Sandro Rosell, junto a Carme Chacón, ministra de Defensa - EFE
EL BAR DE MOU

El «seny» y la «rauxa»

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El mismo día en que los dos cursis más gordos de España anuncian que se van, viene el aldeano de Preciado —en vaqueros en el Bernabéu—, tira la piedra… y la encuentra. Era la gran ocasión que esperaban los del «The Diogenes Club», o casinillo hispánico de enemigos de Mourinho, derrotado en casa después de nueve años por un Supermario descamisado cuyo honor, válganos Dios, habría sido cuestionado por el portugués de las pistolas de oro. En el As han recurrido incluso a una abuela de Infiesto, Asturias, para explicar las raíces divinas de la venganza de Preciado, al que presentan como al Arrigo Sacchi de los pobres.

—La Liga, para el Equipo del Pueblo.

El Madrid no perdió la Liga, que ya estaba perdida. (El gol de Carvalho no vale; el de Piqué, sí. Ésas son las reglas). Lo que perdió fue un partido pestoso —los que median entre Fifa y Champions— porque jugó mal (¿no decían que con Granero y sin Cristiano jugaba mejor?) y porque carece del colchón superestructural del Barça para salvar estos contratiempos.

Zapatero y Guardiola son dos almas gemelas del régimen cultural protagonizado por los humildes

—No te empeñes en una pieza cuya caza te cueste más energía que la que al comerla te proporcione —es el consejo de Bear Grylls, tan sabio, al menos, como la abuela de Infiesto.

Y todo esto, decíamos, el día de la «espantá» de los dos cursis más gordos de España: Zapatero, el eterno adolescente, lo dijo como el conejo de Alicia (Lewis Carroll, de Cheshire, nada que ver con Infiesto): «Me voy, me voy, me voy…» Y Guardiola, lector de «Bella del Señor», escogió ese lenguaje de la escatología milenarista que tanto impresionara a Ibrahimovic.

—Mi tiempo se acaba.

Zapatero y Guardiola son las dos almas gemelas de un régimen cultural protagonizado por los humildes, y juntos han marcado la edad dorada de un Barça en el que Guardiola, que fue recogepelotas, pone el «seny», y don Alexandre Rosell i Feliu, que suena a alto pijerío barcelonés, la «rauxa».

—Ganaremos al Madrid por cinco a cero.

—Lo de Rosell es una broma —se apresura a pastelear el marqués de Del Bosque.

—Ganaremos por cuatro porque cuatro son las barras de la bandera —corrige Artur Mas, mezcla de Johny Bravo y Pompeyo Gener, antes de votar por la independencia de Cataluña.

Es un juego que Esperanza Aguirre y Mourinho no se pueden permitir, pues les enviarían a la abuela de Infiesto, por gilipollas.

—Ganaremos por siete porque siete son las estrellas de la bandera de Madrid. Y ahora voy a votar la independencia de Madrid para jugar todos los domingos con el Alcorcón.

Pep se ve más cerca de tener que jugar cada domingo con el San Andrés, que no sé si seguirá siendo de Gaspart, y dice que su tiempo se acaba. Sólo hay que mirar al reloj:

—Todas hieren. La última, mata.