argentino. AP

España sí que es un «Dream Team»

DOMINGO PÉREZ/
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Argentina suponía una prueba de fuego. Los jugadores sabían que afrontaban un reto que marca el nivel real de un equipo. Los suramericanos no dan jamás facilidades. Su baloncesto es de un físico tremendo y temible. La lucha contra ellos roza lo antideportivo. Su dureza es extrema. Por ello y porque, además, sus jugadores son buenísimos, Argentina se convierte en rival temible. Por algo es el actual subcampeón del mundo. Vencerle por un contundente 87-76, con el derroche de calidad, furia y valentía con que se hizo anoche, sirve para confirmar lo que muchos ya empiezan a creerse: que sí, que el de verdad, que el auténtico «Dream Team» de estos Juegos se llama España.

Después de un cuarto inicial casi divino (23-12, m. 8), Argentina se instaló en una zona. No hay ahora mismo ningún equipo que juegue más bonito que el español lo que se llama baloncesto libre. Nadie improvisa como los Gasol, Navarro, Calderón y compañía. Esta dinámica podía llevar a los argentinos a la ruina. Se dieron cuenta pronto y centraron su esfuerzo en una defensa zonal que pretendía, y lo consiguió, aislar por un lado a Gasol y, por otro, crear dudas en los lanzadores.

La lacra de los triples

Los triples han sido la asignatura pendiente durante la preparación, e incluso frente a China. Los argentinos lo sabían bien y en cuanto vieron que la escapada española podía resultar excesiva organizaron el parapeto. El problema no era tanto que no se atinara desde 6,25 (2 de 6 en el minuto 20, 7 de 15 para acabar), sino que no había confianza y no se intentaba ni en posiciones ventajosa. Atenazados por la zona, la producción anotadora de los españoles se estancó. Mientras, los suramericanos se aprovechaban de una racha estelar de Luis Scola. Ellos optaron por romper la zona de España por el interior, gracias a la mano prodigiosa del pívot del Tau. Con ese tirito a cuatro metros, como cayéndose para atrás, destrozó a sus marcadores. Se fue al descanso con 17 puntos y Argentina, después de un parcial de 0-11 (25-29), con cinco de ventaja (35-40, m. 20).

Pero un partido, habitualmente, no se gana ni con una racha prodigiosa ni con una decisión táctica. Hay que sumar en todos los aspectos. Y ahí se sitúa el mérito principal del colectivo de Pesquera. Todos ponen su granito de arena por encima incluso de sus posibilidades. Construyen sus victorias desde la humildad. Pesquera ha conseguido casi la cuadratura del círculo: defender de lujo con poquísimas faltas. Es mérito suyo, pero sobre todo de la capacidad de sacrificio de sus hombres. Los argentinos, sin embargo, lo hacen a lo bestia. Buscan, sobre todo, la intimidación, la rendición final. No les importa cargarse con personales.

Imparable al final

Defender con pocas faltas permite dosificar a los hombres y reservar a los mejores para los momentos clave. A los albiceleste les ocurrió justo lo contrario. Todos sus pívots estaban ya muy cargados al iniciarse el tercer cuarto.

Curiosamente fueron dos triples consecutivos, de De la Fuente (53-58) y Garbajosa (56-58), inéditos en este apartado estadístico en lo poco que va de torneo, los que permitieron que Iturbe empatara (58-58), aunque el tercer periodo se cerrara con los argentinos aún por delante (58-60).

Ese trío, junto a Gasol y Calderón -¡qué pedazo de conexión se ha creado entre el base y el pívot!-, fue el encargado del asalto final. Su remontada partía desde un adverso 61-66 (m.31), tras triple de Ginobili. Parecía complicado pero España, con la puntería recuperada desde fuera, con Gasol imparable, con De la Fuente colosal en ataque (¿quién le dio la mala fama de «mano de piedra»?) y con Iturbe aportando su desquiciante versatilidad (triples, rebotes, defensa, asistencias...) fue imparable. A tres minutos del final ya tenía el segundo triunfo olímpico en la mano (76-66) y poco después firmó una jugada de ensueño. Subió el balón Gasol. Superó a tres defensores que pretendían emparedarlo. Pasó largo y cruzado a Iturbe y éste, de espaldas, se la dobló para que el de Sant Boi machacara a lo NBA. ¡Olé!