La pesadilla de Iván Pedroso
Yago Lamela - EFE

La pesadilla de Iván Pedroso

Retraído y maestro de la concentración, Lamela discutió al cubano el cetro del salto de longitud entre 1999 y 2004

MADRID Actualizado:

Al principio de su carrera, cuando Yago Lamela todavía rondaba los 18, Juanjo Azpeitia, su entrenador, se lo llevó unos días a una concentración en Barcelona. Por allí andaban también varios históricos del salto de longitud, como Ramón Cid y Antonio Corgos, que tenía el récord de España en 8,23 desde 1980. Azpeitia quería que lo conociera y llamó a su pupilo. Le dio la mano, murmuró un «hola, encantado» y regresó a la pista. Corgos, con el brazo aún extendido, y mientras se lo recorría con la otra mano les dijo: «Se me va el récord por aquí. Me lo acaba de robar».

«Era un monstruo —recuerda Azpeitia—. Tenía una capacidad de entrada en tabla tremenda. Es dificilísimo entrar a la velocidad a la que lo hacía. Hace falta tener una sensibilidad enorme para ajustar la batida. Tener un saltador así fue una fortuna, una oportunidad».

También tenía su complicación: «Es muy hermético —cuenta Azpeitia—, aunque conmigo echaba unas risitas». Hermetismo que mostraba en la pista como enorme capacidad de concentración y trabajo.

Lamela llegó muy apurado a Sidney y no alcanzó los ocho metros

Tras un paso por la Universidad de Iowa, la meca de la longitud, Lamela regresó al trabajo con Azpeitia en Oviedo y no tardó en cumplir la predicción de Corgos. Y lo hizo varias veces la misma tarde. Aunque fue en pista cubierta. Fue en marzo de 1999, en el mundial de Maebashi, en Japón. Allí, donde nadie le esperaba, se inventó una serie de ensueño: 8,10, nulo, 8,29, 8,42, 8,26 y 8,56. Tuvo contra las cuerdas al cubano Iván Pedroso: «El chaval ese me ofuscó —recordaba años después—. Era imprevisible. No podía concentrarme». Sólo salvó el oro en el último salto, con el que alcanzó seis centímetros más que el asturiano: 8,62.

En su casa de Oviedo, emocionado frente al televisor, Azpeitia recibía llamadas de amigos, compañeros, su familia. No habló con Lamela, que tampoco le llamó al aterrizar en España. «Llegó un día a la pista con la medalla, nos dimos un abrazo y nos pusimos a entrenar», recuerda Azpeitia. Hermetismo y trabajo.

Se colgó otra plata en el mundial al aire libre de Sevilla de ese verano con 8,40. Y con los Juegos de 2000 a la vista aparecieron las lesiones. Llegó muy apurado a Sidney y no alcanzó los ocho metros. Dejó Oviedo por Madrid, luego por Valencia. Consiguió saltar 8,53 en 2003, preparándose para Atenas. Pero vinieron más lesiones, un accidente de coche. Parones. Y regresó a Oviedo. Intentaron la reconstrucción casi dos años y en 2009 tiraron la toalla: «Pensó que hacer el tremendo esfuerzo que necesitaba no le compensaba», dice Azpeitia.